Tras una extenuante travesía, el horizonte desveló por fin las Tierras de Berenice. Las antiguas ruinas se alzaban como un cementerio de piedra devorado por el desierto, con columnas fracturadas que asomaban entre las enormes dunas doradas. El aire estaba impregnado de polvo, y un silencio sepulcral helaba la sangre a pesar del implacable sol de Ra. Horus y Maat avanzaban con dificultad, cubriendo sus rostros con los tagelmust. Sultán resoplaba, inquieto por el rastro a muerte que marcaba el terreno sagrado.
—¡Horus, mira! —gritó Maat de pronto, señalando los restos de una antigua estructura de piedra.
Atrapado entre los escombros, un retazo de tela ondeaba con el viento. Era la burka de Nekhbet. Maat corrió hacia ella con el corazón desbocado, aferrándose a una última chispa de esperanza. Pero al levantar la pesada tela, el horror la paralizó. No había cuerpo, no había calor; solo huesos astillados y jirones de piel vieja y reseca. Maat inhaló aire abruptamente y, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies, ocultó su rostro empapado en lágrimas contra el pecho de Horus.
—¿Qué clase de demonio le hizo esto? —sollozó la joven, temblando de dolor e impotencia.
Horus la abrazó con fuerza, pero sus instintos de guerrero se encendieron como una llama. Dos sombras colosales cayeron en picada desde el cielo fracturado: un enorme buitre blanco y el siniestro buitre negro que los había guiado hasta allí.
—¡Escóndete, Maat! —ordenó Horus, empujándola hacia el refugio de una casa de piedra abandonada.
Maat obedeció de inmediato, arrastrando a Sultán con ella para protegerlo. El buitre blanco, con sus ojos inyectados en una furia antinatural, se abalanzó contra su escondite. Horus intentó interceptarlo con un tajo frontal de su kopesh, pero la fuerza bestial del choque y el batir de las inmensas alas le arrancaron el arma de las manos, mandándola a volar sobre la arena. Con un zarpazo brutal, el ave rasgó la abaya de Maat, abriendo un corte en su brazo derecho.
—¡Déjala en paz, bastardo! —rugió el guerrero.
Ignorando la amenaza a su propia espalda, Horus descolgó su arco de madera curtida, tensó la cuerda al máximo y disparó. La flecha silbó por el aire caliente y se clavó limpiamente en el ala izquierda del ave blanca, obligándola a retroceder con un graznido ensordecedor. Acto seguido, Horus giró sobre sus talones y usó el pesado mango de su espada de acero para golpear el cráneo del buitre negro, derribándolo contra los escombros.
El guerrero se preparó para asestar el golpe de gracia, pero la bestia se disolvió. Un torbellino de magia oscura envolvió el área, atrapando la espada de Horus en el suelo como si la tierra misma la hubiese tragado. De entre las sombras, una mano fantasmal armada con una daga emergió, trazando un corte profundo en el brazo izquierdo del joven.
Las sombras negras se retorcieron en el aire denso hasta tomar forma humana. El buitre negro se transformó en la despiadada Nejebet, vistiendo su jilbab café y una sonrisa cargada de herejía. A su lado, la niebla del buitre blanco se disipó para revelar a Nekhbet; pero ya no era la anciana sabia de Kalabsha, sino una joven de diecisiete años que vestía un jilbab color vino. Y en sus manos, irradiando un fulgor cálido y majestuoso que desafiaba a las sombras, sostenía el artefacto más codiciado de todo Egipto: El Escudo Rojo.
—¿Abuela? —susurró Maat, saliendo lentamente de su escondite, incapaz de asimilar la traición—. ¿Qué haces con ese escudo? ¡Suéltalo!.
—Este escudo le pertenece a Seth —respondió la corrompida Nekhbet, con una voz fría y desprovista de alma.
—¡Jamás! —rugió Horus, poniéndose en pie a pesar de la sangre que escurría por su brazo—. ¡Quítense de mi camino!.
—Seth me prometió recuperar a tu madre si le entregaba el escudo —confesó Nekhbet, con sus ojos cegados por una falsa y oscura ilusión.
—¡Mi madre ya no tenía salvación! —gritó Maat, sintiendo el peso de la traición y la muerte. ¡Los médicos te lo dijeron, era lepra, abuela!. Ya está muerta. Su carne se ha vuelto polvo y sus huesos cenizas. ¡Las leyes de la vida no se quiebran por las mentiras de un demonio!.
La furia estalló. Nejebet, perdiendo la paciencia, se abalanzó arrojando a Horus al suelo con una fuerza sobrenatural, para luego alzar a Maat por el cuello, asfixiándola con sus afiladas garras.
La sangre de Gebsu hirvió en las venas de Horus. Se impulsó desde la arena hirviente y, liberando su espada del suelo con un tirón brutal, corrió hacia Nejebet. Pero Nekhbet se interpuso. La joven bruja alzó el Escudo Rojo, pero el antiguo artefacto pareció rechazar su magia oscura, quemando ligeramente sus manos corruptas. Horus aprovechó la vacilación; esquivó un feroz zarpazo y, con un golpe de la hoja de acero en la espalda de Nejebet, la obligó a soltar a Maat.
En el caos del impacto, el Escudo Rojo cayó pesadamente sobre las ruinas.
Horus no titubeó. Se deslizó por la tierra rasposa y aferró el reluciente metal. Al contacto, un calor antiguo y poderoso recorrió su brazo; el artefacto reconocía la sangre de un verdadero guardián. Alzando el inquebrantable Escudo Rojo en su mano izquierda y la espada de acero en la derecha, Horus se plantó como un titán frente a las dos brujas herejes.
Las hechiceras atacaron en conjunto, desatando una tormenta de zarpazos y magia negra. Horus bloqueaba los letales ataques de Nekhbet con la mística y sólida resistencia del Escudo Rojo, mientras su espada chocaba una y otra vez contra la daga de plata de Nejebet. Era un combate asfixiante. Las chispas del acero y el bronce iluminaban la penumbra de las ruinas.
Recordando el duro entrenamiento de su abuelo Gebsu, Horus sabía que debía alterar su ritmo para no ser superado por la fuerza de las dos sombras. Retrocediendo paso a paso, bloqueando cada embestida letal, guió estratégicamente a las brujas hacia donde había caído su vieja hoja curva de bronce.
Con un movimiento fluido y audaz, Horus soltó la espada de acero, usó la punta de su bota para levantar el pesado kopesh en el aire, lo atrapó en pleno vuelo y de un revés brutal se lo arrojó directamente al rostro de Nekhbet. El bronce impactó de lleno en el ojo de la bruja, arrancándole un alarido de agonía que desgarró el desierto, antes de hacerla desaparecer por completo entre las sombras.
Aprovechando el flanco abierto y la distracción, Horus embistió a Nejebet con la fuerza de una tormenta. El Escudo Rojo la golpeó con la potencia de un ariete, aplastándola contra el suelo empedrado. En un instante letal, el guerrero recuperó su espada de acero y la hundió profundamente en el pecho de la hechicera.
Nejebet aulló de dolor y furia pura. Las sombras oscuras se arremolinaron sobre su cuerpo gravemente herido, transformándola en un último y desesperado acto de supervivencia de nuevo en el colosal buitre negro. Graznando de muerte, la bestia alzó el vuelo, huyendo hacia el desierto infinito junto a la sombra invisible de Nekhbet.
La cacería en las Tierras de Berenice había culminado en sangre y fuego. Horus, cubierto de heridas, sudor y arena, se mantuvo firme en pie, sosteniendo el imponente Escudo Rojo bajo el cielo de Egipto, demostrando ser el digno heredero de su legado.

















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