Una semana después de la despedida de Leonela, el silencio en el Buffet de Ejecutivos se había vuelto una presencia física. El escritorio contiguo, despojado de carpetas, sellos y notas a lápiz, era un recordatorio constante de la ausencia que Aaron intentaba esquivar sepultándose en balances financieros. Procurando acatar el consejo que ella le dejó en la cafetería —«sabes bien que no puedes amar a dos glorias, habla con Hamilton y tal vez las cosas cambien»—, Aaron había aceptado compartir la comida del viernes en un restaurante concurrido del centro de Birmingham.
La mesa asignada estaba en medio del salón, rodeada por el murmullo de empresarios y comensales ajenos. Frente a él, Hamilton cortaba una porción de carne con una lentitud calculada, sin probar bocado, fijando sus ojos oscuros en la apatía del joven. Aaron mantenía los cubiertos inmóviles sobre el mantel, revolviendo la guarnición con desgano manifiesto.
—¿Aaron? ¿Estás aquí? Te estoy hablando desde hace cinco minutos. ¿Por qué no respondes? —soltó Hamilton, dejando caer el tenedor sobre la loza con un tintineo cortante.
Aaron parpadeó, saliendo de su abstracción, y se frotó el puente de la nariz con dos dedos.
—Disculpa, Hamilton. Es solo que… no me siento del todo bien. Me duele la cabeza.
—Llevas semanas repitiéndome la misma cantaleta —espetó ella, cruzando los brazos sobre la mesa con una mueca de fastidio—. Siempre estás cansado, indispuesto o ausente. ¿Hay algo que tengas que decirme de una buena vez?
—No pasa nada. Sigamos comiendo y ya —atajó él en un tono plano, bajando la vista.
Hamilton ladeó la cabeza; una sonrisa filosa y carente de humor le tensó las comisuras.
—¿Sabes qué pasa, Aaron? Que en mi trabajo la gente habla. Varios compañeros me dijeron que te vieron dando vueltas en tu auto por toda la ciudad, por zonas donde no tienes nada que hacer. Y curiosamente, las fechas en que te vieron paseando coinciden con los días en que estabas incomunicado conmigo, o jurabas que estabas enfermo en cama. ¿Es verdad? ¿Me vas a negar que andabas recorriendo las calles?
Bajo la mesa, las manos de Aaron se cerraron en puños apretados hasta que los nudillos palidecieron. El resentimiento acumulado durante meses de desconfianza le subió por el cuello.
—¿Y tú le das crédito a los chismes de tus compañeros de oficina antes de preguntarme a mí? —repuso él, levantando la vista con los ojos encendidos—. ¿Tanto desconfías? Sí, estuve recorriendo Birmingham. Pero eran comisiones urgentes que Montealegre me encomendó para salvar los contratos del evento patrimonial. Fue un periodo pesadísimo. ¿Acaso te tomaste la molestia de preguntarme un solo día cómo me sentía? ¿Fuiste a mi departamento cuando caí con fiebre? ¿A ti no te exigen salir a campo en tu empleo?
—¡Baja la voz, que no es para que te pongas histérico! —reclamó ella, echándose hacia atrás con soberbia fingida—. Si no fui a verte fue porque estuve tapada de trabajo con auditorías en la sede regional; por eso mismo te pedí que no pasaras por mí.
—¿Ahora resulta que eran auditorías? —soltó Aaron con una risa amarga y defensiva—. Cuando te convenía, me decías que eran visitas de directores de zona. Y después pretendes hacerme creer que el único que inventa pretextos soy yo.
—¡Cuidado con cómo me hablas, Aaron Reynolds!
Hamilton descargó las dos palmas abiertas contra la mesa con un golpe seco que hizo saltar las copas de agua y los cubiertos. En las mesas contiguas, los comensales interrumpieron sus conversaciones y giraron el rostro para mirarlos con asombro e incomodidad. A Hamilton no le importó la escena. Con la quijada rígida y los ojos inyectados de rabia, sostuvo la mirada de Aaron a escasos centímetros de distancia.
—Sí, auditorías de los regionales que estuvieron supervisando mi área. ¿O qué? ¿Te carcome el miedo de que me haya fijado en alguno? ¿Temes que haya encontrado a alguien que sí tenga aspiraciones? Yo no vivo obsesionada con un estúpido evento de oficina que ni siquiera sabía si iba a salir bien. Yo cumplo, descanso tranquila y al día siguiente me presento a recibir a quien tenga que recibir sin armar dramas de mártir.
El desprecio en su voz terminó de fracturar la contención de Aaron. Con el rostro pálido y la respiración contenida, se puso de pie, arrojó la servilleta de tela sobre el plato a medio terminar y levantó la mano para llamar al mesero. Sacó la cartera, arrojó varios billetes sobre la bandeja de la cuenta sin revisar el cambio y dio media vuelta hacia el pasillo de salida.
Hamilton se colgó el bolso al hombro y lo siguió a zancadas firmes, alcanzándolo en el vestíbulo exterior del establecimiento.
—¿Sabes qué me decía siempre mi padre? —soltó ella con acidez, colocándose frente a él para cerrarle el paso—. Que en el trabajo no es lo mismo convertir a un compañero sentimental en pareja, que buscarse una pareja sentimental dentro del trabajo. Y siento que contigo aplica a la perfección. ¿Te crees muy listo? ¿Crees que soy estúpida y que no noto que andas tramando cosas a mis espaldas?
Aaron dio un paso hacia ella, sin retroceder un milímetro, con la voz cargada de veneno acumulado:
—¿Y tú qué derecho tienes de hablar de espaldas o de sospechas? —soltó él, clavándole una mirada punzante—. ¿Ya se te olvidó la tarde que fui a buscarte de sorpresa a tu oficina y te vi despidiéndote de aquel compañero de la forma menos adecuada? Risitas al oído, abrazos apretados y caricias en el brazo que no tenían nada que ver con trabajo. Y cuando te pedí una explicación, te escudaste diciendo que era un colega con «intereses diferentes», que a él ni siquiera le atraían las mujeres y que yo estaba loco. ¡Esa fue tu brillante excusa! ¿Y tú qué vas a saber de compañerismo o de lealtad? —contraatacó Aaron, con la rabia haciéndole temblar la barbilla—. Cuando estábamos en la universidad no soportabas a nadie, criticabas a cualquiera que se nos acercara. ¿A cuenta de qué sales ahora con esas indirectas absurdas?
—¿Indirectas? ¿Por qué no me das tu teléfono entonces? —exigió Hamilton, estirando la palma con agresividad—. ¿Por qué cada vez que lo dejo sobre la mesa le cambias el código de desbloqueo? ¿Qué guardas con tanto recelo?
—¡Porque tú jamás me permites tocar el tuyo! —reclamó Aaron, alzando la voz sin importarle los transeúntes de la banqueta—. Las veces que me quedé sin saldo y necesité hacer una llamada de emergencia por el trabajo, me negaste el aparato y tuve que caminar bajo la lluvia a buscar una recarga. ¿No conoces la equidad? ¿Nunca escuchaste hablar de la Ley del Talión? ¡Acuérdate de la noche que se me ponchó la llanta del auto en plena avenida solitaria! Te marqué desesperado para que me apoyaras, ¿y qué hiciste? En lugar de mover un dedo por mí, le llamaste a tu hermano para que pasara a recogerte a ti, dejándome varado a mitad de la noche bajo el frío. Jamás se dignaron en pasar por donde yo estaba, pretextando que tu hermano estaba muy cansado de su turno o que él no sabía cómo cambiar un neumático. ¡Me dejaste tirado sin importarte nada!
—¡Tú y tus leyes sin sentido! —gritó ella, gesticulando con exasperación—. Mi teléfono es una herramienta corporativa, tiene información confidencial de la empresa. ¿Cómo pretendes que te lo preste? ¡Y yo jamás te pedí que compraras ese coche ridículo! —le interrumpió ella con sorna—. Con un modelo utilitario y económico, como el que maneja mi hermano, habría sido más que suficiente.
—¿Te das cuenta? Vuelves al mismo punto —dijo Aaron, apretando los dientes con una furia desbordada—. Es imposible tener un diálogo maduro contigo porque tu hermano y tu familia siempre tienen que estar por encima de todo lo que hago.
Hamilton abrió la boca con los ojos desorbitados, dispuesta a descargar otro insulto hiriente para aplastarlo. Pero antes de que articulara la primera sílaba, el teléfono en el saco de Aaron comenzó a timbrar con insistencia.
Aaron no bajó la guardia. Con un movimiento tajante y fulminante, levantó el brazo derecho y plantó la palma de la mano abierta a escasos centímetros del rostro de Hamilton, en una señal de alto rotunda que le congeló las palabras en la garganta.
—Cállate —le ordenó en un susurro seco y autoritario—. Ni una palabra más.
Sin bajar la mano estirada, Aaron extrajo el móvil con la izquierda. Por una fracción de segundo, un relámpago de ilusión le cruzó el pecho: pensó en Leonela. Pero al mirar la pantalla vio el nombre del director. Tragó saliva, giró el aparato y le mostró deliberadamente la pantalla iluminada a Hamilton para taparle la boca y callar sus sospechas antes de contestar.
—Dígame, ingeniero Montealegre —respondió Aaron, modulando la voz a un registro profesional forzado.
Hamilton se quedó plantada frente a él con los brazos cruzados, arqueando las cejas y masticando el labio inferior con una fijeza inquisitiva. Aaron escuchó las instrucciones del ingeniero durante dos minutos, asintiendo con monosílabos respetuosos, hasta que dio por terminada la llamada. Guardó el teléfono y encaró a su novia con una frialdad cortante.
—¿Y bien? ¿Qué se le ofrece a tu patrón ahora? —preguntó Hamilton en tono mordaz.
—Que pase a recoger unos oficios del buffet al terminar la comida. ¿Ahora entiendes de qué son las vueltas que tanto alarman a tus compañeros de oficina?
Hamilton lo midió de arriba abajo, sin deshacer su postura defensiva.
—¿Y me vas a llevar a mi cita en el Ayuntamiento de Birmingham o los encargos de tu jefe van a ser tu nuevo pretexto para dejarme tirada?
—Te voy a llevar. Fue lo que pactamos y cumplo mi palabra —contestó Aaron con pesadez, sintiendo un agotamiento moral aplastante.
Caminaron en silencio hasta donde estaba estacionado el Mini Cooper. Aaron quitó los seguros con el mando y se adelantó para abrirle la portezuela del copiloto. Sin embargo, Hamilton estiró el brazo con brusquedad, jaló la manija por su cuenta y abordó el asiento azotando la puerta antes de que él pudiera tocar el marco.
Aaron rodeó el cofre, subió al puesto de conducción y apoyó las palmas sobre el volante.
—Luego no andes diciendo que no existen los caballeros —murmuró con amargura.
—¡Cállate la boca y maneja de una vez! —ordenó ella, mirando de frente hacia el parabrisas con los brazos apretados contra el pecho.
Aaron insertó la llave, encendió el motor e incorporó el vehículo al tráfico urbano. La ruta hacia las oficinas del ayuntamiento obligaba a cruzar por los sectores limítrofes de Ladywood, las mismas calles donde se ubicaba la vivienda de ladrillo. Al entrar a la avenida principal, la atención de Aaron se dividió por completo. Sus ojos saltaban del retrovisor a las aceras peatonales y los cruces escolares; no buscaba evitar un percance vial, sino que escaneaba a la multitud con la secreta esperanza de divisar el vestido sencillo y el andar modesto de Leonela caminando de la mano con Emilio a la salida de clases.
A su lado, el silencio de Hamilton era una trampa. La joven no despegaba los ojos del perfil de su novio, registrando cada giro nervioso de su cabeza hacia las banquetas ajenas. Sabía muy bien que esa mirada ansiosa no vigilaba el tránsito: era la búsqueda desesperada de alguien a quien Aaron intentaba aferrarse para no mirarla a ella.

















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