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The Lag | Capítulo 2. El Único Cristal

El tirón de las cobijas levantó una bocanada de aire tibio que murió de golpe contra la piel de sus piernas. Tina bajó los pies y pisó la duela fría, sintiendo la textura áspera de la madera bajo las plantas. Tenía quince años. La camiseta gris de dormir, con el rostro de Hello Kitty cuarteado por las lavadas, le subía por encima del ombligo al estirarse.Sentada al borde del colchón, tomó un estuche negro con audífonos en su interior y se colocó las dos piezas de plástico en los oídos. Tocó el auricular derecho y la música de Black Swan empezó a sonar con un bajo seco que levantó una barrera inmediata frente al entorno. La infancia se reducía a un montón de estampados descoloridos; ya que su cabeza ahora prefería el ruido del presente.

Se levantó estirando los brazos hasta sacarse un crujido entre los omóplatos. La habitación era amplia y recibía la claridad de la mañana sobre paredes pintadas de marfil. Había estantes con libros, libretas de dibujo y pósteres fijados con cinta de pintor. Ningún objeto devolvía un reflejo. En el muro del costado todavía se notaban dos parches de yeso y la marca rectangular donde años atrás colgaba un cristal biselado. Nadie en la familia explicaba esa ausencia. Tampoco había el pasillo ni en las otras recámaras. El único espejo de toda la casa permanecía empotrado en el baño principal, sobre el lavabo.

Tina caminó descalza hacia la salida tarareando el compás de la batería. En el corredor, la luz del tragaluz tocaba los rodapiés sin proyectar sombras. Con los audífonos puestos no alcanzaba a oír el crujido de las tablas tras de sí ni el rumor que subía por el hueco de la escalera. La puerta del baño estaba entornada un par de dedos, dejando salir un olor a jabón y espuma de afeitar. Empujó la madera con el dorso de la mano.

Marcos estaba frente al lavamanos, con los hombros caídos bajo una camiseta de tirantes gastada. Los años le habían marcado ojeras hondas y una tensión permanente en las mandíbulas. Sostenía la maquinilla a dos dedos de la mejilla, con el jabón secándose sobre la barba. Sus ojos permanecían clavados en el espejo del baño, mirando su propio reflejo de manera hostil. Tina se sacó el auricular izquierdo y el murmullo de la música quedó como un zumbido menudo en su mano, mientras el goteo del grifo llenaba el cuarto.

—Papi —dijo Tina—. ¿Tardarás mucho? Necesito lavarme la cara.

Marcos no se sobresaltó, pero el cuello se le puso rígido. Apoyó la rasuradora sobre la porcelana con un golpe seco y giró la cara para mirarle las pupilas con esa atención tensa que Trina y él repetían a diario.

—Ya terminé, hija. Pasa, el agua sale templada.

Tina ocupó su lugar frente a la llave y abrió el paso del agua. El chorro cayó en el fondo con un golpe continuo. Marcos se pasó una toalla por las mejillas, pero no se movió de la puerta; se quedó con los brazos cruzados junto al marco, mirando el suelo. La muchacha juntó las manos, levantó un poco de agua y se empapó el rostro. El frío le corrió por las sienes. Se enderezó apartándose el cabello mojado y alzó los ojos hacia el cristal para revisarse. En el fondo del vidrio, Marcos aparecía detrás de ella, mirando las baldosas con una sincronía exacta. El reflejo de Tina, en cambio, no respondió de inmediato. Mientras ella ya estiraba el brazo para tomar la toalla, su figura en el fondo del espejo continuaba doblada sobre el lavabo. Quedó suspendida ahí una fracción de segundo antes de alzar el torso con un retraso marcado y fijar sus ojos directamente en las pupilas de la muchacha.

El aire se le atoró en el pecho.

—Papi… —soltó Tina, deteniendo la mano—. El espejo…

Marcos dio un paso al frente y metió la espalda entre los ojos de su hija y el reflejo. Agarró la toalla del perchero y se la pasó por las mejillas a la joven, secándose las gotas con una prisa seca que le tapó la vista por completo.

—Es el vapor del agua caliente —dijo él, bajando la voz para mantenerla firme—. Te encandilaste con el foco. Vístete y baja; tu mamá ya puso el desayuno.

Tina apartó la toalla despacio, tomando una bocanada de aire. Sobre el hombro de su padre, el cristal solo mostraba la tela gris y la silueta de los dos. En la esquina del marco, donde la mano del reflejo tardó en soltarse de la porcelana, una mancha de vaho se deshacía lentamente.

En la planta baja, la cocina olía a café y a tortilla caliente sobre el comal. Trina vigilaba la hornilla con la cuchara de madera en la mano. Al escuchar las pisadas en la escalera, levantó la mirada hacia el rostro de Marcos. El hombre venía detrás de Tina. No dijo nada; la tensión en sus hombros bastó para que su mujer entendiera la señal: el desfase había vuelto. Trina apretó los dedos contra la madera de la cuchara y aflojó la boca antes de que la niña se sentara a la mesa.

—Buenos días —dijo Trina, dejando un plato con frijoles y dos huevos estrellados frente a la silla vacía—. Pensé que no llegabas a tiempo.

—Se me pegaron las sábanas, ma —contestó Tina, sentándose con desgano mientras se acomodaba los audífonos en el cuello. El temblor en las manos apenas le permitía sostener el tenedor sin que chocara contra el plato.

Al otro lado, Adrián comía un pan con la vista clavada en la pantalla horizontal de su teléfono, donde corría un video sin sonido. Llevaba una capucha puesta sobre las orejas; se encerraba en su pantalla para no enterarse del silencio que rondaba la mesa. Gael, sentado enfrente con un pantalón de mezclilla y unas botas de trabajo, mantenía las manos sobre una taza de café caliente. Vio a su padre tomar asiento y no le preguntó nada sobre la mañana. Solo observó el pulso inseguro de Marcos al partir una tortilla. Gael no veía nada en los cristales, pero conocía bien esa rigidez familiar: la calma de los últimos años se había terminado.

Junto al refrigerador, Deddee no probaba su comida. La gata tenía las patas firmes y la vista fija en el pasillo que daba a las escaleras. Mila, echada bajo la mesa cerca de Adrián, soltó un quejido bajo y escondió el hocico entre las patas. Tina tomó un trago de leche. Miró de reojo la ventana que daba al patio: afuera la mañana avanzaba clara, pero en el cristal de la cocina su reflejo parecía sostener la mirada desde la sombra.

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