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The Lag: Prólogo – El Paseo | Novela de Terror Psicológico

El calor de julio caía sobre la calle con la pesadez de una plancha de plomo al rojo vivo, haciendo que el horizonte sobre el pavimento temblara en ondas aceitosas. Caminaban despacio, sin el apremio de las mañanas escolares, midiendo el avance con el arrastre monótono de las suelas sobre las losas cuarteadas por donde asomaba una maleza seca y quebradiza.

La mano de la niña era un nudo tibio y diminuto que buscaba sostén entre las falanges encallecidas de su padre; de tarde en tarde daba un brinco elástico, ese derroche de ligereza propio de quien todavía no carga con la noción del peso de los años. En su mano libre, un caramelo de cereza a medio consumir le teñía los labios de un rojo cereza brillante, pastoso.

Marcos entornaba los párpados ante la reverberación del mediodía; las patas de gallo alrededor de sus cuencas no eran solo la marca del sol, sino de las madrugadas en blanco, de esa vigilia amarga que desgasta los tendones y envejece la mirada antes de tiempo.

El murmullo de la avenida quedaba amortiguado por el sopor estival: el zumbido distante de un motor desvencijado y el chasquido rítmico de la hojarasca pulverizando bajo las pisadas.

Justo antes de enfilar el paso hacia los locales comerciales de toldos desteñidos, la pequeña interrumpió de golpe su juego de eludir las junturas de alquitrán. Clavó los zapatos en el suelo, obligando a Marcos a frenar en seco para no darle un tirón en el hombro.

—¿Papi? —preguntó ella, alzando la barbilla hacia la resolana.

—Dime, cielo —respondió él, balanceando la bolsa de lona hacia el otro hombro, sintiendo el cáñamo áspero morderle la clavícula.

—En la película de ayer… la de la niña que tenía botones cosidos en los ojos. ¿Por qué la otra mamá quería que se quedara encerrada detrás de la pared?

Marcos cerró los dedos sobre la mano de su hija con un exceso de celo casi involuntario, apretando apenas un gramo de más antes de reanudar el paso.

—Porque la otra mamá estaba sola, imagino —dijo él, midiendo la voz para que sonara plana, inocua—. La gente que está sola en sitios vacíos a veces inventa trampas para no quedarse a oscuras.

La niña pareció rumiar la frase con la solemnidad de sus seis años, arrugando la naricilla manchada de dulce antes de volver a saltar entre las grietas.

A Marcos, sin embargo, la respuesta se le pudrió en la lengua. La mención de esa entidad doméstica, agazapada detrás de una pared falsa y codiciando a una hija ajena, arrastró su memoria hacia el invierno previo. Al pasillo en penumbra de su propia casa. Pudo palpar otra vez el tacto de cera muerta del piso helado bajo sus plantas desnudas; el silencio de las tres de la madrugada, cuando el armazón de pino de las paredes cruje como huesos viejos al enfriarse.

Y, sobre todo, aquella parálisis en el pecho frente al espejo biselado del corredor. Recordaba haber girado el cuello hacia la izquierda y cómo su propia imagen, suspendida en el fondo del azogue, tardó una fracción de segundo más en obedecer. Un desfase ínfimo. Un parpadeo tardío. Un segundo que no pertenecía al tiempo de los vivos, pero suficiente para constatar que aquello que habitaba el cristal no era un reflejo, sino un testigo. El aire ardiente del mediodía no bastó para mitigar la escarcha que le bajó por la médula espinal.

Cruzaron el umbral de la carnicería. La campana de latón emitió un tañido estridente que murió ahogado por el golpe del aire acondicionado. Adentro gobernaba el zumbido sordo de las cámaras frigoríficas, una corriente que secaba el sudor en la nuca con un escalofrío graso, cargado del olor penetrante a desinfectante de pino mezclado con miasma de sangre fresca y grasa fría. Una alfombra fina de serrín humedecido amortiguaba las pisadas.

—Buenas tardes —saludó Marcos. Su voz sonó más baja de lo habitual—. Dos kilos de pulpa, por favor.

El carnicero, embutido en un delantal impermeable salpicado de estrías oscuras, asintió con una inclinación muda de la cabeza y dio media vuelta hacia el tajo de madera maciza. El golpe seco de la cuchilla hendiendo el hueso marcó una cadencia pesada.

La niña se soltó de la mano de su padre. Dio dos pasos cortos hacia la base del mostrador y apoyó ambas palmas abiertas sobre el faldón de acero inoxidable cepillado. Se mecía sobre los talones con descuido infantil, dejando dos huellas de humedad tibia sobre el metal grisáceo que deformaba su figura en una silueta tubular, borrosa y pálida.

—¿Por qué mi reflejo se ve tan chueco ahí, papi? —preguntó.

Marcos flexionó las rodillas. Las articulaciones le crujieron con un chasquido seco al ponerse a su altura. Sintió la necesidad física de interponerse entre la chapa pulida y el rostro de la pequeña.

—Es el efecto del metal, mi vida —explicó, procurando envolver las palabras en una ternura ensayada—. La lámina está combada hacia adentro. Como no es un cristal plano, la luz se quiebra. Por eso a veces pareces muy alta y delgada, o a veces redonda.

Levantó el brazo derecho y extendió el dedo índice hacia una hendidura del metal para señalar el arqueo de la chapa.

En la superficie opaca del acero, el dedo reflejado no se detuvo. Continuó moviéndose hacia la izquierda, desviándose un centímetro entero más allá de la trayectoria real.

La mano física de Marcos permanecía completamente estática en el aire, suspendida a diez centímetros del mostrador.

El reflejo, sin embargo, estiró sus propios tendones en el acero con una lentitud viscosa, casi orgánica. La yema grisácea dentro del metal acarició la cara interior de la lámina, palpando el relieve desde una profundidad imposible, como si buscara orientarse para tantear la carne del hombre desde el otro lado.

A Marcos se le detuvo el corazón en la garganta. La sangre le rugió en los oídos con la violencia de una marea negra. Parpadeó con fuerza, sacudiendo la cabeza en un intento desesperado por culpar a la luz cenital de los tubos parpadeantes. Es el cansancio. Es la falta de sueño, se mintió a sí mismo con rabia.

La niña dejó de balancearse. Frunció el ceño y giró la cabeza para mirarlo.

—Papi, ¿estás bien? Te pusiste blanco.

Marcos forzó las comisuras de su boca hacia arriba, construyendo una máscara de tranquilidad quebradiza. Tragó saliva —le raspó como si tragara arena— y con el pulgar le apartó un mechón rebelde de la frente.

—Sí, mi amor. Es que… me entró una basurita al ojo y me encandilé con la luz. Mira, ahí arriba hay una mosca.

Apuntó al cristal de la vitrina refrigerada, donde un insecto negro y gordo caminaba torpemente sobre una película de grasa rancia. La niña desvió la atención hacia la mosca y soltó una risita cristalina, desarmando la tensión que amenazaba con astillar el aire.

Marcos apoyó la palma de la mano sobre el acero para incorporarse. La chapa estaba helada por la proximidad de los motores, pero en el punto exacto donde la silueta desfasada acababa de deslizar su dedo, el metal devolvía un calor biológico, febril y denso. Retiró la mano de golpe, como si hubiera tocado carne viva.

Pagó la carne con monedas que le tintineaban en los dedos trémulos y salieron de nuevo al bochorno de la calle. En el puesto de la esquina compró espinacas mustias y papas todavía manchadas de tierra seca. Caminaban despacio, pero las bolsas plásticas no pesaban en sus muñecas tanto como el plomo invisible que se le asentaba en el pecho.

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