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CAPÍTULO 4. LA PELOTA DE HULE

Caminar por las calles del barrio, era cruzar una trinchera en descomposición. En la periferia de mis ojos, justo por el rabillo de ellos, la realidad se deshilachaba en manchas que se escurrían contra las bardas de concreto. No eran simples sombras, presencias densas que dejaban a su paso un rastro de murmullos quebrados, semejantes a rezos fúnebres repetidos por cientos de bocas desdentadas bajo tierra. Aceleré el paso. Aquella calle, la misma que de niño recorría de la mano de mi madre con una bolsa de pan caliente, comenzó a estirarse de forma enfermiza, convirtiéndose en un pasillo interminable, gris y desierto, donde las distancias desafiaban a la geometría.

A través de los cristales sucios de las ventanas enrejadas, alcancé a vislumbrar siluetas colosales y deformes, encorvadas como bestias esperando el apagón definitivo. El cielo sobre la ciudad se pudrió en un tono plomizo y viscoso; el viento se desató de golpe con la furia de un pulmón podrido, trayendo consigo un olor nauseabundo a cañería reventada, flores marchitas de panteón y azufre.

A escasos centímetros de mi nuca, una risa infantil y desquiciada cortó el aire.

Giré con los puños crispados y la mandíbula trabada.No había nada. Solo el vacío y las hojas secas por la acera. Reanudé la marcha casi al trote, ahogándome en mi propia taquicardia, cuando una pequeña silueta emergió de la nada, plantándose a mitad del camino y bloqueándome el paso.

El aire se tornó glacial. La criatura medía poco más de un metro.

—¿Quién eres? —grité con un nudo asfixiante.

—Steve… Steeevee… —siseó una voz hueca, como el eco —. ¿Quieres jugar conmigo?

Una risita burlona vibró.

—¿Qué quieres? ¡Déjame en paz! —volví a rugir, retrocediendo un paso.

—Steve… ¿Recuerdas?… ¿Quieres jugar conmigo?

—¡Déjame en paz! ¡Lárgate! ¡No quiero jugar contigo! ¡Lárgate! —supliqué desquiciado.

Sentía los brazos erizados. El vendaval comenzó con mayor violencia, como una succión magnética que tiraba de mi ropa y de mi cuerpo hacia la pequeña entidad.

—¡Ven a jugar conmigo, Steve! ¿Oyes eso? —la voz se distorsionó entre crujidos y chasquidos —. ¡Tú ya estás muerto, Steve! ¡Ven, vamos a jugar!

La figura ladeó la cabeza. La atmósfera pesaba toneladas; el aire se volvió tan espeso que costaba tragarlo.

—¡Ven, vamos a jugar! —repitió entre carcajadas que sonaban a porcelana rompiéndose.

Di media vuelta y eché a correr en sentido contrario. El viento me azotaba el rostro con la fuerza de una pared sólida; la presión era brutal: daba cinco zancadas desesperadas hacia adelante y la ráfaga me empujaba dos pasos hacia atrás. Mis pulmones ardían pidiendo oxígeno.

—¡Juega conmigo! ¡Vamos, juega conmigo! ¿Recuerdas? ¿Recuerdas, Steve? ¿Por qué ya no quieres jugar conmigo? ¡Ven, vamos a divertirnos! ¡Tú ya estás muerto, Steve! ¡Ven a jugar!

—¡Déjame en paz! ¡No quiero jugar a nada! ¡Déjame! ¡Lárgate! ¡Seas lo que seas, lárgate de aquí! —aullaba con lágrimas ardiéndome en los pómulos.

—¿Por qué lloras, Steve? ¿Le tienes miedo a la muerte? ¡Si ya estás muerto, Steve! ¡Ven a jugar!

Alrededor de sus carcajadas, una legión de susurros litúrgicos comenzó a girar en el aire, rezos arcanos en lenguas muertas que me taladraban los tímpanos.

—¡No! ¡No estoy muerto! ¡Sigo vivo, maldita sea! ¡Déjame en paz!

La desesperación me doblaba las rodillas. Y de pronto, con la misma brusquedad con la que había nacido, el vendaval enmudeció. La sombra menuda se disolvió. El silencio regresó, pero la risa se quedó grabada. Sentí un frío entumecido subiendo desde mis talones; la vista se me cubrió.

—¡Steve, vamos a jugar!

La voz me arrancó de un sueño tibio y pesado. Abrí los ojos con lentitud: era Magnus, parado al pie de mi cama en la casa de mamá, moviéndose de un lado a otro con esa inquietud suya que nunca descansaba.

—¡Ven a jugar! Papá trajo juguetes nuevos y nuestros primos ya vienen para acá.

Bajé de la cama entre bostezos. En la sala, los juguetes nuevos despedían un aroma limpio; brillaban bajo la luz de la mañana. Mi hermano menor, emocionado, me repartió los que me correspondían y comenzamos a romper los empaques de cartón para inventar batallas sobre la alfombra.

Poco después llegaron mis primos cargando sus propios muñecos y la casa se llenó de un alboroto infantil, carreras y risas despreocupadas. Al cabo de unas horas, mis tíos pasaron a recoger a mis primos; mi madre se había llevado a Florida a dar un paseo por el mercado, y mi padre continuaba en su turno de trabajo. El cansancio venció a Magnus, quien subió arrastrando los pies a su recámara para dormir la siesta. Yo me quedé solo en la planta baja, tendido boca abajo en el suelo, deslizando los carritos de plástico un rato más.

—Steve…

El susurro brotó desde las sombras del pasillo interior.

Pensé que Magnus se había levantado por un vaso de agua. Pregunté en voz alta si era él, pero la casa no devolvió respuesta. Pregunté por mi padre, pero recordé que el taller no cerraba hasta la tarde. Imaginé que mamá había vuelto del mandado; llamé a la puerta, pero los cerrojos seguían corridos por dentro.

Caminé despacio hacia el corredor. El silencio era extraño. Al fondo del pasillo, cruzando frente a los cuartos vacíos, una silueta menuda pasó flotando de un extremo al otro. Corrí para alcanzarla. Cuando llegué a la altura de las recámaras, las habitaciones estaban completamente desiertas.

Entonces sonó una risita. No era la risa cantarina de Florida ni el grito ronco de Magnus; era un timbre ajeno, agudo y quebradizo.

En la sala, el televisor se apagó de golpe, cortando la imagen con un chasquido seco. Mi mente de niño intentó buscar una explicación lógica: pensé que se trataba del reloj temporizador que mis padres programaban para racionarnos la pantalla, pero al mirar el minutero sobre la pared, descubrí que todavía le faltaba media hora para cortar la corriente.

La risa volvió a sonar, más cerca, flotando a ras del suelo.

De debajo del sillón de la sala, rodando con una lentitud enfermiza, salió mi pelotita azul. Se detuvo justo entre mis pies descalzos.

—¡Ven, vamos a jugar! —dijo la voz.

—¿Quién eres? —musité, retrocediendo hacia la pared.

De un brinco lateral, emergiendo de la sombra detrás del mueble, apareció la niña.

—¡Ven a jugar! Tengo un juego nuevo que te va a encantar.

Hablaba como una niña de mi edad, pero su presencia me provocaba un escalofrío en la boca del estómago. Vestía un vestido de tela ligera, color rosa pastel, con flores bordadas en el pecho; su cabello era largo, lacio y caía en mechones donde el amarillo rubio se mezclaba con hebras de un gris ceniciento, sucio. Su rostro tenía facciones angulosas y una palidez que no pertenecía a ninguna niña de la colonia.

—¿Quién eres tú? —insistí con la voz temblorosa.

—Ven, no tengas miedo. Vamos a jugar. ¿Te gustan las pelotas? Yo tengo una idéntica a la tuya, pero verde. ¿Quieres que te la enseñe?

Lentamente sacó la mano izquierda, que hasta ese momento había mantenido escondida tras la espalda. En su palma descansaba una esfera de hule verde, idéntica en tamaño y textura a mi pelota azul.

—¡Ven, atrápala!

Me lanzó la pelota rodando por la alfombra. El impulso del juego infantil le ganó a mi recelo por un instante: la tomé y se la devolví de un rebote. La niña se movía de un lado a otro con pasos rápidos y mecánicos, devolviendo la esfera cada vez que llegaba a sus pies.

—Vamos a jugar al patio —le propuse, señalando el ventanal trasero donde entraba la luz del sol—. Allá hay más espacio.

El semblante de la niña se torció al instante en una mueca de rechazo puro y rígido.

—¡NO! —chilló con una aspereza que me heló el pecho—. Al patio no. En el patio me da mucho miedo. La luz me lastima.

—Qué raro… —murmuré desconcertado—. Bueno, está bien, jugamos aquí adentro.

Ella clavó sus ojos en los míos. Su expresión no era de juego; parecía estar midiendo la comisura de mi rostro.

—¿Quieres ser mi amigo para siempre? —preguntó, y una risita temblorosa le bailó en los labios—. Podríamos jugar todas las veces que te quedes solo.

—S… sí. Claro que sí —respondí tragando saliva—. ¿Cómo te llamas?

La niña no dijo su nombre. Se limitó a mirarme fijamente con una sonrisa inmóvil que le estiraba los labios casi hasta las mejillas.

—Nos vemos muy pronto, Steve.

Volvió a reír con ese tono quebrado. Dio media vuelta a paso rápido hacia la cocina, empujó la puerta trasera que daba al área de servicio y se desvaneció en la penumbra del fondo, dejando sobre el piso la pelota verde de hule rodando sola en círculos.

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