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Phobia | Capítulo 5. El Desfile de Aicmo

El Diario de Elaine Durham

24 de noviembre de 2016 — 00:40 a.m.

El pestillo del armario me clavaba un borde de metal frío en la nuca.

Afuera, la recámara de los Wise parecía un velatorio profanado. Por la rendija vertical de las dos hojas de madera carcomida, apenas alcanzaba a distinguir los crucifijos torcidos en las paredes y la densa penumbra que envolvía el suelo. La perilla exterior de la habitación no dejaba de sacudirse, un traqueteo histérico, metálico y constante, como si una garra impaciente intentara reventar la cerradura sin molestarse en girarla con suavidad. Me tapé la boca con ambas manos, mordiéndome los nudillos hasta saborear la sal de mi propia piel. Sabía que un solo quejido, una bocanada de aire fuera de tiempo, delataría mi escondite.

La madera del marco cedió con un chasquido astillado y la puerta se abrió de par en par.

Por el umbral no cruzaron las momias pálidas del salón; aquellas figuras errantes seguían desfilando al fondo del corredor con su marcha rota. Quien se detuvo bajo el dintel fue una masa biomecánica y obscena.

Era Aicmo. La personificación viva del dolor punzante y el pavor a las agujas.

Su anatomía desafiaba cualquier lógica biológica: se desplazaba ladeado, arqueando cuatro extremidades largas que imitaban la marcha espasmódica de un cangrejo gigante sobre el entarimado. De su cuerpo demacrado y grisáceo brotaban docenas de enormes agujas quirúrgicas de acero oxidado, clavadas de parte a parte en su carne muerta. Una pica colosal le atravesaba el cráneo de oreja a oreja; otra le taladraba el hombro izquierdo; dos agujas más se cruzaban en una equis macabra sobre su antebrazo derecho; una púa larga le traspasaba el abdomen de lado a lado sujetándole las tripas flácidas; dos más le perforaban el muslo derecho hasta salir por la planta del pie, y otro par asomaba entre las junturas de la pierna izquierda. Alrededor de sus mandíbulas, una costura de alambre quirúrgico intentaba sellarle los labios en una sutura grotesca, de la cual pendía una última aguja curva que se balanceaba con cada sacudida.

La criatura trepó a la cama de madera vieja. El colchón gimió bajo su peso y el cuello larguísimo del monstruo rotó con un crujido seco de cartílagos rotos. Empezó a husmear el ambiente, estirando el morro hacia arriba como un sabueso ciego rastreando sangre fresca. Cada inhalación era un estertor sibilante que silbaba a través del metal clavado en su tráquea.

El hocico giró en redondo. Se alineó exactamente con las rendijas de mi armario.

Dejé de respirar. El terror me paralizó los músculos. Estaba a punto de abalanzarse sobre la madera cuando un ruido sordo en la planta baja lo distrajo. La bestia soltó un bufido metálico y salió disparada de la habitación con un chasquido veloz de patas y púas rozando el zoclo.

Iba a soltar el aire acumulado cuando un goteo caliente me cayó sobre el dorso de la mano y salpicó las hojas de mi diario. Miré hacia arriba. Pegado a las tablas superiores del clóset, un bulto viscoso y amorfo palpitaba en la oscuridad, goteando hebras de sangre espesa.

El asco me dio el impulso final. Empujé la puerta y salí tropezando al piso de la recámara. Le hice una seña urgente a Aron Denney, quien permanecía agazapado y temblando bajo un montón de sábanas mohosas en el rincón más oscuro. Nos tomamos de la mano con fuerza desesperada, asomamos la vista al corredor desierto y bajamos en puntillas las escaleras hacia el primer nivel. Entramos de golpe al baño donde Leslie se había atrincherado; la encontramos arrinconada contra el lavabo, con las pupilas dilatadas y la respiración rota. La tomamos de los hombros y la sacamos al pasillo para continuar la búsqueda de Ángelo y Johan.

Antes de dar tres pasos, Leslie soltó un alarido desgarrador que le raspó la garganta.

—¿Qué pasa? ¿Qué viste? —susurramos Aron y yo, rodeándola.

Leslie no contestó con palabras; levantó un brazo tembloroso y señaló hacia las vigas del techo.

Allí arriba, suspendida boca abajo sobre nuestras cabezas, se arrastraba una nueva pesadilla. Era una entidad colosal y enfermizamente delgada, dotada de cuatro extremidades kilométricas que se aferraban a las molduras, y en medio del torso seco le nacían dos manos humanas que arañaban el aire. Su rostro esquelético mantenía las fauces desencajadas en una abertura imposible. Con un golpe seco de sus articulaciones, la criatura se descolgó hasta el centro del corredor, bloqueándonos el paso. Dejó escapar un bramido ensordecedor que nos hizo zumbar los oídos y cargó contra nosotros.

—¡Abajo! —rugió Aron.

Nos agachamos a ras de suelo y corrimos en sentido contrario, pasando por debajo de la caja torácica de la bestia. Al cruzar bajo su vientre translúcido, alcancé a distinguir una silueta humana atrapada dentro de sus entrañas membranosas, retorciéndose en una agonía muda. No nos detuvimos a mirar. Bajamos disparados hacia la planta principal.

La estancia donde habíamos iniciado el ritual estaba vacía. Las momias sin rostro habían desaparecido; en su lugar solo quedaba el polvo flotando bajo los rayos fríos de la luna llena que caían por el ventanal quebrado.

—¡Vámonos de aquí! —suplicó Aron, jalando la manija de la puerta principal—. ¡Sigue trabada!

—¿Y Ángelo? ¿Y Johan? —gritó Leslie, bañada en llanto.

—¡No lo sé, Leslie! ¡A lo mejor ya están muertos! ¡Tenemos que salvar la vida! —respondí con la histeria subiéndome a la boca.

En ese instante, un grito agónico resonó desde el fondo del vestíbulo:

—¡Ayuda… por favor…!

Era la voz de Ángelo, proveniente de la cocina.

Cambiamos de rumbo a la desesperada. Pero antes de alcanzar el vano de la puerta, la enorme bestia del techo cayó de nuevo desde el descanso superior, interponiéndose con un estruendo de maderas rotas. Y a nuestras espaldas, cortándonos la retirada hacia el salón, un siseo metálico nos heló la sangre.

Aicmo había bajado.

La criatura de las agujas abrió su boca cosida desgarrando parte de su propia piel muerta; aspiró una bocanada profunda y emitió un alarido agudo que vibró como láminas de zinc chocando entre sí, convocando a las sombras de los rincones.

—¡Al sótano! ¡Es la única puerta abierta! —chillé, empujando a mis amigos hacia la trampilla de madera.

Rodamos por los peldaños destartalados y caímos sobre la tierra apisonada del subsuelo. Al encender la linterna de Aron, el haz de luz iluminó una carnicería.

—¡Dios bendito… Ángelo! —gritó Leslie, cayendo de rodillas.

Ángelo yacía recostado contra los ladrillos húmedos, bañado en su propia sangre. Tenía la cavidad abdominal completamente abierta; sus vísceras y parte de los intestinos asomaban desgarrados sobre el polvo. Apenas respiraba. Por su boca salía un borbotón carmesí mientras balbuceaba palabras incoherentes, asfixiándose en su propia hemorragia.

—¡Ángelo, resiste, por Dios! —sollozaba Aron, intentando contener la herida con sus manos desnudas.

El muchacho, con un estertor agónico y los ojos empañados por la muerte, levantó con lentitud el dedo índice ensangrentado y señaló hacia la entrada del sótano. La tos lo sacudió en espasmos violentos.

Nos giramos despacio. Aicmo estaba de pie en el último escalón.

La bestia nos observó con una fijeza muerta, desprovista de compasión. Estiró una de sus extremidades delanteras —larga, articulada y coronada por agujas oxidadas— y la clavó en el hombro de Ángelo. Arrastró el cuerpo moribundo del chico por el suelo como si fuera un fardo de ropa vieja y lo encajó de golpe dentro de sus fauces abiertas. Solo alcancé a ver los ojos desorbitados de Ángelo despidiéndose de nosotros antes de que la mandíbula de hierro y hueso se cerrara con un crujido atroz. Su cabeza decapitada rodó por el fango mientras la criatura trituraba el torso desmembrado en medio de un festín nauseabundo.

El horror nos quebró la cordura, pero el instinto animal de supervivencia tomó el control. En la pared contraria divisé un tragaluz bajo cubierto por una rejilla oxidada. Agarré un marro pesado de albañilería que descansaba junto a unos escombros y descargué un golpe salvaje contra los barrotes podridos. El metal cedió con un estrépito sordo.

—¡Por aquí! ¡Rápido! —grité, empujando primero a Leslie y luego a Aron a través del hueco estrecho.

Leslie perdió un zapato en el fango mientras salía arrastrándose; yo me deslicé de espaldas sintiendo el aire helado de la noche en la cara, mientras los rugidos cavernados de Aicmo retumbaban dentro del sótano como una campana de bronce rota.

Corrimos por las calles desiertas de Waller sin mirar atrás, guiados únicamente por la luz de las farolas y la luna llena. Cruzamos veredas y esquinas hasta llegar a la fachada de mi casa. Entramos como una ráfaga, pasamos el cerrojo doble, echamos la cadena de seguridad y subimos a trompicones a encerrarnos en mi recámara.

Aron se desplomó en el suelo, abrazándose las rodillas, con las manos manchadas de la sangre de su amigo.

—¿Qué fue lo que hicimos? —repetía entre sollozos histéricos—. ¿Qué demonios fue eso?

—¡No debimos hacerles caso! —gritó Leslie, temblando de pies a cabeza—. ¡Ángelo está… y Johan…!

—¡Cállense las dos! —exclamé fuera de mí, con las sienes palpitándome a punto de reventar—. ¡No digan nada más! ¡Ellos abrieron ese maldito libro! ¡Se lo buscaron!

—¡Elaine! —llamó Leslie con un susurro quebrado.

—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy intentando pensar cómo salir de esta? —escupí, secándome el sudor frío de la frente.

—¡Elaine! —gritó Aron, poniéndose de pie con la mirada clavada en mi espalda.

—¡¿Qué quieren?!

—¡Detrás de ti! —aulló Leslie, retrocediendo contra la pared.

Me giré muy despacio.

Desde las tablas del suelo de mi propia habitación brotaban cuatro enormes extremidades grises. Parecían troncos de árboles muertos, retorcidos y nudosos, pero su consistencia era viscosa, con un balanceo oscilatorio y gelatinoso que desafiaba la gravedad.

—¡Se están moviendo, Elaine! ¡Aléjate de ahí! —suplicó Aron.

—¡Por el amor de Dios, no te acerques! —gritó Leslie.

Era inútil. Una pesadez magnética me anuló la voluntad; sentía las piernas entumecidas, avanzando hacia las ramas grises como si un lazo invisible tirara de mi esternón. Extendí la mano y rozé la superficie fría.

Al contacto, una masa gigantesca surgió desde la penumbra del piso. Era una entidad grisácea, una aberración encorvada que levantó su cráneo deforme hasta casi rozar el techo de mi alcoba. Al bajar el rostro hacia mí, sus fauces se distorsionaron: una boca colosal, desbordada de dientes podridos entre los que bullían cientos de gusanos cadavéricos, se abrió como la mandíbula elástica de una serpiente constrictora a punto de tragar a su presa. Sus brazos terminaban en filos tan afilados como estacas.

La criatura me aprisionó la cara con una mano helada que me hundió las mejillas y comenzó a levantarme del suelo. El hedor a tumba me provocó una arcada seca mientras la boca repleta de larvas descendía sobre mi cuello.

Aron reaccionó con la velocidad de la desesperación: tomó unas tijeras de costura de mi tocador y las clavó con toda su fuerza en el antebrazo viscoso del monstruo.

La bestia soltó un bramido ensordecedor y abrió los dedos, dejándome caer sobre la alfombra. El ser clavó sus cuencas muertas en Aron, bufó con una violencia atroz y comenzó a retraerse hacia la sombra del piso, desvaneciéndose junto a sus extremidades arbóreas como si la madera se lo hubiera tragado.

Quedamos los tres en el suelo, tosiendo, temblando y empapados en sudor.

—¿Qué… qué demonios era esa cosa? —pregunté, frotándome las marcas amoratadas de la mandíbula.

—Esa criatura… —susurró Aron, con la voz ahogada por el pánico más puro—. Era la misma silueta que aparecía detrás de la ventana en la foto familiar de los Wise.

—Y sus ojos… —añadió Leslie, clavando la vista en la penumbra del armario—. En medio de esa carne podrida, tenía la misma mirada fija de la muñeca de porcelana de Amanda.

Me puse de pie apoyándome en el escritorio, sintiendo el peso del rosario contra el pecho.

—No nos van a dejar en paz —dije, tratando de armarme de valor—. Esto no terminó en la carretera ni en el sótano. Tenemos que volver a la mansión y encontrar lo que queda de los muchachos.

Aron levantó la cara hacia mí; sus ojos eran dos pozos de incredulidad y terror absoluto.

—¿Acaso perdiste el juicio, Elaine? —soltó con un sollozo amargo—. ¡Están muertos! ¡Viste a Ángelo despedazado en las fauces de esa cosa de metal! ¡Si cruzamos esa puerta otra vez, los siguientes cuerpos en la mesa seremos nosotros!

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