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THE LAG | Capítulo 1. ¿Eres tu, mami?

La niña pateaba un trozo de corteza de eucalipto que rodaba sobre el cordón de la acera.

—Papi —soltó de repente, sin levantar la vista de la corteza—. La otra noche, cuando me levanté por agua y me volví a acostar, vi a mami parada en el pasillo.

Marcos no frenó, pero los músculos de su mandíbula se trabaron. El plástico de las compras crujió con rigidez contra su muslo.

—Me miró fijo —siguió la niña, con una voz cantarina, desprovista de cualquier noción del peligro—, se quedó sonriendo y me dijo: «¡Que descanses, mi amor!».

El padre clavó la vista en el horizonte que hervía sobre la carretera. Él no había pegado un ojo en toda esa noche; la espalda cálida de Trina había permanecido pegada a su costado bajo las sábanas, respirando en un compás acompasado y hondo hasta las seis de la mañana. Trina no se había levantado de la cama.

—¿Te acuerdas a qué hora fue eso, cielo? —preguntó él, modulando un tono trivial, anestesiando el pánico en su garganta.

—Sí. Me fijé en la mesita. Las manecillas de Hello Kitty estaban rectas: la chiquita en el tres y la grandota en el seis.

A las tres y media. La hora muerta, martilleó su mente. El punto exacto en que la vigilia se fractura y la membrana de los espejos se vuelve porosa.

—Habrás estado soñando despierta, mi vida —murmuró, sintiendo que los pulmones no le daban abasto—. ¿No habrá sido Deddee que andaba rondando en la oscuridad?

La niña soltó una carcajada abierta, columpiándose de su brazo con gracia.

—¡Ay, papi, no! Deddee es blanca con manchas negras, no se parece a mami para nada. Además, los gatos no hablan.

Marcos no replicó. Apretó la mano menuda entre la suya y aceleró el paso casi imperceptiblemente, sintiendo que la resolana del mediodía se teñía de una sombra invisible. La niña, ajena al abismo, empezó a balancear los brazos al compás de sus propios brincos y se puso a canturrear con una dulzura inocente que sonaba aterradora:

—A la víbora, víbora de la mar, de la mar, por aquí pueden pasar…

Saltó sobre una grieta ensanchada en el cemento.

—…los de adelante corren mucho, y los de atrás se quedarán… tras… tras… tras…

El eco infantil de las últimas sílabas se arrastró en el viento caliente mientras ella miraba una mariposa amarilla posarse sobre una reja. Marcos la contempló de soslayo; el sol prendía destellos dorados en el cabello castaño de su hija, un retazo de belleza pura y vulnerable que él habría defendido a costa de su propia cordura, antes de que el sendero los dejara frente a la cancela de su hogar.

Empujaron la reja de hierro blanco del jardín, cuyo gozne chirrió con el quejido habitual. El ardor sofocante de la calle se extinguió al cruzar la puerta de madera maciza. En el vestíbulo los recibió la penumbra fresca de los postigos entornados y el olor doméstico y espeso a sopa de fideo con jitomate que Trina terminaba de sazonar en la cocina.

—¡Ya llegamos, mami! —anunció Tina, soltando a Marcos para perderse por el corredor con sus pasos rítmicos y ligeros.

Trina asomó por el vano de la cocina secándose las manos en un paño de lino gastado. Las ojeras marcadas bajo sus pestañas delataban el desgaste de los últimos meses, pero la visión de la niña operó un alivio inmediato en sus facciones. Se inclinó, abriendo los brazos para envolver el cuerpo menudo de su hija contra su delantal.

—¿Cómo les fue en el paseo, mis amores? —preguntó, besándole la coronilla antes de alzar la vista hacia Marcos.

—Bien, mami. Papi me explicó lo de la niña con botones en los ojos —dijo Tina, dando un brinco alegre.

Marcos depositó las bolsas en la mesa del comedor. Una mancha blanca y negra brotó en silencio desde el hueco bajo el sillón orejero: Deddee avanzó con pasos cautelosos, desperezando el lomo en un arco perfecto antes de frotar sus flancos contra los tobillos del hombre, ronroneando con una vibración gutural y rítmica. Marcos se agachó un instante y le rascó el nacimiento de las orejas; el pelaje tibio y vivo del animal le sirvió como un salvavidas momentáneo para anclarse al presente.

Trina se aproximó a él. Marcos la tomó por la cintura y la atrajo hacia su pecho con una necesidad desesperada. El beso que compartieron en los labios no fue un simple saludo matrimonial; fue un intercambio hondo. Al apartarse, él sostuvo su mirada con fijeza.

—Anda a lavarte las manos para comer, mi cielo —le indicó Trina a la pequeña, dándole una suave palmada en la espalda para encauzarla hacia el pasillo.

En cuanto las pisadas de Tina resonaron escaleras arriba hacia el baño y el rumor del agua comenzó a caer en el lavabo, la atmósfera de la planta baja pareció condensarse, volviéndose claustrofóbica. Marcos esperó a que el fluir de las cañerías cubriera el murmullo de sus voces.

—Habló en el camino —soltó Marcos en un susurro áspero, apenas audible—. Dijo que la otra noche te vio parada frente a su cama.

Trina se quedó petrificada. La mano que mantenía apoyada en el pecho de él se cerró sobre la tela de su camisa.

—Dice que la miraste fijo, le sonreíste y le deseaste buenas noches.

El aire se congeló en la garganta de Trina. Sus pupilas se abrieron con un pavor antiguo, reconocible.

—Le pregunté la hora —añadió Marcos, arrastrando las palabras —. Miró las agujas de su reloj. Tres y media en punto.

Trina clavó las uñas a través de la camisa hasta rozarle la piel a Marcos. Ambos compartían la certeza absoluta e inconfesable de que ella no se había movido del colchón aquella madrugada. El pacto matrimonial que habían jurado años atrás flotaba en la penumbra de la cocina como una sentencia: Marcos portaba la maldición en la sangre, ese don podrido de atisbar las sombras desfasadas detrás del vidrio, y la niña acababa de heredarlo. Habían jurado protegerla de esa verdad, levantar una muralla de normalidad para que la inocencia de Tina no fuera devorada por la locura familiar.

—Me dijo que le sonreías —repitió él, con la voz quebrada en un hilo tenso—. Pero tú y yo sabemos que lo que baja a esa hora no tiene boca humana. Lo que imita nuestras caras en ese pasillo no sabe sonreír.

Trina mantuvo la respiración contenida. El vaho de la sopa sobre la estufa parecía incapaz de calentar la estancia.

—¿Qué hacemos, Marcos? —musitó ella, al borde del llanto.—Vigilarla día y noche. No dejarla sola frente a ningún espejo ni superficie pulida. Cubrir lo que haga falta.

Un madero del piso superior crujió con fuerza, interrumpiendo el diálogo en seco. Unos pasos se acercaban al rellano de la escalera.

Marcos dio un paso atrás, forzando a sus hombros a bajar la guardia. Notó el plato de cerámica de Deddee vacío en un rincón. Se inclinó, sirvió un puñado de alimento seco y la gata acudió de inmediato, devorando los granos con un chasquido rítmico de la lengua. Trina regresó a los fogones y hundió el cucharón en el caldo humeante, revolviendo la sopa con un movimiento circular maquinal.

Para disipar la tensión que amenazaba con asfixiarlos, Marcos desdobló el periódico local que yacía sobre la encimera.

—Encontraron algo en la cuneta de la carretera secundaria —dijo, buscando una entonación neutra, desprovista de emoción—. Un automóvil antiguo bajo el fango seco. Dicen que perteneció a los Wise.

Trina detuvo el vaivén del cucharón, dándole la espalda.

—¿La familia de Amanda? —murmuró ella—. Eso ocurrió a finales de los cincuenta.

—En el cincuenta y ocho. Hallaron las páginas podridas de un diario escolar en los restos de la guantera. Parece que la tierra decidió escupirlo después de sesenta años.

—Hay culpas que nunca se pudren del todo bajo tierra —susurró Trina, mirando las burbujas estallar en la superficie de la sopa.

—También hay un cable que llega desde Chicago —agregó Marcos, pasando las yemas sobre la tinta fresca del diario—. Un conductor llamado Caleb Moore. Arrolló a una patrulla y al sheriff local, y luego se dio a la fuga. Afirman que deliraba antes de que lo acorralaran. Gritaba que el parabrisas de su coche proyectaba rostros de muertos.

Trina apagó la hornilla con un giro firme de la perilla metálica.

—La gente llama fantasmas a lo que no puede perdonarse a sí misma —zanjó ella con amargura.

El sonido vivaz de unas zapatillas bajando la escalera rompió el encierro. Tina irrumpió en el comedor sacudiendo los dedos mojados, esparciendo gotas diminutas por el suelo.

—¡Listo, mami! ¡Manos limpias!

Trina giró sobre sus talones y, en una fracción de segundo, borró cualquier rastro de angustia para componer una sonrisa luminosa.

—Muy bien, muñeca. Pero antes de sentarte, corre a la estancia y avísale a tus hermanos que la comida ya está servida.

Tina dio una pirueta en el sitio. Al enfilar la puerta, Mila, una perrita mestiza de pelaje claro y orejas caídas, le cortó el paso meneando la cola con un repiqueteo seco contra el zócalo de madera. El animal estiró el hocico para olisquearle los dedos.

—¡No, Mila, déjame que ya me lavé! —renegó Tina entre risas, esquivándola con agilidad para cruzar hacia el distribuidor. El perro trotó tras ella.

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