El zumbido no cesaba. Era una marea de frecuencias superpuestas, arrastrándome a través de un túnel donde la luz y la sombra colisionaban en ráfagas intermitentes. El aire sabía a gasas esterilizadas, cloro barato y ese perfume químico con el que los hospitales intentan enmascarar el hedor a fluidos descompuestos.De golpe, la conciencia cayó sobre mí.
La memoria se quebró hacia un invierno remoto. Vísperas de Navidad en la vieja casa familiar. Mis pies infantiles, congelados sobre el piso de madera, mientras el crujido rítmico en los peldaños de la escalera me obligaba a encogerme bajo las sábanas. Una neblina fría y rastrera filtrándose por la rendija de la puerta. Y en la sala, la noche previa, aquel sonido menudo y constante: las esferas de vidrio del pino navideño chocando unas contra otras, tintineando en la penumbra. El árbol descansaba en la esquina ciega entre los dos ventanales; recordaba con exactitud que las ventanas cerraban con pestillo de hierro y que la corriente jamás alcanzaba ese rincón. Algo las mecía con dedos invisibles mientras soltaba risitas secas en la oscuridad.
—¿Señor Steve? ¿Puede escucharme? ¿Cómo se siente?
Una bocanada de oxígeno me quemó las fosas nasales a través de una cánula de plástico. En el dorso de mi mano derecha, una aguja gruesa enviaba un chorro constante y helado hacia mis venas; el regusto metálico y amargo a suero me inundó la lengua. Abrí los ojos con dificultad, parpadeando contra el resplandor lechoso de los tubos fluorescentes.
—¿D… dónde estoy? —musité, sintiendo los labios resecos y cuarteados.
—En el Hospital Grand Venture —respondió la enfermera, ajustando el gotero cromado a un costado de la camilla—. Un transeúnte lo encontró colapsado sobre el pavimento en plena vía pública y llamó al servicio de emergencias.
—¿El Grand Venture?…
—Llegó con un cuadro severo de colapso cardiovascular. Presentaba una arritmia descontrolada que casi sufre un ataque al corazón ¿Ha estado consumiendo algún tipo de fármaco o analgésico pesado?
—No… nada —respondí de inmediato, retrayendo el cuello contra la almohada tiesa. No iba a revelar la persecución en la calle ni la entidad que me cerró el paso; me habrían canalizado directamente al pabellón psiquiátrico—. Solo caminaba hacia mi casa y todo se me apagó de golpe.
—Su corazón se detuvo por fracciones de segundo sin causa aparente. Su presión cayó en picada. ¿Consume alcohol, tabaco o sustancias de uso no médico?
—Para nada, señorita.
La mujer anotó un par de líneas en el expediente clínico.
—Su organismo se comporta como si hubiera sufrido un choque de adrenalina. Vamos a practicarle una batería de análisis de sangre y un monitoreo general para descartar anomalías congénitas. Necesito su autorización firmada.
—Sí… claro. Firmo donde sea necesario.
Tras una serie de pruebas de rutina, tomas de sangre que dejaron pequeños moretones morados en mis antebrazos y el paso de una camilla ruidosa, me devolvieron al cubículo de aislamiento.
—Los resultados estarán listos a primera hora de la mañana —indicó la mujer antes de salir—. Evite movimientos bruscos y trate de descansar.
Minutos después, la puerta se abrió con un quejido áspero. Entró una enfermera de edad avanzada empujando una bandeja con caldo tibio y gelatina. Su piel era una red de arrugas profundas y cenicientas; se movía con una lentitud glacial, arrastrando las suelas sobre el linóleo sucio. Dejó la bandeja sobre la mesita auxiliar, pero no se marchó. Se quedó de pie junto al barandal de mi cama, clavando en mí una mirada gris, turbia, desprovista de la condescendencia habitual del personal médico.
Se inclinó hacia mi rostro. Su aliento olía a alcanfor y cera de veladora.
—Veo algo en tus ojos, Steve… —susurró, con una voz que sonó como hojas secas trituradas bajo una bota—. Cuídalos. Debes tener mucho cuidado.
Dio media vuelta y abandonó el cuarto sin añadir una sola sílaba.
Me quedé inmóvil, sintiendo un sudor frío empaparme la nuca. ¿Mis ojos? ¿Qué demonios creía ver en mis ojos?
La noche cayó sobre el Grand Venture. A mitad de la madrugada, el frío me arrancó del sopor.
—Steve… Steeeve…
La voz no venía del pasillo. Salía de los conductos de ventilación, reptando por las esquinas del techo.
—¿Por qué tan solo, Steve? ¿Quieres jugar conmigo?
Las luces de la habitación comenzaron a fallar. Las baldosas blancas parpadearon en un espasmo eléctrico que hacía crujir los transformadores. Desde el umbral de la puerta, una neblina densa, viscosa y grisácea comenzó a serpentear hacia mi cama. De pronto, la corriente eléctrica murió por completo.
La oscuridad se volvió una masa sólida que me aplastó el tórax. Quise incorporarme, pero mis músculos no respondieron: una parálisis brutal me soldó las extremidades al colchón, dejándome únicamente el control de los ojos desorbitados. Intenté aullar por auxilio, pero de la garganta solo brotó un quejido sordo, ahogado en saliva ácida.
Pasos descalzos sobre el linóleo. La bombilla roja de emergencia del cabezal parpadeó con un tono carmesí tenue. Al pie de la cama se recortó la figura: una niña con un vestido rancio, manchado de fluidos oscuros y tierra seca, con mechones deshilachados cayéndole sobre los hombros rígidos.
El rebote rítmico y hueco de una pelota de goma contra las baldosas resonó en la habitación, marcando el pulso de mi propia taquicardia.
—Vamos a jugar, Steve… ¿Quieres jugar conmigo?
Mi respiración se quebró en un jadeo histérico. La silueta ladeó el cuello en un ángulo imposible, con un chasquido de vértebras crujiendo en seco. La luz roja titiló y se extinguió.
En el silencio absoluto que siguió, la temperatura descendió al punto de congelación. Sentí el peso: la cama se hundió ligeramente en el extremo de mis pies. El hedor me golpeó de lleno en la cara; un olor cáustico, a carne podrida en un pozo ciego, azufre y amoniaco puro que me provocó una arcada convulsiva.
La lámpara cenital se encendió en un estallido carmesí violento.
Estaba encima de mí.
Su rostro pálido, ceroso como el tocino rancio, se encontraba a escasos centímetros del mío. Donde debían estar sus ojos infantiles no había nada: dos cuencas vacías, dos túneles de carne desgarrada y costras negras que exudaban un líquido viscoso hacia sus pómulos. Su mandíbula se desencajó en una sonrisa monstruosa, inhumana, estirando la piel marchita hasta el límite del desgarro.
—¡Juega conmigo, Steve!
Sus manos heladas, con dedos rígidos y terminados en uñas ennegrecidas, se abalanzaron directo sobre mis párpados abiertos.
El alarido me reventó las cuerdas vocales. El terror fracturó la parálisis motora: me arqueé con un espasmo salvaje hacia un costado y caí de la camilla, estrellando la frente y el hombro contra el linóleo helado.
La caída arrancó el soporte del suero. El catéter se desgarró de mi mano derecha con violencia; la aguja saltó fuera de mi y sentí el chorro caliente de mi propia sangre corriendo a borbotones por el dorso de mis dedos, empapando el suelo blanco.
Las luces del pasillo y del cuarto se encendieron al unísono, deslumbrándome con su blancura quirúrgica. La entidad se había evaporado en el impacto.
Pasos apresurados tronaron en el corredor. Tres enfermeros entraron corriendo, jadeando por la alarma:
—¡Señor Steve! ¡¿Qué le pasó?! ¡Tranquilo, no se mueva!
Me levantaron a pulso, jadeante y empapado en sudor viscoso, acomodándome de nuevo en el borde de la cama. La sangre manchaba la sábana clínica en una estela carmesí. Con destreza rápida y mecánica, me aplicaron un torniquete de gasa en la herida abierta, presionaron la vena para frenar la hemorragia y me canalizaron una nueva vía en el brazo izquierdo, inyectando un sedante espeso que me entorpeció la lengua y me durmió las sienes al instante.
El mareo químico comenzó a tirar de mi nuca hacia la almohada. Antes de que mis párpados sucumbieran al peso del sedante, miré hacia el marco de la puerta abierta: al final del pasillo en penumbra, recortada bajo el parpadeo del tubo fluorescente, la figura del vestido manchado permanecía inmóvil, apuntando con dos cuencas desiertas y sangrantes directamente a mi rostro.
A la mañana siguiente, el protocolo médico se cumplió. Los estudios sanguíneos y las placas torácicas no arrojaron anomalías clínicas visibles; el personal concluyó que se había tratado de un episodio de desmayo breve provocado por estrés severo y agotamiento nervioso. Me extendieron la hoja de alta médica con instrucciones de reposar, alimentarme y no forzar el cuerpo.
Sin embargo, en los ojos de los médicos que firmaron el documento flotaba una sombra extraña: me observaban con recelo, intercambiando murmullos a espaldas mías, como si mi nombre o mi rostro estuvieran indexados en un archivo que nadie se atrevía a mencionar en voz alta.
Caminé hacia la salida del Grand Venture con las piernas temblorosas. Al cruzar el área de mantenimiento cerca de los vestíbulos traseros, una figura se interpuso en mi trayectoria. Era la enfermera anciana. Sostenía una cubeta metálica con desinfectante; sus nudillos deformados por la artritis apretaban la tela del trapeador húmedo.
Al pasar a su lado, levantó la mirada y me taladró con sus ojos lechosos.
—Tus ojos, Steve… —repitió con un hilo de voz helado que cortó el rumor del hospital—. Cuida bien de ellos. Son la única paga que aceptan del otro lado.
Se dio media vuelta y continuó arrastrando el trapeador sobre el piso gris.
Salí a la calle con el corazón latiéndome en la base de la garganta. La brisa exterior me azotó el rostro, pero no logró disipar la náusea ni el frío que me calaba los huesos. ¿Por qué mis ojos?













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