24 de noviembre de 1958
El coche se detuvo en seco sobre el acotamiento de grava. El motor quedó encendido, tosiendo un ronroneo asmático que hacía temblar la chapa desajustada de las puertas.
El retrovisor central devolvía la mirada del hombre: fija, húmeda, cargada de una intención viscosa que me paralizó la sangre en las venas. La sonrisa se le ensanchó, descollando unos dientes amarillentos manchados de tabaco.
—¿Qué… qué está haciendo? —atiné a decir, y mi propia voz me sonó ajena, rota, la voz de una niña que de pronto entendía que la noche no tenía fondo.
El conductor no contestó. Tiró con fuerza del freno de mano; el chasquido de los dientes de hierro resonó como el cerrojo de una celda cerrándose sobre nosotras. Afuera, la tormenta rugía con una violencia descomunal: las cortinas de lluvia azotaban el parabrisas y el viento hacía silbar las junturas de las ventanillas como una jauría de perros hambrientos. A lo lejos, el letrero metálico del arcén brilló bajo un relámpago: Kilómetro 58.
El hombre se desabrochó el impermeable grasiento. Olía a sudor agrio, a tabaco rancio y a licor barato. Se giró en el asiento delantero, bloqueando con su espalda ancha cualquier intento de escape hacia las puertas del copiloto.
—Tranquila, chiquilla… —gruñó, con una voz rasposa que vibraba con un temblor obsceno—. Si tuviste agallas para salirte de tu casa a deshoras, debes tener agallas para pagar el viaje.
—¡No se me acerque! —grité, pegando la espalda contra la portezuela trasera, apretando a mi muñeca de porcelana contra las costillas con una mano y aferrando el cuaderno de pasta áspera con la otra.
Extendió un brazo grueso. Una mano nudosa, con uñas ennegrecidas por la grasa mecánica, se posó con un peso asfixiante sobre mi rodilla y comenzó a subir por mi muslo. El asco me subió por la garganta en una arcada amarga; el aire se me cortó en los pulmones. Quise gritarle a mi madre, quise pedir perdón a mi padre por haber huido, pero solo pude ver cómo el tipo se inclinaba sobre el espacio entre los asientos, invadiendo el habitáculo con su corpulencia pesada. Con la otra mano me sujetó la barbilla, hundiendo los pulgares en mis mejillas amoratadas, mientras sus ojos me devoraban la cara.
—¡Suélteme! ¡Por favor, suélteme! —supliqué entre sollozos histéricos, tirando patadas ciegas que solo rebotaban inútilmente contra la base del asiento.
El hombre soltó una risotada baja y me sujetó del cabello, tirando hacia abajo. La muñeca de porcelana cayó sobre la alfombrilla sucia con un golpe seco. En ese instante, a través del cristal empapado por el temporal, un resplandor gemelo y enceguecedor cortó la negrura de la curva.
No hubo tiempo para frenar. No hubo bocinazo de advertencia.
Un camión de carga pesada, patinando descontrolado sobre el pavimento anegado, se nos vino encima como una pared sólida de acero y lodo. La luz blanca estalló dentro de la cabina, borrando las facciones del conductor en una máscara de terror absoluto. El hombre soltó un alarido gutural y soltó mi cuerpo, intentando cubrirse el rostro con los antebrazos.
Cerré los párpados. El crujido del chasis doblándose fue atronador: un estallido de metal, vidrio triturado y huesos cediendo bajo miles de toneladas en movimiento. El dolor no fue un corte limpio; fue una marea de presión brutal que me destrozó la caja torácica, expulsándome hacia la oscuridad infinita mientras el eco del impacto se tragaba mis últimos quince años de vida.
23 de noviembre de 2016
—¡Han transcurrido casi sesenta años desde aquella noche sangrienta en el kilómetro cincuenta y ocho de la carretera federal! —la voz de la presentadora cortó el silencio matutino, acompañada por la música grave de la cortinilla roja del noticiero local de Waller—. La madrugada en que una menor de quince años fue víctima de abuso y de una colisión brutal que la privó de la vida al instante…
En la pantalla panorámica del estudio, el copresentador tomó la palabra con solemnidad ensayada:
—¡Amanda Wise! La joven que intentó escapar del divorcio y la violencia de sus padres aquella madrugada del veinticuatro de noviembre de 1958. Una tragedia que destrozó para siempre a esa familia: poco después del siniestro, la señora Wise se quitó la vida en su propia bañera arrancándose los ojos, mientras que el señor Wise se descerrajó un disparo en la sien. Los hechos marcaron la memoria colectiva del poblado…
—La leyenda urbana sostiene que, cada cierto tiempo, el ciclo se repite —concluyó la conductora, mirando a la lente con gravedad—. Que el alma en pena de la pequeña Amanda y los ecos de aquella carretera continúan cobrando tributo entre aquellos incautos que se atreven a perturbar las ruinas de su casa…
El sonido chirriante del teléfono celular sobre mi escritorio me arrancó del televisor. En la pantalla parpadeaba el nombre de Leslie.
—¿Bueno? —contesté, pasándome una mano por la nuca.
—Elaine, ¿ya tomaste el autobús de ruta? —preguntó la voz de Leslie, agitada por el viento exterior.
—¡No, todavía no! Me entretuve escribiendo en mi diario y se me fue la noción de la hora. Mis papás acaban de irse a sus turnos. ¿Qué pasó?
—Apenas pase el camión, sube deprisa y pide la bajada en la calle 24, esquina con la 58. Ahí nos reuniremos los chicos y yo. Tenemos una propuesta que hacerte. ¿Te animas?
Fruncí el ceño, sintiendo un escalofrío inmediato.
—Oye, ¿no es esa la esquina donde queda la casa abandonada de los Wise?
—¡Exacto! —exclamó Leslie, bajando la voz hasta casi un susurro cómplice—. Encontramos un viejo libro de extraña procedencia. Tú que eres buena descifrando textos antiguos y símbolos… no sabemos qué carajo dice.
Aceleré el paso. Tomé mi abrigo, cerré la casa con llave y caminé a toda prisa hacia la parada. El transporte pasó puntual; abordé la unidad con el estómago apretado por un mal presentimiento y pedí el descenso exacto en la intersección que Leslie me había indicado.
Al bajar en la calle 24, una ráfaga de aire gélido sopló con tanta furia que mi sombrero escolar salió volando hacia el sendero enmontado de la casona Wise. Eché a correr tras él, pero una mano firme lo interceptó en el aire.
—Debes tener más cuidado, Durham —dijo Aron Denney, extendiéndome el sombrero con una sonrisa mesurada—. No queremos que te tuerzas un tobillo persiguiendo ropa hacia la boca del lobo.
—¡Gracias, Denney! —respondí, colocándomelo de nuevo y respirando con alivio—. ¿A ti también te llamó Leslie?
—Sí, me habló de un libro raro. ¿Dónde demonios se metió?
Ambos miramos hacia la maleza crecida. Un silbido y un grito de «¡Hey!» nos hicieron alzar la vista: Leslie nos saludaba con ambas manos desde el porche desvencijado de la casa de los Wise.
—¡Leslie! ¿Qué estás haciendo allá arriba? —pregunté, acercándome con pasos cautelosos sobre la grava rota.
—¡Iba pasando, vi que la puerta principal estaba entreabierta y me ganó la curiosidad de asomarme! —gritó ella con desparpajo—. ¡Y miren lo que estaba tirado en el recibidor! —mostró un volumen de lomo grueso y páginas amarillentas.
—Deberías salir de ahí de inmediato —advirtió Aron, cruzándose de brazos con gesto severo—. Si una patrulla pasa por el camino te van a remitir por allanamiento. Esa casa lleva décadas pudriéndose sola; Dios sabe qué clase de parásitos o alimañas haya adentro.
—¡Ay, por favor! Ni que fuera de cristal —replicó ella bajando los escalones con una risita—. Hay que esperar a los demás.
—¿De qué plan hablabas por teléfono? —interrogué, mirando de reojo las ventanas tapiadas de la segunda planta.
—Johan me estuvo contando anoche que encontró en foros de internet un protocolo para invocar a los Wise. Quiere respuestas de lo que pasó aquí adentro. Al principio pensé que era pura basura, pero tener el libro en la mano me dio curiosidad. ¿Por qué no entrar esta noche a comprobarlo?
—¡Los vivos con los vivos, y los muertos con los muertos! —soltó una voz áspera a nuestras espaldas.
Ángelo Parrish avanzaba por el sendero con las manos metidas en los bolsillos de su chamarra, con el ceño fruncido y el rostro tenso. Detrás de él venía Johan Snider, balanceando su bolso escolar con elegancia indiferente.
—Anoche Johan me salió con el mismo cuento y le dije que dejara de jugar con porquerías que no entiende —añadió Ángelo, plantándose frente al grupo.
—¡Miren al miedoso! —se burló Johan, acomodando el broche de su cuello—. Esta noche tenemos que reunirnos aquí. Traigan veladoras, linternas potentes y algo para defendernos por si hay vagabundos. Estuve investigando a fondo el expediente de los Wise; el ritual exige que permanezcamos en la misma zona del dolor y utilicemos un objeto personal de la víctima para abrir el canal de contacto.
—¿Y en dónde hiciste tu gran tesis doctoral? ¿En Wikipedia? —ironizó Ángelo, rodando los ojos.
—¡Cállate si no vas a aportar nada! —le espetó Johan, fulminándolo con la mirada.
—¡Basta los dos! —intervine con firmeza, colocándome en medio de ambos antes de que el altercado subiera de tono—. Por Dios, no hay un solo día en que ustedes dos no estén discutiendo como niños. Miré el libro en las manos de Leslie y luego levanté la vista hacia las maderas ennegrecidas de la fachada. Un hedor leve a humedad rancia y cera vieja pareció flotar con el viento helado, como si la casona estuviera respirando despacio, esperando pacientemente a que cayera la medianoche














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