24 de noviembre de 1958
Si estás leyendo estas páginas, es porque ya me he ido. Y porque logré escapar de esta trampa de madera podrida.
Desde hace varias noches apenas puedo respirar. No estoy loca, aunque mi madre se empeñe en decir que todo está en mi cabeza. No son fantasías infantiles: la casa entera se ha vuelto hostil. En los rincones donde la luz no alcanza, las sombras parecen estirarse, adquiriendo peso y densidad. Escucho murmullos que se deslizan a ras de suelo y rasguños detrás del papel tapiz carcomido. Despierto bañada en un sudor gélido, con el aire atorado en la garganta, ahogando alaridos secos para que nadie me escuche llorar.
Este pueblo es una prisión olvidada en el mapa, un caserío asfixiante rodeado de bosque donde la gente prefiere alimentarse de mitos y viejas advertencias campesinas antes que mirar de frente la podredumbre de sus vecinos. Esta noche tomé la decisión: he llamado a un transporte para que venga por mí a la orilla del camino. No me importa que el resto me vea como una chiquilla indefensa; la miseria me ha obligado a madurar a golpes. Tengo quince años. Mi tez es clara, de cabello castaño y largo que suelo trenzar para que no me estorbe, y ojos azules que en el espejo lucen cada vez más hundidos y ojerosos. Hija única. Una carga solitaria en medio de un matrimonio que lleva meses despedazándose a gritos, platos rotos e insultos. Al parecer, esta madrugada mi padre ha decidido marcharse de una vez por todas.
Siento un nudo frío apretándome el estómago. El miedo a la incertidumbre me carcome, pero el pánico de quedarme aquí es mucho peor. Ya no recuerdo lo que es dormir en paz. Necesito mantener una llama encendida a los pies de mi cama para no enloquecer; al ser un poblado tan apartado de la carretera principal, el tendido eléctrico es un lujo que solo conocen las familias acomodadas. En este cuchitril sobrevivimos a oscuras, dependiendo de un grueso cirio de cera barata cuya mecha baila con las corrientes de aire, alargando figuras grotescas sobre los muros.
Sé que huir en mitad de la noche no es el camino correcto, pero es la única salida para no terminar devorada por esta penumbra. Prefiero arriesgarme afuera antes que pasar una sola noche más atrapada en este infierno doméstico. El olor a humedad es repugnante; se te pega al pelo y a la ropa como vaho de sepulcro. El techo tiene goteras que resuenan como pasos lentos en baldes oxidados, y mi colchón viejo es solo una masa de paja mohosa y resortes vencidos que se me clavan en las costillas con cada sobresalto.
Miro el reloj de pared: las manecillas marcan apenas las 12:05. Los alaridos en la planta baja no se detienen. Mientras trazo estas líneas apresuradas con la mano entumecida, sostengo contra mi pecho a mi pequeña muñeca de porcelana. Es el único rostro que no me juzga ni me desprecia; mi única compañía en una casa donde nadie me mira si no es para descargar su rabia. Estoy harta de mi padre. En las madrugadas, cuando mi madre cae desplomada en un estupor etílico, he sentido pisadas descalzas arrastrándose hacia mi cama. Manos con dedos helados como carámbanos rozan la tela de mis sábanas. Cuando me atrevo a espiar por una rendija, no hay nadie, pero el aire gélido susurra mi nombre con una familiaridad nauseabunda. Otras noches he sentido una presión directa sobre mis piernas, un tacto invasivo que me hace saltar del pánico; al encender el fósforo, solo alcanzo a ver una silueta negra deslizándose con rapidez hacia el pasillo.
¿Es alguien de carne y hueso o una criatura parásita de esta casa? No lo sé. Lo único palpable es el asco que me ahoga. Y estoy igual de cansada de mi madre. Cualquier intento de pedirle auxilio termina sofocado por el tufo agrio del licor barato y el humo rancio de tabaco que le brota de la boca. Todo su mundo se reduce a maldecir a mi padre. Cada vez que me armé de valor para rogarle que lo dejara, que nos marcháramos juntas, el resultado fue el mismo: el chasquido seco de una bofetada cruzándome la mejilla. A veces siento la cara inflamada, deforme de tantos golpes. Me siento sucia, fea, sola y al borde del abismo.
El minutero avanza con una lentitud desesperante: 12:10. El tiempo parece congelarse a propósito para prolongar mi suplicio. Abajo, un mueble acaba de volcarse; el estruendo de vidrios quebrándose me taladra los oídos. Si mi madre vive anestesiada en el alcohol, mi padre es un animal rabioso cuando la botella toca fondo. En la alacena no hay comida decente, solo botellas vacías de aguardiente, garrafas de vino corriente y cajetillas pisoteadas. El humo denso se encierra en las habitaciones, espesando el aire hasta hacerme toser. ¡Ya no puedo más! ¿Por qué tarda tanto el transporte? Odio este lugar, odio a mis padres y odio lo que están haciendo conmigo.
Mi equipaje cabe en una bolsa raída: mi muñeca de porcelana, este diario y un cuaderno encuadernado en cuero áspero que encontré enterrado cerca de la espesura del bosque la otra noche. No sé quién lo abandonó allí. Sus páginas no contienen palabras comunes; están llenas de inscripciones angulares, trazos herméticos y figuras geométricas desconcertantes. Cuando llegue a la ciudad, buscaré en la biblioteca central a alguien que pueda traducirlo. Entre todos los diagramas, hay uno que me eriza la piel: una estrella de dieciocho puntas, semejante a un sol mutilado o a una brújula rota. Alrededor de cada pica hay garabatos que parecen nombres propios. Tengo que investigar su origen; siento que ese libro no apareció en el fango por casualidad.
Miro otra vez hacia la ventana: son las 12:30.
A través del cristal húmedo, cortando la neblina del camino, diviso dos faros amarillentos. Una furgoneta avanza despacio. Las luces parpadean dos veces contra los sauces. Es él. Es mi boleto fuera de esta tumba. Los gritos de mis padres continúan retumbando desde la cocina; están demasiado ciegos de ira para notar que me escurro por la puerta trasera.
Dejo aquí esta última línea. Bajo las escaleras ahora mismo, sin hacer ruido, aferrando mi muñeca contra el pecho. Esta pesadilla termina esta noche.
El olor a gasolina mal quemada y plástico viejo llena el interior del transporte.
Escribo con el cuaderno apoyado sobre las rodillas, usando el libro del bosque como soporte improvisado mientras el vehículo traquetea por el camino de grava. Mantengo a mi muñeca aprisionada bajo el brazo izquierdo; el aroma a alcanfor de su vestido me ayuda a aplacar las náuseas que me provoca el vaivén del motor.
Sin embargo, la sensación de alivio se está pudriendo muy rápido.
Noto un peso sobre mi nuca. Una fijeza densa, incómoda. Al principio intenté convencerme de que el conductor solo revisaba de reojo si su pasajera iba bien acomodada, pero la insistencia es anormal. Levanto la vista disimuladamente hacia el espejo retrovisor central: los ojos del hombre están clavados en mí. La luz verde y mortecina del tablero le ilumina únicamente la mitad inferior del rostro: una mueca rígida, tensa, y una respiración ronca que compite con el traqueteo de la transmisión.
¿Por qué me mira de esa manera? ¿Fue un error subirme al coche de un extraño a mitad de la noche? El frío se filtra por los empaques agrietados de las ventanillas, pero siento la frente empapada de sudor. No debo entrar en pánico. Necesito concentrarme en la tinta para mantener el pulso firme. Miro de nuevo la estrella de dieciocho puntas en el libro abierto. Cuento los símbolos que rodean la figura: exactamente dieciocho palabras incomprensibles, grabadas como cicatrices sobre el pergamino. Dieciocho nombres para dieciocho extremos afilados.
El velocímetro no sube. El conductor acaba de poner la direccional y el vehículo comienza a reducir la marcha, apartándose poco a poco de la cinta asfáltica hacia el acotamiento oscuro de la carretera federal.
El retrovisor devuelve su mirada. Esta vez, el hombre sonríe.








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