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Los Ojos de Steve | Capítulo 6. El Espejo de la Agonía

Abrí los ojos para encontrarme arrojado en un páramo de sombras. El suelo era de un cemento húmedo y cuarteado que me transfería un frío mineral directo a los huesos. El aire estaba saturado de un hedor espeso, cáustico, una mezcla sofocante de desinfectante rancio, óxido ferroso y materia orgánica en putrefacción. Yacía tendido de costado, con la mejilla aplastada contra las baldosas sucias, contemplando la boca de un pasillo interminable donde una bombilla tubular parpadeaba en lo alto, soltando chispazos pálidos que apenas arañaban un silencio absoluto, denso y sepulcral.

Quise ponerme en pie de inmediato, pero la orden no bajó a mis piernas. Mi anatomía entera estaba bloqueada por una rigidez cadavérica; los músculos parecían haberse convertido en bloques de plomo frío soldados al suelo. Apreté las mandíbulas hasta hacerme sangrar las encías, tirando de los tendones del cuello con una furia desesperada para quebrar la parálisis. Los dedos respondieron primero, arañando el polvo del piso; luego el pecho se elevó en una bocanada de aire cortante y logré incorporarme.

El entorno era una sala de hospital desmantelada décadas atrás. En los rincones se amontonaban camillas con el hierro carcomido por el moho, armazones desvencijados y monitores clínicos ciegos, con las pantallas rotas cubiertas de telarañas y polvo. Al girar el torso, el estómago se me encogió en un nudo helado: en el centro de la estancia, sobre una plancha metálica corroída, descansaba un bulto humano cubierto en su totalidad por una sábana blanca.

La tela caía con una pesadez mortuoria. El dilema entre escapar y saber me quemó el pecho. Mis manos comenzaron a vibrar con un temblor espasmódico; el sudor helado me empapaba las sienes y corría por mis mejillas hasta desprenderse en gotas gruesas que caían sobre el tejido lívido. Con las yemas entumecidas, aferré el borde superior de la sábana para descorrer el velo.

El aire entraba en mis pulmones en ráfagas cortas y entrecortadas. Retraje la tela unos centímetros: una maraña densa de cabello oscuro y desgreñado quedó expuesta sobre la cabecera. Por un segundo pensé en la niña del vestido rancio, pero al continuar deslizando el lienzo con una lentitud tortuosa, apareció una frente ancha, marchita y desprovista de color. Las pupilas se me abrieron al límite del dolor ocular. Tragué un buche de saliva espesa y tiré del trapo de golpe.

El impacto me arrancó el equilibrio y caí de espaldas contra las baldosas.

El rostro tendido sobre la plancha era el mío.

Era mi propia fisonomía adulta, descompuesta en una laxitud cadavérica. La mandíbula colgaba desquiciada hacia el pecho en un gesto de espanto mudo, y donde debían habitar los ojos solo existían dos cuencas hondas, dos pozos oscuros y secos, despojados quirúrgicamente de toda materia biológica.

El llanto me brotó de las entrañas en un acceso histérico. Apoyé las palmas sudorosas y los codos en el suelo, empujándome desesperadamente hacia atrás, arrastrando las piernas hasta que mi columna chocó contra la pared maestra. Arriba del lecho de muerte, la lámpara cenital comenzó a titilar con violencia, proyectando sombras espasmódicas sobre el cadáver.

Entonces, la carne inerte sobre la plancha comenzó a reaccionar.

El cráneo desprovisto de ojos giró lentamente sobre el cuello rígido, orientando las dos cavidades vacías de su rostro hacia el rincón exacto donde yo estaba encogido.

La expresión inmóvil de las facciones muertas era una burla a la vida. Me cubrí la cara con ambas manos, temblando con una convulsión incontrolable mientras las lágrimas me quemaban los nudillos. El aire se negaba a formar palabras de auxilio; el pánico me cerraba la glotis con un puño de hielo.

Un roce áspero anunció el movimiento: la sábana resbaló de la plancha y cayó al suelo. A través de las rendijas entre mis dedos crispados vi cómo la figura se sentaba en el borde de metal oxidado. Ladeó la cabeza hacia la izquierda y luego hacia la derecha con movimientos secos, angulares, como si sus vértebras estuvieran soldadas y se quebraran para desentumecerse. Apoyó los pies descalzos sobre el piso y se puso de pie, exhalando quejidos guturales y estertores secos desde una tráquea desértica.

—¡Déjame! ¡Déjame en paz! —supliqué con la voz quebrada, replegándome contra el muro—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¡Auxilio! Padre santo… Padre nuestro que estás en el cielo…

Las oraciones de mi padre se atropellaban en mis labios, pero antes de terminar la plegaria la corriente murió. La oscuridad fue total, una masa líquida que me cubrió por completo. En medio de esa ceguera absoluta, los gemidos y el arrastrar de las suelas desnudas se aproximaban hacia mi posición con una constancia implacable. En las sombras de la habitación, las camillas chocaron y varios frascos se estrellaron contra el cemento, pulverizándose en la negrura. Y de pronto, la nada: una calma muerta y pesada volvió a tragarse el entorno.

Permanecí agazapado, esperando el zarpazo final. La luz blanca parpadeó y volvió a inundar las baldosas. Miré entre mis dedos: la camilla estaba vacía, el cuerpo había desaparecido y el cuarto estaba desierto.

Me incorporé con un impulso ciego, alcancé la puerta de acceso y me lancé a la carrera por el pasillo exterior. El tubo fluorescente destellaba en el techo bajo. El corredor se extendía como una galería fúnebre flanqueada por puertas entreabiertas que conducían a la negrura.

A mis espaldas, a escasos metros, un sonido rítmico y sordo golpeó el piso: el impacto elástico de una pelota de goma rebotando una y otra vez contra el suelo.

Frené en seco, resbalando sobre el polvo, y miré por encima del hombro.

Allí estaba ella. La niña del vestido largo y deteriorado por el abandono, con los mechones deshilachados cayéndole sobre la frente marchita. Sostenía la esfera entre sus dedos y la dejaba caer para atraparla con una precisión metódica.

—¿Juegas conmigo? —preguntó, y la pelota rebotó contra el piso con un compás hueco—. ¡Steve! ¿Te acuerdas de mí? ¡Steve, juguemos a algo! ¡Juguemos a la pelota! ¡Juguemos a las escondidas!

Una risita estridente vibró en las paredes carcomidas. El pasillo se apagó por completo durante dos segundos; cuando la luz regresó, la niña ya no estaba.

En su lugar, saliendo del vano de la habitación que acababa de abandonar, mi doble sin ojos avanzaba hacia mí. Arrastraba los pies con una pesadez letárgica sobre el suelo, expulsando gruñidos secos por la boca desencajada. A la par de sus pisadas torpes, una cantilena infantil comenzó a reptar por los conductos de ventilación, un cántico monótono entonado por la voz de la niña que se mezclaba con el rebote incesante de la pelota y los estertores de mi propio cadáver. Huía de mi propia muerte; escapaba de la carne que llevaba mi nombre.

—¡Juega conmigo, Steve! ¿No te acuerdas cómo jugábamos? ¡A la pelota, a las escondidas!

Ignoré el clamor y me lancé a zancadas por el corredor hasta topar de frente con una pared de cemento donde el camino se bifurcaba hacia una segunda galería. Miré hacia atrás: la réplica de mi cuerpo me seguía el rastro, pero bajo sus talones una mancha oscura, una sombra viscosa pegada a las baldosas, tiraba de sus pantorrillas como una raíz viva que lo obligaba a avanzar.

Aceleré el paso hacia la salida de emergencia del fondo. La iluminación titiló en una agonía eléctrica y se extinguió. Al volver la claridad, la niña bloqueaba el acceso metálico. Tenía la cabeza gacha; de su barbilla pálida goteaban hilos de sangre espesa que manchaban la tela de su pecho mientras sus hombros se sacudían en un sollozo silencioso. Giré en redondo para retroceder y, cortándome la retirada del pasillo opuesto, el cuerpo ciego se aproximaba arrastrando los brazos muertos.

Estaba acorralado. Di tres pasos vacilantes hacia el lateral y mi espalda chocó contra una pesada puerta de doble hoja. A mi izquierda avanzaba el cadáver descompuesto; a mi derecha, la niña levantó la frente:

—¡Vamos a jugar!

—¡Aléjense de mí! ¡Dios, protégeme!

Miré hacia la izquierda: el cuerpo sin ojos se había disuelto en el aire como humo negro. Pero a la derecha, la entidad infantil alzó el mentón de golpe. Movió el cuello hacia los lados con sacudidas quebradas y mecánicas, desprovistas de fluidez biológica, antes de desencajar las fauces más allá de su capacidad anatómica y soltar un alarido ensordecedor que me taladró los tímpanos. La criatura se abalanzó sobre mi posición.

Empujé la puerta lateral y me arrojé hacia el interior de una tercera estancia, cerrando la hoja a mis espaldas mientras miraba a través del cristal reforzado de la ventanilla. La niña se estrelló contra el vidrio; sus manos golpeaban la superficie una y otra vez con una furia descarnada, exhibiendo las cuencas oculares desiertas, sangrantes y vacías de toda mirada. Retrocedí sin darle la espalda al cristal hasta que la luz del pasillo exterior se apagó; al encenderse nuevamente, el pasillo quedó desierto.

Crucé una segunda puerta que daba a un descanso donde nacía una escalera de concreto. Al fondo del rellano había una salida de emergencia con una barra antipánico, pero al empujarla con todo mi peso comprobé que la chapa estaba trabada, sellada como plomo. Solo quedaba subir.

Me volví hacia los peldaños y la luz parpadeó sobre la puerta bloqueada: mi doble marchito reapareció junto a la chapa, mientras desde la base contraria la niña comenzaba a nombrarme con su timbre quebrado. Me impulsé sobre los escalones, devorando los peldaños de tres en tres. Por una razón desconocida, las dos presencias se detuvieron al pie de la estructura, clavadas en el primer escalón sin iniciar el ascenso.

Llegué jadeando al descanso superior y empujé una puerta batiente.

El escenario mudó de golpe.

En una hilera de sillas de espera, en medio de un pasillo iluminado por focos clínicos, estaban sentados mis padres. Mi madre tenía el rostro sepultado entre las manos, sacudida por un llanto amargo e inagotable; mi padre, encorvado junto a ella, mantenía los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo, con la expresión rota de un hombre que ha perdido toda esperanza. A escasos metros, dos médicos con batas blancas les hablaban en susurros compasivos, intentando darles un consuelo que no alcanzaba a cerrar la herida.

—¿Papá? ¿Mamá? ¡Soy yo! ¡Estoy aquí! ¡Steve!

Ninguno reaccionó a mi voz. Mis palabras no movían el aire a su alrededor. Busqué desesperadamente a los lados: mis hermanos no estaban; ni rastro de Magnus ni de la pequeña Florida.

Seguí la dirección de las miradas de los doctores hacia el ventanal de una habitación de aislamiento. Al asomarme al cristal, el frío me perforó el pecho: sobre una cama clínica yacía mi propio cuerpo de once años. Estaba inconsciente, con una cánula plástica atravesándole la tráquea y rodeado por tubos que bombeaban fluidos hacia su interior.

Me derrumbé sobre las rodillas. La impotencia me estalló en el pecho y comencé a golpear el suelo con los puños cerrados una y otra vez. Las lágrimas me cegaban. ¿Acaso la operación jamás terminó? ¿Acaso el pacto de mi padre se cobró mi vida en aquel quirófano y todo lo vivido después era una ficción de la agonía? ¿Por qué me veía adulto y muerto mientras mi infancia seguía intubada tras ese vidrio?

Descargué un último golpe contra el pavimento.

La baldosa no resistió: una fisura delgada se abrió bajo mis nudillos. El crujido se expandió en una red de grietas que comenzaron a quebrar el suelo a mi alrededor, separando el piso en placas que se hundían en una sima negra y sin fondo. Me puse en pie de un salto, retrocediendo hacia la hilera de asientos para alertar a mis padres.

—¡Papá! ¡Mamá! ¡Mírenme!

Alcé la vista hacia ellos. Mi respiración se detuvo por completo.

Los rostros de mis padres habían cambiado: donde debían estar sus miradas no había ojos. Ambas caras exhibían las mismas cavidades desiertas, oscuras y sangrantes que las de la niña, mirándome fijamente a través del abismo.

El terror me desbordó. Me llevé las manos a la cabeza, enredando los dedos en mis cabellos, tirando de las raíces con un grito animal mientras el suelo se desplomaba bajo mis pies.

Un sonido metálico y estridente perforó la pesadilla.

Abrí los ojos con el corazón galopando contra mis costillas, bañado en un sudor viscoso y frío que me pegaba la camiseta a la piel. El zumbido de la alarma continuaba martillando sobre el taburete. Eran las 7:00 de la mañana. Me encontraba en la soledad de mi departamento.

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