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Los Ojos de Steve | Capítulo 8. La Sangre de la Hermana

Penélope no me quitaba los ojos de encima. Su vigilancia era física, casi asfixiante: en cada pasillo, en cada umbral, su cuerpo se interponía primero, barriendo el espacio con una tensión animal antes de permitirme dar un paso. Las revelaciones de la gitana continuaban royéndome la sesera como una colonia de termitas en madera podrida. ¿Cómo pudieron mis padres cruzar semejante linde de bajeza moral? La duda me quemaba con un reflujo amargo. No quedaba más camino que encararlos en su propia casa y arrancarles la confesión de la boca.

—¿Adónde vamos exactamente, Steve? —preguntó ella, clavándome una mirada dura mientras acomodaba las llaves del vehículo entre sus dedos crispados.

—A ver a mis padres —contesté con una frialdad pétrea.

—¿Estás completamente seguro de lo que vas a hacer? —insistió, y una vibración de pánico genuino le quebró el final de la frase.

—No estoy seguro de nada. Pero voy a pararme frente a ellos y me van a decir a la cara por qué vendieron la vida de una niña inocente para remendar la mía.

Penélope tragó saliva —El instinto materno es una fuerza ciega, Steve. Una madre desesperada es capaz de destazar al mundo entero con tal de no ver enfriarse a su crío… Aunque, habiendo tantas puertas que tocar, yo también me pregunto qué clase de locura los arrastró a ese abismo.

El trayecto se convirtió en una agonía y silencio roto por murmullos tensos. Penélope conducía con una prudencia desesperante, manteniendo el velocímetro muy por debajo del límite permitido, frenando con demasiada anticipación ante cada curva de la carretera secundaria. La sospecha comenzó a taladrarme la cabeza: ¿quería ganar tiempo para retenerme o simplemente el terror le estaba borrando el mapa de la memoria?

La noche nos devoró a mitad del camino. La carretera interestatal quedó atrás, sustituida por una cinta de pavimento agrietado flanqueada por matorrales secos y árboles encorvados que parecían esqueletos retorcidos contra el cielo. La notaba exhausta; los párpados le pesaban y las manos se le resbalaban del volante por el sudor frío. Yo no podía relevarla: tras el colapso y el ingreso psiquiátrico de urgencia, la dirección de tránsito me había revocado la licencia de conducir. Para el sistema civil y los médicos con batas almidonadas, yo no era más que un esquizofrénico funcional sufriendo brotes alucinatorios.

Era la noche del 5 de septiembre adentrándose en la madrugada del 6. La oscuridad en despoblado era absoluta, una masa sólida que los faros amarillentos de la furgoneta apenas lograban perforar a veinte metros de distancia.

—Mi padre solía repetirme que al miedo se le mira de frente, sin pestañear ni dar rodeos —soltó Penélope rompiendo la mudez del habitáculo, con la vista clavada en las líneas blancas borrosas—. Pero lo tuyo… lo tuyo escapa a toda lógica humana, Steve. Pactar el sacrificio de una criatura de once años… es una atrocidad sin perdón de Dios.

—Lo sé —murmuré, sintiendo que el pecho se me cerraba en un nudo—. Y mientras tanto, soy yo quien tiene que pagar los platos rotos de su cobardía.

Apenas terminé de pronunciar la frase, la anomalía cortó el haz de luz.

En medio del carril, recortada contra el vacío del asfalto, una silueta menuda interrumpió el paso. Penélope hundió el pie en el freno con una violencia salvaje; los neumáticos chillaron desgarrándose contra el pavimento y los cinturones de seguridad se clavaron en nuestras clavículas, dejándonos sin aire. El motor tosió una vibración seca y se apagó.

El silencio que cayó sobre la carretera fue instantáneo y sepulcral.

Eran las 12:40 de la noche. La atmósfera apestaba a caucho quemado, pero bajo ese olor flotaba una pestilencia rancia, sulfurosa, idéntica a la carroña estancada al fondo de un pozo seco. La ruta estaba completamente muerta; ni una luz lejana, ni el rumor de un camión de carga en kilómetros a la redonda.

Bajamos del auto con movimientos mecánicos, empujados por un impulso defensivo. Revisamos con la respiración entrecortada: bajo el chasis no había nada más que sombras aceitosas; el capó de lámina no mostraba ninguna abolladura de impacto y el maletero permanecía cerrado e intacto.

Un escalofrío me erizó el vello de la nuca. Giré el cuello hacia atrás.

—Oh, no… Dios mío…

—¿Qué pasa, Steve? —preguntó Penélope con un hilo de voz, colocándose a mi costado.

A escasos diez metros de la cajuela, bañada por el resplandor rojo de las calaveras traseras, yacía la figura. Permanecía inmóvil, con los brazos pegados rígidamente a los costados del vestido sucio y marchito, apuntando sus cuencas oculares desiertas directamente hacia nosotros. Con una lentitud quebrada, casi robótica, alzó su brazo izquierdo, extendió un dedo negruzco y se lo llevó a la comisura de los labios podridos en un gesto inequívoco de silencio.

No hubo aviso ni palabra. La criatura flexionó las piernas y se arrojó hacia adelante como una fiera ciega.

—¡Corre! —bramé con las entrañas crispadas.

—¡¿Y la camioneta?! —chilló Penélope, presa de una histeria repentina.

—¡Olvídala y corre!

La aferré de la muñeca izquierda con una fuerza descomunal, sintiendo el crujido tenso de sus tendones bajo mis dedos, y tiré de ella hacia el arcén. Huimos a zancadas ciegas hacia la maleza, abandonando el vehículo en medio de la cinta asfáltica con el único objetivo de poner tierra de por medio y alcanzar la mancha urbana del poblado más próximo.

Avanzamos a través de caminos de terracería y veredas lodosas, alternando carreras desesperadas que nos quemaban los pulmones con caminatas rápidas para no desfondarnos en la oscuridad. El tiempo dejó de medirse en minutos y pasó a contarse en latidos agónicos.

Eran la 1:45 de la madrugada cuando el terraplén se abrió hacia un sendero de grava.

—Todavía tenemos margen para llegar a un lugar seguro —jadeó Penélope, apretándose las costillas con una mano mientras miraba la penumbra con ojos dilatados—. Mientras no den las tres de la mañana… podemos avanzar. A esa hora el bajo astral no tiene toda la fuerza.

La seguridad con la que medía los tiempos de la entidad me cayó como un rayo en el estómago. Me detuve en seco sobre las piedras sueltas, obligándola a frenar su marcha.

—¿Tú cómo sabes eso? —pregunté, con la voz cargada de una sospecha oscura—. ¿Me estás ocultando algo, Penélope?

—¿De qué estás hablando? —respondió ella, evitando sostenerme la mirada y tirando de mi brazo con desesperación—. ¡Muévete, Steve! ¡No te pares aquí! Mientras no den las tres podemos cruzar el tramo abierto, ¡ya casi llegamos al pueblo!

—¡Dime la verdad! —exigí, plantando los pies en el suelo y zafándome de su agarre con un empellón seco—. Estás midiendo sus horas como si conocieras su rutina. Hay algo más en esta mierda y no me lo estás diciendo.

—¡No es momento para tus paranoias! ¡Camina, que esa cosa nos va a alcanzar!

—¡Penélope Qurgüitz! —rugí, encarándola a escasos centímetros de su rostro sudoroso—. ¡¿Qué más hicieron mis padres?! ¡¿Por qué huyes de esa niña con la misma culpa que si la hubieras matado tú?! ¡¿QUÉ ME ESTÁS ESCONDIENDO?!

Penélope retrocedió medio paso, acorralada contra el tronco nudoso de un mezquite. Sus facciones se desmoronaron por completo: los labios le temblaron, la coraza de mujer recia se quebró en mil pedazos y un torrente de lágrimas espesas comenzó a surcarle las mejillas cubiertas de polvo.

—¡Está bien! —sollozó, tapándose la cara con las dos palmas en un acceso de vergüenza insoportable—. Sí… hay algo más… Esa niña… esa criatura sin ojos… era… era mi hermana menor. Sonia.

El nombre detonó en mi cabeza como una granada de fragmentación. El aire se volvió de plomo.

—¿Tu… tu hermana? —repetí, y las palabras se me quedaron trabadas en la laringe antes de estallar en una furia ciega—. ¡¿Pero qué clase de monstruos eran todos ustedes?! ¡¿Qué demonios le hicieron a Sonia?! ¡¿En qué carajos pensaban mis padres y los tuyos?! ¡EXIJO QUE ME LO EXPLIQUES AHORA MISMO!

Penélope cayó de rodillas sobre la grava, abrazándose el estómago mientras el llanto le desgarraba la voz al abrir la compuerta de su propia condena:

—Mis padres eran unos soberbios, Steve… Cuando caíste enfermo de gravedad, ellos no paraban de burlarse de la desgracia de tu familia en la mesa. Se jactaban de ser perfectos, intocables. Se mofaban diciendo que Sonia jamás se enfermaría porque ella era fuerte, porque tenía buen porte, porque ella era la luz de sus ojos… Y a mí, que era la primogénita, siempre me relegaron a la sombra, tratándome como si no valiera nada. La rabia, el rencor y la envidia me pudrieron el juicio. Tenía once años y solo pensaba en la forma de arrancarles esa sonrisa de la cara.

Hizo una pausa para tragar saliva entre estertores de llanto, clavando los ojos en el suelo:

—Cuando los médicos desahuciaron tu cuerpo en el quirófano y escuché a mis padres seguir riéndose de tu agonía, no lo soporté. Yo misma fui a buscar al brujo… Aquel hombre seco, el miserable de la choza. No sabía la magnitud del infierno que estaba desatando; él me dijo que la única manera de doblegar la perfección de mis padres y arrebatarles la soberbia era entregar en cuerpo y alma a mi hermana menor para salvarte a ti, utilizándola como tributo de carne para arrebatarte de la muerte. Fui con tus padres al hospital… les expliqué el pacto…

Penélope se encorvó aún más, apretándose la cabeza:

—Tu madre estaba desesperada. Me dijo que contactara al oficiante de inmediato y que ella asumiría el peso de la responsabilidad espiritual. Y lo hice… Dios me perdone, lo hice. Esperé a que Sonia se durmiera disolviéndole una pastilla en la leche para inducirle un sueño profundo; la envolví en la sábana blanca que el brujo me había entregado y la saqué en brazos por la puerta trasera de mi casa. La entregué en el altar sin temor a Dios. El brujo pronunció unas letanías en lenguas muertas y luego… con sus propias manos… le arrancó los ojos de las cuencas. La sangre caliente que manaba de sus heridas te la dieron a beber a ti en el quirófano, mientras yacías intubado bajo los efectos de la anestesia… Cuando vi a mi hermana mutilada y vacía, el arrepentimiento me cayó como un hacha, pero el lazo ya estaba sellado.

La bilis me subió a la garganta. La memoria de mi cuerpo de once años en aquella sala helada cobró un sentido abominable: la sangre que me devolvió la vida era la sangre de Sonia goteando en mi garganta anestesiada.

—Mis padres descubrieron el horror —continuó Penélope con un hilo de voz quebrado—. Para tapar el escándalo y castigarme, me recluyeron en un internado lejano. Pero el encierro no me libró del tormento: todas las noches, entre las 12:40 y las tres de la madrugada, Sonia se manifestaba en los dormitorios. Su presencia aumentaba en maldad y fuerza destructiva exactamente al dar las tres… Desesperada, escapé del internado y volví a encarar al brujo. El tipo me entregó este talismán tallado con la forma de un ojo humano; me juró que mientras lo llevara colgado al pecho, el espíritu de mi hermana no podría tocarme… y me advirtió que, al alcanzar la edad adulta, las fuerzas del bajo astral reclamarían la deuda directamente en la carne de aquel que había bebido la sangre de Sonia. En ti, Steve.

—Por eso me sacaste de mi departamento… —susurré, sintiendo un vacío abismal en el pecho.

—No le creí al brujo al principio —asintió ella entre sollozos—. Pero cuando fui a buscarte a tu edificio tras años de silencio, la vi con mis propios ojos: Sonia estaba sentada en los escalones del descanso, acechando tu puerta con las cuencas vacías. Por eso te obligué a huir conmigo. Y cuando busqué de nuevo al brujo para exigirle que rompiera el maleficio, la anciana gitana me recibió en el umbral y me mostró la verdad: mi hermana ya había ido por él. Me condujo hasta su camastro… El brujo yacía muerto, desnutrido hasta los huesos, con el rostro cadavérico y desprovisto de ojos.

Las piezas encajaron con la brutalidad de un martillazo.

—El hombre demacrado del hospital… —articulé, sintiendo un escalofrío de muerte recorrerme la espina dorsal—. El cadáver sin ojos que se levantó de la plancha metálica en mi pesadilla y me persiguió por los pasillos… no era yo. Era el brujo.

Penélope alzó el rostro bañado en lágrimas; sus pupilas temblaban al compás de la brisa helada que comenzaba a levantarse entre los arbustos.

—El brujo viene arrastrándose desde el purgatorio porque necesita tu alma para pagar su propia condena —concluyó en un suspiro fúnebre—. Y mi hermana Sonia… mi pobre hermana solo quiere arrancarte los ojos que le compraste a la muerte.

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