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Los Ojos de Steve | Capítulo 7. El Precio de la Vigilia

El despertar no trajo tregua. Permanecí sentado al borde del colchón, con los codos clavados en los muslos y la cabeza hundida entre las manos, sintiendo el goteo constante de un sudor helado empapándome la nuca. Mis dedos se enredaban con desesperación en mi propio cabello, tirando de las raíces para asegurarme de que estaba vivo y no aquel cascarón desollado del hospital. Cada latido me martillaba las sienes. La pregunta me carcomía las entrañas: ¿quién era esa niña? ¿Por qué su espectro arrastraba el hedor de un quirófano cerrado hace once años?

Apreté los párpados con fuerza, buscando un segundo de negrura limpia. Al abrirlos, la realidad se torció.

A escasos centímetros de mis rodillas flotaba aquel semblante. La luz del sol que entraba por la persiana iluminaba con una crudeza obscena su piel cerosa y grisácea. En el sitio donde debieron anidar sus ojos solo se abrían dos fosas desiertas, dos pozos de costras ennegrecidas y secreciones secas. Su mandíbula se desencajó de golpe en una sonrisa imposible, estirada de oreja a oreja, dejando al descubierto una dentadura mellada, podrida en tonos de hueso viejo y sarro.

Pegué un brinco hacia atrás, soltando un alarido seco mientras mi espalda chocaba contra la cabecera de la cama. Al agacharme para revisar el piso, no había nada. Solo las tablas de madera desnudas.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, una fricción rápida cruzó la habitación a mis espaldas. Eran pisadas descalzas, el golpeteo elástico y menudo de una criatura corriendo en círculos tras de mí, acompañado por una risita cantarina que destilaba un desprecio absoluto.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¡Déjame en paz! —bramé, sintiendo la bilis arder en mi garganta mientras me jalaba el pelo con los nudillos blancos de furia impotente.

El aire vibró de nuevo. La tela pesada de la cortina de la ventana lateral se sacudió con un movimiento brusco, como si unas manos invisibles se hubieran enredado en sus pliegues. Volteé en redondo. A plena luz del día, la silueta se recortaba detrás de la tela traslúcida: una figura encorvada, inmóvil, aguardando con paciencia sádica a que diera un paso en falso.

La cólera desplazó al pánico por un instante ciego. Fui hasta el rincón del armario, saqué el bate de beisbol y lo aferré con ambas manos, sintiendo las venas de mis antebrazos hincharse de rabia homicida. Lo que fuera que estuviera acechando iba a sangrar. Avancé despacio, conteniendo el aire. La risita burlona continuaba filtrándose desde el dobladillo de la cortina. Mis brazos vibraban con un temblor asesino. Me planté frente al ventanal y, de un zarpazo brutal, corrí la tela de par en par, levantando el madero para reventar lo que encontrara.

El hueco estaba desierto. Solo el vidrio tibio reflejando mi rostro demacrado.

Por encima de mi cabeza, el techo crujió. El golpeteo de pies descalzos comenzó a correr por el piso de madera del ático, yendo de un extremo a otro en carreras cortas y frenéticas.

Apreté el bate contra el pecho y caminé hacia el descanso donde colgaba la cuerda de la compuerta superior. Cada paso mío era replicado arriba por un trote ágil. Tiré del cordel; la trampilla cedió con un gemido de bisagras oxidadas y la escalera retráctil se desplegó hacia el pasillo. Al instante, los pasos cesaron en seco. Encendí la linterna y asomé el torso hacia la negrura del desván, barriendo vigas carcomidas, cajas viejas y telarañas. La nada absoluta.

Un timbrazo estridente rompió la tensión de la casa, haciéndome dar un salto.

Bajé deprisa la escalera. A través del vitral esmerilado de la puerta principal se proyectaba una figura oscura. Con la mandíbula apretada, retiré lentamente el cerrojo interior, pasé el seguro y abrí la hoja de par en par, descargando el bate con toda la fuerza de mis hombros en una trayectoria letal. Una mano firme y enguantada frenó el impacto a escasos centímetros de su rostro.

—¡Hey, Steve! ¿Qué demonios te pasa? Pareciera que viste algo—soltó Penélope Qurgüitz, bajando el bate con un empujón seco antes de mirarme con una mezcla de reproche y alarma genuina—. ¿Qué estás haciendo? Si no meto la mano, me abres la cabeza.

Penélope era una mujer alta, de facciones duras y mirada penetrante, templada por una resolución que siempre me había servido de ancla a lo largo de los años. Me escaneó de pies a cabeza: la ropa empapada en sudor, los ojos inyectados en sangre y las manos que aún no dejaban de temblar.

—¿Qué tienes? Estás deshecho, Steve —preguntó, perdiendo el tono burlón.

Comencé a vomitar las palabras en un murmullo atropellado: el cadáver sin ojos del sueño, el rebote de la pelota, las pisadas en el ático, el rostro pudriéndose frente a mi cama. A medida que avanzaba en el relato, el semblante de Penélope se endureció de una forma anormal. Sus ojos no se fijaban en mi boca, sino que se desviaban insistentemente por encima de mi hombro, clavándose en las sombras que habitaban la profundidad del pasillo a mis espaldas.

—Sal de aquí. Ahora mismo —ordenó con una urgencia que no admitía réplica.

Me tomó de la manga de la camisa con una fuerza aplastante, me empujó hacia el porche y cerró la puerta de golpe, pasando la llave con un giro violento. Me condujo a zancadas hasta su camioneta, me metió en el asiento del copiloto y arrancó el motor haciendo chillar los neumáticos sobre el asfalto mojado. Una lluvia fina comenzaba a golpear el parabrisas.

—¿Has dormido algo estos días? ¿Estás tomando las pastillas? —preguntaba mientras sorteaba el tráfico con las dos manos aferradas rígidamente al volante—. Te ves lívido, Steve. Pareces un muerto viviente.

Yo no podía contestar con coherencia. El zumbido en mis oídos era una masa espesa que amortiguaba su voz, convirtiéndola en un rumor lejano. En el espejo lateral del auto, la silueta de mi casa se alejaba bajo la tormenta, pero la sensación de una mirada clavada en mi columna no disminuyó un solo milímetro.

Penélope no me llevó a su departamento ni a un café. El vehículo frenó ante el edificio clínico del psiquiatra. Me hizo descender tomándome del brazo y me sentó en una banca metálica del pasillo exterior.

—Espérame aquí. No te muevas —dijo con voz cortante antes de cruzar la puerta del consultorio.

Permanecí solo en el corredor, mirando el brillo opaco del linóleo. A través del cristal esmerilado del despacho se distinguían las siluetas de ambos: Penélope gesticulaba con vehemencia, inclinándose sobre el escritorio del médico en una discusión encendida cuyos ecos amortiguados sonaban a reproches y exigencias desesperadas. Tras varios minutos de tensión visible, la puerta se abrió. Penélope me indicó que pasara con un ademán seco.

El psiquiatra me observó con una severidad que rayaba en el hartazgo clínico:

—Steve, voy a ser directo con usted: ¿ha suspendido el tratamiento antipsicótico?

Repitió el cuestionamiento cinco veces, variando el tono, buscando la fisura en mi letargo. Yo apenas atiné a encogerme de hombros. En medio del colapso y las apariciones, los frascos de pastillas habían quedado olvidados sobre el lavabo. Al constatar mi desapego a la realidad, el especialista extendió la orden de ingreso preventivo: internamiento voluntario bajo observación en el pabellón de reposo. Acepté sin protestar; la perspectiva de un cuarto cerrado y vigilado me parecía infinitamente más segura que el encierro en mi propio departamento.

Penélope salió al pasillo para gestionar los formularios con el médico. Desde la camilla de exploración alcancé a ver cómo volvía a increpar al doctor con una insistencia casi histérica. Cuando el hombre se marchó con la carpeta bajo el brazo, ella regresó al cuarto.

—Te quedarás bajo resguardo esta noche —me dijo en un susurro grave, mirando de reojo hacia el marco de la puerta—. Tengo que viajar a las afueras para ver a una mujer, una gitana que sabe de estas cosas. Mañana a primera hora la traeré aquí. Haz exactamente lo que te diga el personal y no te acerques a las ventanas.

Las dudas se me agolparon en la garganta, pero el agotamiento me venció. Pasé la noche aturdido en una habitación austera, mirando el goteo de la lluvia contra el vidrio reforzado.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió. Penélope entró seguida por una figura encorvada que me heló la sangre.

Era la anciana del Hospital Grand Venture. La misma mujer que, vestida con la bata gris de limpieza, me había advertido sobre mis ojos semanas atrás. Llevaba ahora un chal oscuro sobre los hombros y arrastraba los pies con la misma cadencia fúnebre. Se sentó pesadamente frente a mí, apoyando las palmas nudosas sobre la mesa.

—Penélope me ha puesto al tanto durante el camino —comenzó la anciana, clavando en mí una mirada grisácea que parecía no pestañear—. Dime una cosa, muchacho: ¿has protegido tus ojos?

—¿A qué se refiere con eso? —inquirí, sintiendo el frío reptar por mis antebrazos—. ¿Por qué insiste con mis ojos?

—Las sombras no buscan a cualquiera por mero capricho. Dime: ¿estuviste cerca de alguien que invocara fuerzas del bajo astral? ¿Te llevaron ante algún oficiante de lo oscuro cuando eras niño?

La pregunta operó como un detonante en mi memoria. Un recuerdo reprimido brotó desde el fondo de mi infancia: una tarde sofocante, el olor penetrante a hierbas quemadas y azufre en una choza marginal, mi madre llevándome de la mano ante un hombre seco y esquelético, un brujo contratado por mis propios parientes para someter mi voluntad revoltosa y atar mi destino mediante rezos invertidos.

Le relaté la escena a la gitana en un susurro entrecortado. La anciana ladeó la cabeza con pesadumbre, chasqueando la lengua en señal de mal agüero.

—Hay marcas que no se borran con el crecimiento —sentenció con voz rasposa—. Aquel ritual torció tu camino. Cada vez que intentas construir un triunfo, si lo compartes con tu madre, la obra se desmorona; tu vitalidad fue tasada y vendida por tu propia sangre como moneda de cambio para satisfacer ambiciones ajenas. Y la deuda acumuló intereses.

Un golpe seco retumbó en la habitación: descargué el puño contra la mesa con tal violencia que el metal gimió. Dos enfermeros que cruzaban por el pasillo asomaron el rostro con alarma, pero Penélope los contuvo con un ademán tajante desde el quicio, pidiéndoles que no intervinieran.

—Esa criatura que te acosa —prosiguió la anciana sin inmutarse por mi arrebato— fue una niña real. La víctima de un trueque que tus parientes pactaron para salvarte a ti. Se acercó a tu vida cuando apenas tenías ocho años, buscando en ti al compañero de juegos que le arrebataron; en tu inocencia infantil creías que era una amiga más, pero la codicia de los tuyos ya la había condenado al matadero. Parte del pago para abrir el canal fueron sus ojos.

—¡¿Y qué tengo que ver yo en esa atrocidad?! —grité, poniéndome de pie con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados—. ¡Yo no elegí nada! ¡La culpa es de ellos, de mis parientes, de quien haya pagado! ¿Por qué viene contra mí?

—Porque estás respirando con el aliento que le pertenecía a ella —replicó la anciana con una frialdad demoledora—. En aquella intervención, tu cuerpo colapsó en la plancha. Estabas muerto clínicamente. Tus padres suplicaron a los médicos que mantuvieran la máquina bombeando, mientras afuera, tu madre y tus parientes acudieron a un brujo para consumar el pacto: la vida de la niña a cambio de la tuya. Su muerte te devolvió el latido.

El aire se extinguió en la sala. Me volví lentamente hacia Penélope.

Ella permanecía encogida contra la pared, con el rostro descompuesto por una vergüenza corrosiva. El llanto le brotaba en silencio, cubriéndose la boca con dedos crispados.

—Penélope… —susurré, sintiendo un vacío abismal devorarme el pecho—. ¿Tú sabías de esto?

Ella rompió en un sollozo desgarrador, incapaz de sostenerme la mirada:

—Perdóname, Steve… Te juro por Dios que intenté detenerlos… pero…

—¡¿Pero qué?! ¡Habla de una maldita vez! —rugí, avanzando un paso hacia ella.

—¡Me amenazaron! —aulló Penélope entre lágrimas histéricas—. Dijeron que si abría la boca o me interponía en el ritual, me sacrificarían a mí en su lugar… ¡Era mi vida o la de ella, Steve!

—¡Maldita sea! —el alarido me desgarró la laringe—. ¡Debieron dejarme pudrir en ese quirófano! ¡Yo no pedí la sangre de nadie! ¡¿Por qué carajos yo?!

La furia me nubló el juicio. Arranqué la lámpara de la mesilla auxiliar y la estrellé contra el muro; arrojé las carpetas y los vasos plásticos, barriendo todo lo que encontraba a mi paso en un frenesí destructivo. La puerta se abrió de par en par: tres camilleros robustos entraron en estampida y se abalanzaron sobre mis brazos, inmovilizándome contra la pared en un forcejeo brutal de tres contra uno.

—¡Tranquilícese o le administramos un sedante de inmediato! —bramó uno de ellos, torciéndome la muñeca tras la espalda.

—¡Steve! ¡Mírame! —exclamó la gitana, pero mi ensordecimiento era tal que continuaba lanzando patadas al aire.

La anciana se levantó con una agilidad insospechada y me cruzó la mejilla con una bofetada seca, rotunda. El impacto me devolvió la orientación de golpe.

En ese instante, el psiquiatra irrumpió en la estancia con el rostro desencajado por el escándalo:

—¡¿Qué demonios ocurre aquí?! ¡¿Quién permitió el ingreso de esta mujer?! ¡Voy a ordenar el desalojo por seguridad ahora mismo!

—¡Cállese y escuche, doctor! —intervino la anciana con una autoridad ancestral que congeló al médico en su sitio. Luego, volvió sus ojos turbios hacia mí—. Hay una forma de romper el lazo, Steve. Tienes que devolver el favor del sacrificio.

Hice un movimiento de hombros para indicar a los enfermeros que no opondría resistencia. Con cautela, los hombres aflojaron el agarre. Me acomodé la camisa desgarrada, tragando la sangre que me manchaba el labio.

—¿Cómo se devuelve eso? —pregunté, con la voz ahogada por el agotamiento.

—Engañándola.

—¿A quién? ¿Y Cómo demonios engañaré esa cosa?

—A la niña. Pero necesito tiempo para rastrear los elementos que permitan cerrar la puerta que abrieron en tu infancia. Mientras tanto, grábate esto en la cabeza: no te detengas a mirarla fijamente cuando aparezca. No respondas a sus provocaciones. Reza con la fe que tu padre intentó transmitirte y, bajo ninguna circunstancia, aceptes jugar con ella. Esa criatura ya no es la niña que conociste; el bajo astral ha podrido su memoria y solo busca arrancarte los ojos para cobrarse su deuda.

—¿Y las visiones? —inquirí, sintiendo un escalofrío en la nuca—. ¿Los pasillos desiertos del hospital? ¿Eran alucinaciones de mi cabeza?

—Nada de lo que has visto es una ilusión, Steve —sentenció la gitana con una pesadez fúnebre—. Tus ojos ya están mirando a través del velo de la muerte.

La revelación me dejó helado. El horror de la mañana no había sido un residuo onírico: la entidad había estado físicamente dentro de mi habitación.

Al pie de la pared, Penélope yacía sentada en el suelo en posición fetal, temblando con un llanto mudo. Me acerqué a ella despacio, sintiendo cómo la ira se disolvía en una lástima amarga. Me arrodillé y la envolví en un abrazo torpe; su cuerpo vibraba contra mi pecho como el de un animal herido.

—Perdóname por haberte gritado así —murmuré contra su cabello—. Sé que tú también estabas atrapada.

La gitana acomodó su chal negro y se dirigió hacia la salida, deteniéndose en el umbral para lanzar una última advertencia que sonó como una condena bíblica:

—Evita la penumbra absoluta, Steve. Mantente lejos de los camposantos, de las salas de autopsias y de cualquier rincón donde habite la carroña. La sombra te buscará en el vacío. Y sobre todo: bajo ninguna circunstancia camines solo por las calles pasada la medianoche, y mucho menos cuando el reloj marque la ventana entre las tres y las tres y media de la madrugada. Es su hora.

La anciana ofreció una disculpa escueta al psiquiatra por el alboroto y abandonó el corredor a paso lento.

Penélope alzó el rostro bañado en lágrimas, apretando mis manos con desesperación:

—¿Puedo quedarme contigo en la habitación? Por favor, Steve… no quiero dejarte solo mientras esa mujer busca lo que necesitamos.

—Quédate —respondí, contemplando la lluvia golpear el cristal—. Ya no sé si la noche nos dejará despertar.

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