El Diario de Elaine Durham
23 de noviembre de 2016
Nunca pensé que terminaría escribiendo algo así en estas páginas.
Tengo los dedos agarrotados sobre la pluma y un nudo helado atorado en la garganta. Me siento profundamente nerviosa por lo que acordamos para esta noche. Intento convencerme de que todo es una farsa adolescente, una simple superstición alimentada por historias de campamento, pero la piel de mis brazos se eriza cada vez que miro hacia la ventana. ¿Y si lo que Johan encontró en esos foros es real? ¿Y si de verdad hay una puerta entornada en esa casona esperando a que alguien la empuje?
Nos dividimos las tareas antes de salir de la escuela. Todo fue planeado con una frialdad meticulosa que ahora me resulta inquietante. Leslie dijo que conseguiría siete veladoras gruesas; yo pasé a la mercería después de clases para comprar otras siete, completando las catorce que exige la lista de Snider. Ángelo, aunque jura y perjura que no cree en fantasmas ni en castigos del más allá, aceptó traer varas de incienso litúrgico; en su casa las usan por montones debido a las costumbres de sus padres. Denney, siempre práctico y alerta, se encargó de las linternas, baterías de repuesto y un botiquín de primeros auxilios.
Johan, por su parte, asumió la dirección del asunto. Llevará las instrucciones paso a paso para ejecutar el contacto con los remanentes de los Wise, además de los saquitos de sal de grano pura y la tiza blanca para trazar el círculo de protección en el suelo del recibidor.
A Johan siempre le ha fascinado este mundillo turbio. Mientras otras chicas de su edad pierden la cabeza por la ropa de temporada o los desfiles de belleza, ella se encierra a devorar foros de ocultismo, necrofagia ritual y leyendas urbanas. Su convicción de que los muertos continúan pegados a la tierra como parásitos invisibles ha dejado de ser un pasatiempo para convertirse en una fijación peligrosa. Yo estoy en el extremo opuesto. Mis padres me criaron bajo una estricta educación bíblica; creo en el bien, en el mal y en la delgada línea que los separa. Por eso llevo al cuello mi rosario de plata bendecida y en la muñeca derecha mi pulsera con la imagen protectora. Necesito aferrarme a algo sólido, a una certeza que me impida perder el juicio cuando estemos dentro.
Lo que de verdad no me deja en paz es el libro.
Apenas Leslie me lo puso entre las manos frente al porche de los Wise, una descarga extraña me recorrió los antebrazos. No pesaba como un tomo común de papel viejo: tenía una gravedad plomiza, como si sostuviera un bloque de hierro sucio. Y la piel… juro que la cubierta de cuero desprendía un calor ardiente que me quemaba las palmas de las manos, obligándome a soltarlo casi al instante.
Las páginas interiores están cubiertas de anotaciones en latín eclesiástico y raíces antiguas. Sin embargo, lo más perturbador eran los grabados de la portada y la contraportada. Trazadas alrededor de una figura geométrica de diecisiete picas afiladas, había diecisiete palabras grabadas a fuego en el cuero gastado:
Agora, Aicmo, Claustro, Hemato, Aicro, Pedio, Riti, Tafio, Xilo, Bogi, Nicto, Ligo, Eiso, Tripo, Fobo, Panto, Acro.
Y justo en el centro del diseño, dominando el núcleo de la estrella, una sola palabra grabada con trazos profundos:
PHOBIA.
Mientras transcribo estas palabras en mi diario, el aire de mi recámara se siente repentinamente gélido. Un escalofrío seco me sacude la espalda. Sé perfectamente lo que significan esas raíces: no son nombres al azar ni conjuros inventados; son los nombres de los miedos primordiales del ser humano. El miedo al encierro, a las agujas, a la sangre, a los espacios abiertos, a la oscuridad absoluta… Están bautizando a las pesadillas.
Tengo que calmarme. No debo permitir que la sugestión me domine antes de empezar.
Esperaré a que mis padres caigan en un sueño profundo y a que el reloj marque las diez y media para terminar de empacar la mochila y salir con sigilo hacia la casa de Leslie. De ahí nos moveremos en sombras. El pacto está sellado: nos reuniremos a las doce en punto de la medianoche frente a la reja oxidada de los Wise.
La casa nos está esperando. Y el frío no se va.
















Deja una respuesta