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The Lag | Capítulo 4. El Fondo del Agua

El seguro de la recámara había entrado con un golpe metálico que todavía le vibraba en las yemas de los dedos. Tina se dejó caer al suelo de espaldas a la puerta, con las piernas recogidas y los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. El llanto se le secó en la garganta tras unos minutos; la humillación vivida en la tienda de ropa se transformó en un agotamiento denso, plomizo, que le adormeció la nuca y le hacía pesar los párpados. Se arrastró con desgano hacia el colchón sin quitarse el uniforme arrugado, hundió el rostro en la tela áspera de la almohada y cerró los ojos buscando escapar del silencio acusador de la casa.

De pronto, el aire de su recámara se había convertido en un fluido espeso, frío y verdoso. Tina intentó incorporarse, pero sus brazos se movían con una lentitud viscosa, empujando una masa densa como cuando intentaba correr dentro de una piscina municipal. No le faltaba el aliento; sus pulmones se llenaban de esa humedad pesada sin ahogarse, flotando a medio metro del suelo en una especie de pecera infinita. Podía impulsarse hacia arriba con las piernas para buscar la superficie, pero arriba no había techo, solo una penumbra líquida que se extendía en calma absoluta.

Afuera, en lo que parecía ser la calle de su infancia, se escuchaba un rumor de voces lejanas que atravesaban el agua amortiguadas. La gente del pueblo corría hacia una estructura extraña que acababa de emerger entre las losas del pavimento: una mole de aristas oscuras que los vecinos contemplaban apostando al más atrevido que se animara a cruzarla. Tina conocía esa construcción; la recordaba con una nitidez inexplicable de algún sitio previo, un lugar subterráneo repleto de objetos brillantes acumulados como ofrendas. Su hermano mediano, Adrián, con los audífonos colgados al cuello y la pantalla del móvil apagada, se adelantó hacia la abertura con paso distraído y cruzó el umbral sin voltear.

Tina nadó hacia la grieta empujada por la urgencia de alcanzarlo, pero al poner la mano sobre la entrada de piedra, sintió unos dedos pequeños cerrándose sobre su falda. Al girar el cuello con torpeza bajo la corriente, vio a una niña menuda, de unos seis años, con una camiseta gastada de Hello Kitty y los labios manchados de caramelo de cereza. Era ella misma de niña. La pequeña la miraba con ojos serios, obstinada en no soltarla.

—No entres —intentó advertirle Tina, pero su voz no produjo sonido, solo una columna de burbujas mudas. La niña se aferró a su cintura con terquedad, negándose a quedarse atrás.

Juntas cayeron por una corriente vertical que las arrastró en picada a través de un tiro estrecho de losas carcomidas. El agua las escupió de golpe en una sala cuadrada, seca y desprovista de muebles, cuyas proporciones angulares no cuadraba con el exterior de la casa. En el fondo de su cabeza, una voz fría y ajena le martilló una advertencia seca: «Nunca descuides el camino por donde caminas, ni los pasos que des».

Tina apretó a la niña contra su costado y avanzó hacia la única puerta batiente. Al empujarla, entró a una sala de espera de techos bajos y paredes de yeso quirúrgico. En una banca metálica descansaban tres sujetos fornidos, de hombros anchos y cuellos gruesos como jugadores de fútbol colegial, vestidos con uniformes oscuros. No se movían, pero sus bocas se torcía en murmullos inaudibles y risas mudas mientras la veían pasar. Uno de ellos le clavó una mirada de burla pesada; Tina endureció el semblante y sostuvo el paso sin bajar los ojos, sintiendo el agarre de la pequeña apretándose contra sus costillas.

Cruzaron a una sala contigua que olía a alcohol y a desinfectante rancio de hospital. Solo había una silla de vinil azul y una mujer anciana sentada en ella, con las manos arrugadas entrelazadas sobre el regazo y los ojos nublados por cataratas. Frente a ella se levantaba el cubículo vacío de una trabajadora social y, a la derecha, un vano en la pared cubierto por dos telas pesadas: una cortina azul y una cortina blanca. Al mirar atrás, vio a los tres sujetos asomados en el marco, sonriendo de medio lado. Tina dudó un segundo; un presentimiento oscuro le avisó que si elegía la tela blanca o regresaba sobre sus pasos, la habitación del otro lado dejaría de existir para siempre. Tomó la lona azul con la mano libre, la corrió hacia un lado y cruzó protegiendo a la niña con el brazo.

El espacio se convirtió en un pasillo interminable de hospital. No había camillas, ni médicos, ni el menor zumbido de aparatos. Solo dos muros interminables de azulejos verdosos y lámparas de plafón que parpadeaban a destiempo con una cadencia eléctrica rota. Caminó apresurando el paso descalzo hasta llegar a un distribuidor irregular: una estancia donde tres puertas de madera maciza formaban un ángulo quebrado, una disposición geométrica en zigzag que parecía una «N» deforme. Evitó las dos laterales por puro instinto de supervivencia y empujó la frontal.

Apareció de pronto en un corredor escolar de la Preparatoria San Telmo. La luz del mediodía entraba por ventanales altos que daban a una cancha techada de basquetbol. Allí, sentado sobre las gradas metálicas, estaba Adrián. A su lado permanecía un muchacho desconocido con una grabadora de mano y un cuaderno de notas, que parecía un reportero extraviado.

—No podemos salir —le dijo el muchacho con la voz tomada por la confusión—. Cada vez que intentamos volver por la puerta del fondo, la escuela se repite. Estamos atrapados en el mismo pasillo.

—Vámonos de aquí, síganme ya —ordenó Tina, tirando de Adrián por la sudadera.

Justo cuando daban media vuelta hacia el corredor, una voz femenina, empalagosa y nítida, resonó desde las sombras bajo el tablero de la cancha:

—¿Ya se van tan pronto? ¿No quieren una rebanada de pastel de chocolate?

La niña pequeña tironeó de su mano con entusiasmo infantil, señalando la negrura de donde provenía la oferta:

—¡Sí, vamos! —pidió la pequeña.

—¡No! —atajó Tina de golpe, apretándole la muñeca con fuerza para contenerla—. No comas nada de lo que te ofrecen aquí.

Se acordó de la advertencia: «Nunca descuides el camino por donde caminas». Al girar sobre sus talones y dar el primer paso hacia la salida, el corredor de la escuela desapareció tras de sí; en su lugar se abrió un vacío ceniciento. El estómago se le fue al piso. Trató de calmar la respiración agitada y miró a los muchachos:

—Caminen despacio. No miren hacia atrás por nada del mundo. Vamos a ir acelerando poco a poco.

Avanzaron a paso firme, pero el pasadizo comenzó a estirarse bajo sus pies como una faja de hule elástico. Las paredes se alargaban a una velocidad mayor que sus zancadas, duplicando la distancia que les faltaba para llegar al vano.

—¡Corran! —gritó Tina, aferrando a la niña contra su cadera.

Desembocaron en una plazoleta interior rodeada de cuatro accesos. Tres puertas bajas de lámina gris llevaban rótulos despintados: Dirección, Cooperación y Mantenimiento; al costado, una escalera de concreto subía hacia la nada. Tina empujó la puerta de la Dirección con el hombro.

Cruzaron el umbral y el concreto se extinguió. Quedaron varadas en un prado inmenso, bajo un cielo plomizo y sin viento. Adrián y el reportero ya no estaban; sólo se oían sus voces lejanas, como ecos que rebotan en una bóveda invisible.

—¡Por acá! ¡Sigan mi voz, no se detengan! —les gritaba Tina hacia la bruma, pero a sus pies el pasto no era verde: era una alfombra de tallos cenizos, quebradizos y muertos.

La niña que llevaba abrazada empezó a sollozar con una debilidad aterradora, tirando de la solapa de su uniforme:

—Tina, ya tengo frío… quiero ir a ver a mi mamá.

—Tranquila, ya casi llegamos con ella —le rogó Tina, tragándose el pánico mientras avanzaba entre la maleza gris que no se terminaba nunca.

A lo lejos divisó las tablas oscuras de una cabaña solitaria. Sin embargo, la textura del sueño comenzó a resquebrajarse en capas superpuestas. Una lucidez repentina y pesada empezó a filtrarse en su conciencia: sentía el colchón real bajo sus costillas y el calor sofocante de su recámara, pero su cuerpo permanecía petrificado en la parálisis de la vigilia. En el plano exterior, escuchaba el murmullo de un vídeo que Trina miraba en el televisor de la cocina para matar el tiempo. Oyó con claridad las pisadas de Gael en el pasillo, su hermano mayor, forcejeando con la manija del balcón que siempre se atascaba con la humedad. Tina intentaba abrir los ojos y despertar de una vez, pero los dedos de la niña pequeña en el sueño seguían clavados en sus muñecas con una fuerza desesperada, negándose a soltarla.

Hizo acopio de toda la fuerza en su garganta para romper el entumecimiento de sus cuerdas vocales.

Tina dio una sacudida brusca sobre la cama y abrió los ojos de par en par, jadeando con la boca abierta y las sienes empapadas en sudor frío.

La habitación estaba en penumbra. La luz anaranjada del atardecer se colaba por los postigos entornados, proyectando líneas alargadas sobre el marfil de las paredes. No había agua, ni pasto cenizo, ni corredores infinitos. Solo el crujido familiar de las tablas en la planta alta.

Sobre la madera de su puerta sonaron tres golpes secos, firmes y espaciados.

—Tina —llamó la voz de Marcos desde el otro lado, áspera y baja tras horas de silencio—. Abre. Necesitamos hablar de lo que viste en la tienda.

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