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Capítulo XV. El peso de una promesa

A la mañana siguiente, el timbre del despertador cortó el descanso de Aaron antes de que la luz grisácea del alba terminara de colarse por las persianas de su departamento. Permaneció sentado al borde de la cama con los pies descalzos sobre la duela fría, frotándose los párpados pesados mientras las manecillas del reloj avanzaban con prisa hacia el inicio del turno matutino.

La resolución tomada la víspera en la soledad del baño corporativo seguía firme, sin margen de retractación: estaba decidido a apartar de su camino cualquier obstáculo para construir un vínculo formal con Leonela Rickford. Sin embargo, la certidumbre moral chocaba contra la maraña de compromisos que él mismo había tejido. Miró la pantalla del teléfono móvil sobre la mesita de noche; los mensajes acumulados de Evans y las insinuaciones financieras de Melisa Bornes continuaban sin respuesta.

Desarmar esa red de relaciones paralelas sin provocar un escándalo que detonara reclamos en el Buffet de Ejecutivos demandaba una frialdad y una precisión táctica de las que todavía carecía.

En el extremo poniente de Birmingham, entre los callejones de Ladywood, Leonela Rickford experimentaba un amanecer marcado por la tensión doméstica. La tarde anterior, Saúl Aragón se había presentado de improviso en la vivienda con el ceño endurecido y la voz cargada de reproches. Sentado en el borde de la mesa del comedor, descargó una retahíla amarga de quejas sobre su empleo inestable y las deudas que arrastraba en su otra familia.

Leonela, con los brazos cruzados y la vista fija en las baldosas de la cocina, se limitó a responderle con monosílabos cautelosos y distantes, una estrategia aprendida a golpes de experiencia para no encender la agresividad de su exmarido. Tras desahogarse, Saúl se marchó azotando la puerta de madera.

La verdadera contrariedad sobrevino al despuntar el día. Saúl regresó a primera hora por Emilio; tomó al niño del brazo con brusquedad, cruzó el umbral sin dirigirle la palabra a Leonela y se marchó a paso largo por la banqueta. No dejó una sola moneda sobre la repisa para los pasajes de autobús.

Varada en el vestíbulo con el bolso al hombro, con sus zapatos de tacón bajo puestos y la hora de entrada encima, la desesperación la cercó por unos segundos. Respiró hondo para aplacar el nudo en la garganta. El recuerdo del café compartido el día anterior en el despacho de Montealegre y el trato humano de Aaron le dieron el impulso necesario. Sacó el teléfono portátil y escribió un mensaje escueto pero directo, consultándole si cabía la posibilidad de que pasara a recogerla camino al trabajo.

En su departamento, Aaron ya vestía el traje gris y ajustaba la corbata frente al espejo cuando el teléfono vibró en la repisa. Al leer el remitente, no titubeó ni un instante: tecleó un simple «Sí», tomó el maletín y bajó las escaleras de dos en dos. En Ladywood, Leonela vio aparecer la respuesta en la pantalla. El texto carecía de adornos, pero bastó esa sola palabra afirmativa para disolver de golpe la humillación que le había provocado el abandono de Saúl.

Veinte minutos después, el motor del Mini Cooper redujo la velocidad hasta detenerse frente a la fachada de ladrillo de la vivienda. Aaron apagó las luces intermitentes y aguardó tras el volante. Cuando el picaporte de hierro giró y Leonela apareció en el umbral cerrando la cerradura con llave, la rigidez formal de Aaron se deshizo en una sonrisa abierta, franca y espontánea. Descendió de inmediato del auto, pisó la banqueta húmeda por la llovizna matutina, rodeó el cofre y abrió la portezuela del copiloto con sobria reverencia. Esperó a que ella tomara asiento y acomodara su bolso sobre las rodillas antes de empujar la puerta con un chasquido firme. Volvió al puesto de mando, acomodó el retrovisor interior e insertó la primera marcha para incorporarse al flujo vial.

Para suavizar la timidez que llenaba el habitáculo, Aaron giró la perilla de la radio a un volumen apenas perceptible. La conversación inició sobre los oficios pendientes del buffet y las cotizaciones del evento patrimonial, pero pronto derivó en comentarios casuales y risas compartidas que rompieron la barrera laboral.

Aaron conducía con una mano apoyada en la base del volante, observando de reojo las facciones modestas de Leonela, la compostura de su postura y la franqueza que mostraba al hablar de sus dificultades. Le resultaba una mujer transparente, alejada por completo del histrionismo demandante de Hamilton.

Sin embargo, el trayecto no estaba exento de sombras. Pese al ambiente sosegado dentro del coche, Leonela mantenía la espalda rígida contra el respaldo. Sus ojos saltaban continuamente entre el espejo retrovisor lateral y las esquinas transitadas, analizando cada camioneta o sedán que marchaba detrás de ellos, atenazada por el pánico de que Saúl estuviera merodeando la ruta y los interceptara en algún semáforo.

Aaron advirtió las contracciones de sus manos sobre la tela de la falda y la respiración contenida. Al detenerse ante una luz roja, giró el torso hacia ella.

—Te noto bastante nerviosa, Rickford. ¿Ocurre algo en el camino?

Leonela soltó el aire acumulado de golpe, parpadeando con turbación antes de confesar el motivo de su zozobra.

—Sí… bueno, no del todo bien. Es solo que me da miedo imaginar qué dirá Saúl si me llega a ver a bordo del carro de un desconocido. Armaría un problema muy desagradable.

Sin titubeos, Aaron retiró la mano diestra de la palanca de cambios y cubrió con firmeza la mano temblorosa de Leonela. La calidez del contacto detuvo el estremecimiento de sus dedos.

—Descuida. Si nos llegara a ver, yo iba de paso por la zona y te ofrecí llevarte a la oficina como compañero de trabajo. No tienes por qué darle explicaciones a nadie.

Con un movimiento suave y medido, el pulgar de Aaron acarició el dorso de la mano de Leonela antes de apartarla despacio para embragar y colocar la palanca en segunda marcha cuando el semáforo cambió a verde. Aquel roce sereno surtió un efecto inmediato en ella. Leonela inhaló hondo, dejó caer los hombros y recargó la nuca en la cabecera del asiento, relajando por completo la postura.

Una sensación de amparo y seguridad que no recordaba haber sentido en años desplazó la paranoia de Saúl. Asintió en silencio, entregándole a Aaron una cuota de confianza que selló el inicio de un pacto invisible entre ambos mientras el vehículo se abría paso rumbo al complejo corporativo.

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