El sol del mediodía en la terminal de transbordadores de La Valeta caía a plomo sobre los adoquines de caliza blanca, devolviendo un resplandor que obligaba a entrecerrar los párpados y borraba la línea del horizonte en una bruma seca y calcinada. Jay Marotta, embutido en un traje de lana gris marengo de tres mil dólares que ya se sentía empapado y denso bajo las axilas, avanzaba arrastrando un maletín de cuero flexible. La suela lisa de sus zapatos ingleses resbalaba sobre el polvo calcáreo acumulado en el muelle. El aire condensaba el vaho pesado del diésel quemado, madera carcomida por el oleaje y la transpiración tibia de los viajeros amontonados frente a las taquillas.
Marotta sostenía el teléfono encajado entre la oreja y el hombro izquierdo, cubriendo el micrófono con la palma libre para amortiguar el estruendo de un pesquero que maniobraba contra el cantil. Al otro lado de la línea, la estática silbaba antes de abrir paso a una voz quebrada por la histeria corporativa de Boston:
—¡Es ridículo, Jay! —insistía el cliente, un cirujano plástico de la Costa Este cuya queja llegaba comprimida por la señal digital—. ¡El sofá técnicamente era de ella antes del matrimonio, pero era nuestro sofá! Vivimos ahí diez años. Ahora pretenden dejarme en un apartamento de alquiler mientras ella retiene la casa de campo y fuerza un reparto de custodia para recortar mis fines de semana.
Marotta soltó una exhalación corta y áspera. Se detuvo bajo la sombra raquítica del toldo de una cantina portuaria, donde dos pescadores locales limpiaban caballas con indiferencia de piedra. Sacó un pañuelo de hilo del bolsillo y se secó las sienes perladas de sudor frío. A novecientos cincuenta dólares la hora, la rabieta de un magnate era un trámite predecible y mecánico.
—Escucha, Richard —dijo Jay con un tono plano, marcado por la frialdad con que despachaba los litigios civiles—. Si empezamos desde una postura razonable y ellos se plantan en el disparate, terminaremos negociando en un término medio que seguirá siendo un despropósito, pero al menos tendrá validez legal. Mi asociado revisará los balances de la sociedad conjunta. Plantearemos una excepción de residencia en Nueva York para bloquear la jurisdicción de Massachusetts. No improvises.
El cliente intentó añadir un reclamo sobre cuentas mancomunadas y vajillas familiares, pero Marotta ya no lo escuchaba. Sus ojos, protegidos tras unas gafas oscuras de corte sobrio, barrían la hilera de fachadas bajas que coronaban el acantilado. En su mente, las disputas patrimoniales de Richard parecían una formalidad inofensiva para hombres frágiles: aquel hombre lloraba por muebles tapizados y automóviles de lujo mientras él, el litigante mejor cotizado del precinto sur de Boston, cargaba en el maletín un legajo de documentos manipulados y un pasaporte falso con el alias de H. Dlorah, todo dispuesto para blindar la huida de un cirujano que seccionaba la musculatura humana con la exactitud de un delineante.
La policía de Massachusetts creía que Harold permanecía a bordo de un carguero en mitad del Atlántico. Jay sabía que su cliente ya se había asentado en esa costa seca gracias a los vacíos burocráticos que su propio despacho coordinó antes del cierre del laboratorio forense. Un vendedor empujó junto a él una carretilla con naranjas maduras; el aroma cítrico chocó de golpe contra el fondo hediondo del agua estancada.
—No hagas nada por tu cuenta, Richard —zanjó Jay, rozando con los nudillos la barandilla de madera caliente mientras observaba la silueta de un ferry maniobrando en el agua quieta—. Los tribunales castigan la iniciativa personal. Deja que yo asuma el desastre. Te llamaré al volver al despacho.
Cortó la comunicación con un toque seco en la pantalla. El silencio espeso del Mediterráneo volvió a pesar sobre sus hombros. Guardó el móvil en el bolsillo interior del saco, sintiendo la tela rígida adherida al pecho, y caminó hacia la parada de transporte.
El taxi local tardaba. Mientras aguardaba junto al bordillo desportillado bajo la lona descolorida de la terminal, un detalle en el lateral de la oficina portuaria le llamó la atención: sobre un panel de aglomerado carcomido por el salitre colgaba un mosaico de hojas batidas por el viento del puerto.
Jay dio dos pasos hacia el tablero. Eran avisos de búsqueda. Dos impresiones a color destacaban con nitidez reciente: los rostros de Elena y Chloe, las turistas británicas por las que el consulado comenzaba a exigir respuestas formales, junto a una tercera fotografía de una joven de rasgos italianos fijada apenas dos días atrás.
La mandíbula de Marotta se cerró con fuerza hasta hacer crujir los molares. Las fechas coincidían con las dos semanas exactas en las que Harold debía mantenerse invisible, confinado en su cabaña como un analista dócil. Una náusea de pura indignación le subió a la garganta; no por las víctimas, sino por la indisciplina grosera de su cliente. Harold no era un especialista incomprendido; era un animal sin freno que ponía en riesgo el acuerdo de impunidad que tanto dinero y tráfico de influencias le había costado estructurar.
Comprobó de reojo que el vendedor del puesto contiguo no lo miraba, arrancó las tres hojas de un tirón seco y las dobló en cuatro antes de hundirlas en el bolsillo del saco.
—Maldito infeliz —masculló entre dientes.
El claxon estridente de un sedán blanco detuvo su monólogo. El vehículo frenó con un chillido sordo de zapatas desgastadas. Jay arrojó el maletín en el asiento trasero, subió de golpe y cerró la puerta con violencia, ordenando al conductor dirigirse de inmediato a los límites de Marsaxlokk.
El sedán blanco avanzaba a sacudidas por la carretera agrietada que bordeaba los acantilados de caliza. En el asiento trasero, Jay sentía el vinilo caliente pegándose a su pantalón de lana. El aire acondicionado del coche estaba averiado; el calor del mediodía se adhería a la piel como una lona húmeda. Sacó el teléfono móvil y marcó la línea temporal de Harold. El auricular devolvió el primer tono de llamada: seco, distante.
Al segundo tono, la señal saltó a la voz digital del buzón de la red maltesa. Jay colgó con un chasquido de la pantalla y volvió a marcar de inmediato, tamborileando los dedos sobre el cuero del maletín con un temblor de pura rabia.
“She’s got legs…”
El primer acorde de la guitarra rasgó el aire pesado y caliente de la cabaña, saliendo por el viejo altavoz de la grabadora analógica a un volumen ensordecedor. La vibración hacía temblar las motas de polvo suspendidas en los haces de luz solar que entraban por las rendijas de las persianas. El sol de la tarde en Marsaxlokk era una losa incandescente que caldeaba los muros de piedra caliza. Adentro, el bochorno resultaba asfixiante, aumentado por el tiro de la chimenea que crepitaba con una fuerza anormal para la época del año.
Harold se deslizaba descalzo sobre las baldosas de piedra, balanceando el torso de un lado a otro con un ritmo fluido y cínico, con los ojos entornados detrás de sus gafas oscuras. Su pulso se mantenía plano, impasible ante la euforia que le subía por la garganta. Entre sus dedos largos, dos bolígrafos de acero quirúrgico marcaban la percusión contra el borde de la mesa de roble. En su plato de porcelana, la carne morena, tierna y fresca de su banquete brillaba bajo el haz de la lámpara de luz fría. Sentía el gusto espeso y ferroso en las papilas, masticando despacio, saboreando el final de la cacería.
“…she knows how to use them…”
En la entrada, el teléfono portátil de Harold vibraba sobre la cómoda de pino, arrastrándose milimétricamente hacia el borde por la fuerza del zumbido, pero el timbre quedaba completamente sepultado por el estrépito de la grabadora.
Apenas unas horas antes, en la tienda de abarrotes del muelle, Giannina Vella había cerrado la reja de hierro del local con un chasquido seco. En sus manos, pálidas por la repentina tensión, sostenía la cartera de cuero negro que el atento médico extranjero había dejado olvidada sobre el mostrador. Al abrirla para buscar un nombre, la credencial del Instituto de Ciencias Forenses de Boston y una tarjeta con la dirección escrita a lápiz revelaron su destino. Movida por una gratitud ingenua y el deseo de devolver el objeto, Giannina enfiló el paso por las calles empedradas bajo la resolana de la tarde, contra los muros encalados.
Al llegar a la cabaña de piedra caliza, el olor a brea y cal la recibió en el umbral. Bastaron tres golpes de nudillos contra la madera para que Harold abriera con su máscara de amabilidad impecable. La invitó a pasar ofreciéndole un vaso de agua helada. Ella dio tres pasos hacia el interior, asimilando con curiosidad la pulcritud de la estancia. El error de Giannina no fue entrar; fue ignorar la rigidez en los dedos de Harold cuando este recibió la cartera. Antes de que su sistema motor alcanzara a procesar la disonancia del entorno o el brillo del instrumental alineado sobre la mesa, la agilidad del cirujano clausuró su escape. El paño impregnado de anestésico anuló sus reflejos en segundos. Su estructura muscular cedió sin resistencia, desplomándose en una flacidez absoluta sobre la madera.
“…and she knows how to use them.”
Bajo el sol que calcinaba la costa, Harold cantó el coro en un susurro áspero. Movió la cabeza despacio, disfrutando del calor de las cenizas en la chimenea, donde los hilos de poliéster sintético de la falda blanca de tenis y la camiseta azul caoba terminaban de desintegrarse, reducidos a una película gris. La evidencia biológica ya no existía; había sido asimilada por el orden absoluto de su comedor.
El taxi blanco dobló la última curva del acantilado y frenó en seco frente a la cancela de cedro con un crujido sordo de la gravilla. Jay Marotta descendió arrastrando su maleta de mano, con el rostro pálido y la respiración cortada por la urgencia. Avanzó a pasos firmes hacia el porche, acomodándose el saco húmedo, dispuesto a derribar la puerta si era necesario.
Un golpe seco y violento sacudió la madera de cedro de la entrada principal.
La calma del comedor se fracturó al instante. Del otro lado, bajo el resplandor abrasador de la tarde maltesa, Jay Marotta contenía la respiración con la ceja izquierda rígidamente arqueada. El calor del puerto le oprimía el pecho y el sudor corría en hilos delgados desde sus sienes hasta el cuello empapado de su camisa de sastre. En su bolsillo interior, el roce áspero de las fotocopias de las turistas desaparecidas le quemaba la piel como un recordatorio del descontrol de su cliente. Jay apretó los puños con tal fuerza que los nudillos le temblaron de cólera contenida. Mientras aguardaba en el umbral, se imaginó a sí mismo cerrando las manos alrededor de la garganta de Harold, oprimiendo la tráquea del cirujano hasta extinguir su cinismo de una vez por todas para liquidar al monstruo antes de que la fiscalía destruyera su prestigio en Boston.
En cuanto la hoja de cedro cedió hacia adentro, Jay Marotta irrumpió empujando el bochorno hacia el interior. El abogado traía la frente perlada de transpiración y las facciones encendidas por el calor del mediodía. Sin dar tiempo a un saludo, comenzó a increparlo con la voz ahogada por una furia contenida:
—¡¿Es que te volviste completamente loco, Harold?! —rugió entre dientes, sacando las fotocopias arrugadas de su bolsillo con un temblor visible—. ¡Te dije que te quedaras quieto, maldito infeliz! La policía estatal está encima, Boston es un hervidero y tú sigues dándote banquetes en esta isla.
Harold lo contempló inmóvil, con una serenidad fría y un desapego absoluto en el semblante. No se quitó las gafas de sol; se limitó a inclinar la cabeza un par de milímetros, asimilando la rabieta de su interlocutor como quien registra una anomalía sin importancia clínica.
—Pasa, Jay —respondió en un susurro plano—. El sol de la tarde es insoportable afuera y tu histeria solo calienta más el cuarto.
Jay dio un paso al frente e invadió la estancia con una brusquedad que hizo crujir el polvo bajo sus suelas de cuero. Entró directo a la sala, respirando con dificultad, con el rostro congestionado.
—Cierra la maldita puerta, Harold —siseó Jay, arrojando el maletín sobre el sofá de mimbre sin mirarlo. Sus dedos, rígidos por el viaje, se desabrocharon el primer botón de la camisa—. Ciérrala ahora mismo.
Harold empujó la madera con un movimiento suave y corrió el cerrojo de hierro, restituyendo el hermetismo a la cabaña. La radio continuaba emitiendo en segundo plano: un rumor amortiguado donde el bajo de ZZ Top se acoplaba al compás constante de las olas rompiendo contra las rocas.
—Te he llamado diez veces —dijo Jay, girando sobre sus talones para encararlo con un hilo de voz estrangulado por la tensión—. Tu teléfono vibra en la entrada y pareces estar en otro planeta. ¿Tienes idea de lo que está ocurriendo al otro lado del Atlántico?
—El calor de la tarde altera el juicio, Jay —respondió Harold con voz monocorde, manteniendo las manos cruzadas a la altura de la cintura—. Te convendría un vaso de agua antes de desordenar este espacio.
—¡No quiero tu maldita agua! —Jay dio un paso hacia él, señalándolo con el índice tieso—. La calle Damen es un avispero. CNN y el Boston Globe tienen furgonetas instaladas frente a la casa de los Campbell. El padre de la chica salió al porche y destrozó la estrategia de la fiscalía frente a las cámaras de la televisión nacional. Gritó que el Instituto Forense es cómplice, que te dejamos escapar en un carguero y que yo soy un facilitador directo. ¿Entiendes el peso de lo que eso significa para mi despacho?
Harold no parpadeó tras las lentes oscuras. Inclinó levemente la cabeza, asimilando la información con la frialdad de quien toma nota de un síntoma menor en un paciente ordinario.
—La histeria colectiva carece de rigor técnico, Jay. Los periodistas se alimentan del desorden. La ley civil se redactó para contenerlos, no para que les temas.
—¡La ley civil soy yo! —soltó Jay con un manotazo al aire—. Yo manipulé los registros de salida. Yo alteré el informe de la auditoría estatal para que pudieras subir a ese barco en el muelle sur. Te conseguí este refugio, te tramité una identidad con el alias de Dlorah y te advertí que te mantuvieras invisible. ¡Invisible! Y en lugar de eso… —Metió la mano en el bolsillo interior de su saco gris, extrajo las tres hojas arrugadas y las arrojó contra el suelo de caliza—. Mira eso. Míralo bien.
Las fotocopias cayeron boca arriba, dejando a la vista los rostros de Elena y Chloe.
—El consulado británico está exigiendo una investigación formal en el puerto. Tres mujeres desaparecidas en el entorno de Marsaxlokk en menos de quince días. Tres, Harold. La policía local es apática, pero el enjambre de Boston va a cruzar el océano si esto sigue oliendo a sangre. Te pedí una sola condición: quédate tranquilo. ¿Es tan difícil contenerte?
Harold bajó la vista hacia las imágenes sobre las baldosas. Las comisuras de sus labios dibujaron un pliegue mínimo, desprovisto de culpa.
—La costa ofrece especímenes delicados, Jay. Es un criterio de selección técnica, no un desajuste de conducta —contestó con calma, dando un paso al frente para recoger los papeles con movimientos limpios—. Marsaxlokk es amplio y la administración local está ocupada con sus propios asuntos comunes. No existe un solo cabo que una estas fotografías con mi mesa.
—No juegues conmigo —advirtió Jay, acortando la distancia hasta que su aliento caldeado rozó las gafas del cirujano—. El fiscal federal está buscando cualquier pretexto para anular el acuerdo. Si la policía de aquí encuentra una sola hebra suelta, no habrá pasaporte falso ni fondos que te salven del confinamiento definitivo. Te encerrarán en un módulo de máxima seguridad antes de que alcances a tocar tu instrumental.
—El confinamiento es para quienes operan con torpeza, Jay. Mi pulso sigue firme —aseguró Harold, devolviéndole la mirada con frialdad—. Cumple con tu labor en los tribunales y permíteme a mí administrar este espacio.
Jay soltó un bufido y se frotó las sienes húmedas. El silencio volvió a cerrarse sobre la cabaña, marcado únicamente por el compás bajo de la radio y el siseo del agua exterior. El abogado dio media vuelta buscando aire en el bochorno del cuarto.
Harold recogió las tres fotocopias del suelo con soltura, doblando el papel húmedo por el salitre sin romper la compostura. Jay respiraba de forma entrecortada, con la corbata desalineada por el trayecto bajo el sol. Cada exhalación del abogado sonaba como un fuelle cansado.
Antes de que Marotta pudiera dar otro paso hacia la mesa, Harold se dirigió con paso tranquilo hacia la cocina.
—Estás agitado, Jay. Tu frecuencia cardíaca debe de rozar el límite —dijo Harold con una suavidad gélida—. Toma esto. Te ayudará con el bochorno del puerto.
Regresó sosteniendo una botella de cerveza Cisk helada, con la superficie de cristal cubierta de una condensación que goteaba de inmediato sobre las baldosas. Se la extendió sujetándola por el cuello.
—La conseguí esta mañana en el comercio de la esquina —añadió Harold, insinuando una leve sonrisa—. Está en su punto térmico.
Jay, asfixiado por el trayecto, tomó la botella por puro reflejo físico. Presionó el vidrio helado contra su frente sudorosa, soltando un resoplido de alivio antes de darle un trago largo, ignorando por completo el origen del envase.
Detrás de sus gafas, Harold archivó el detalle con frialdad: horas antes, al volver al local de ultramarinos para tomar las cervezas de la cámara frigorífica, había encontrado el mostrador desierto y la caja registradora intacta; un trámite silencioso mientras el calor de su fogón operaba en la cabaña.
Jay bajó la botella y se secó los labios con el dorso de la mano. El amargor del lúpulo le devolvió cierta sobriedad al semblante.
—No he venido a beber contigo, Harold —dijo, recuperando una gravedad más controlada—. He venido a sacarte de aquí antes de que la situación colapse.
Se giró buscando un sitio donde asentar el envase y sus ojos tropezaron con la mesa rústica. Bajo la luz blanca, el plato de porcelana exhibía los cortes limpios de carne, alineados junto a los cubiertos de plata.
Jay arqueó la ceja y dio un paso hacia la mesa, balanceando la botella con suspicacia.
—¿Qué estás consumiendo, Harold? —preguntó, señalando el plato—. No veo guarnición ni nada que se parezca a un almuerzo corriente de este puerto.
Harold se limpió las comisuras con la servilleta de lino, sin que su pulso variara.
—Ternera de leche, Jay —respondió con una voz plana—. Un espécimen joven, seleccionado con rigor anatómico. Las fibras son dóciles al acero. Deberías sentarte.
Marotta observó los cortes y miró fijamente a Harold, rechazando la explicación con desprecio. A novecientos cincuenta dólares la hora, Jay reconocía cuándo un cliente intentaba enmascarar un hecho grave. Las señales en el cuarto eran evidentes: el fondo dulzón que flotaba en el aire caliente, la ceniza reciente en la chimenea y el peso de las tres fotocopias que llevaba en el bolsillo.
—No soy uno de los jurados de Massachusetts a los que confundes con términos forenses, Harold —siseó Jay, inclinándose sobre el mantel hasta que su rostro quedó a poca distancia del cirujano—. La ternera común no tiene ese tono de piel tostada por el sol ni despide este rastro en el ambiente. Y las reses de la isla no usan ropa deportiva que termine quemándose en el fogón.
Harold sostuvo la compostura. Sus ojos permanecieron ocultos tras el filtro polarizado, evaluando la deducción de su interlocutor.
—Tu perspectiva siempre ha sido excesivamente procesal, Jay —contestó Harold, tomando el tenedor con los dedos—. Te concentras en indicios periféricos en lugar de entender la pulcritud de la materia.
—La pulcritud de la materia no te librará de una prisión federal si la policía inspecciona esta vivienda —le espetó Jay, golpeando la madera con la base de la botella—. Deja de jugar con la comida y escúchame bien: nos vamos de este puerto hoy mismo.
—Siempre has sido un obstáculo para mis procedimientos, Jay —susurró Harold, mientras bajaba el tenedor para disimular un repentino temblor espasmódico que le sacudió el pulgar derecho—. Llegas con las urgencias de los tribunales de Boston, alarmado por patrullas y fiscales como un aficionado que no comprende el método. Te preocupas por la prensa y por el viejo Campbell cuando todo el itinerario ya estaba previsto. ¿Suponías que tu viaje a Malta me tomaría desprevenido?
Harold dio un paso hacia el abogado, obligando a sus piernas a mantener la firmeza. Su respiración se volvió ligeramente más corta, pero su atención no se apartó de Jay.
—Antes de que abordaras ese vuelo privado, los fondos bajo el alias de H. Dlorah ya habían sido transferidos a las cuentas de Zúrich —explicó en un tono bajo y seco—. Mi instrumental está embalado en el sótano y el contrato de esta cabaña concluye mañana. Conozco la lentitud de las autoridades locales; tardarán semanas en procesar lo que quedó en la chimenea. No soy un prófugo desorientado, Jay. Tengo un plan estructurado desde que toqué este muelle. Tú solo eres el mensajero que vino a atestiguar mi salida del Mediterráneo.
Un microtemblor le recorrió el párpado izquierdo. Harold hundió la mano en el bolsillo del short y apretó el encendedor plástico para fijar la atención frente a la ligera neblina que amenazaba con enturbiarle la visión periférica.
—Pero tu interrupción ha quebrado la calma de mi comida. Y detesto las alteraciones en mis protocolos.
Jay Marotta retrocedió un paso, apartándose del plato sin quitarle la vista de encima. Su criterio analítico detectó la anomalía física en el cirujano: la rigidez inusual en los hombros, el peso torpe de sus pasos y ese hilo de transpiración densa que le bajaba por la sien.
—Tu soberbia será tu ruina, Harold —dijo Jay con una severidad que buscaba aplacar el temblor de sus propios dedos—. Hablas de Suiza y de transferencias cerradas, pero tu cuerpo está fallando. Mírate las manos: te tiemblan como a un anciano. No vas a poder cruzar los acantilados si el consulado envía una patrulla esta misma tarde.
—El marco penal que manejas, Jay, es como el menú de las cantinas del muelle: tosco, ruidoso, pensado para calmar apetitos vulgares —Harold posó el tenedor sobre la porcelana con cuidado milimétrico—. Te alarmas por el ruido de Boston, por los vehículos de prensa y por los Campbell porque tu entendimiento está condicionado por la burocracia civil. No comprendes el metabolismo. Mi organismo responde a una precisión que tus códigos no alcanzan a medir.
Harold llevó la mano hacia el esternón con un movimiento apenas perceptible. En la garganta se le formó una sequedad metálica, una aspereza que atribuyó a la densidad del alimento recién consumido. Era un desajuste químico interno que interpretó con su habitual frialdad:
—Cuando se asimila materia seleccionada con tal rigor, el organismo manifiesta fricciones por la misma exigencia de lo que procesa. Es una resistencia biológica temporal antes de completar el ciclo. No es una falla, Jay; es la mecánica de la asimilación. Me pides que huya hoy mismo como un comensal asustado que abandona la mesa. Pero yo no soy un fugitivo corriente: he venido aquí a concluir el trabajo.
Jay lo observó en silencio, sintiendo el aire caliente de la estancia cargar contra su nuca. La botella goteaba en su mano mientras la compostura del cirujano se volvía más desconcertante que los avisos que guardaba en el bolsillo.
—Estás enfermo, Harold —dijo Jay en un susurro áspero—. Hablas de metabolismo y precisión, pero tu negligencia nos pondrá a ambos en una celda de aislamiento.
—La enfermedad es el diagnóstico con que los débiles intentan explicar lo que no pueden gobernar, Jay —concluyó Harold, trazando una sonrisa delgada mientras levantaba la copa con agua helada—. Mi plan es técnico. Los fondos en Suiza están confirmados, el alquiler de la cabaña concluye mañana y el tiempo en este puerto juega a nuestro favor.

















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