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Capítulo XIV. Un último escape

La tensión en la cabaña se condensó hasta volverse tan asfixiante como el vapor recalentado que ascendía desde las losas del muelle. Jay Marotta dio un paso al frente, acortando la distancia con la mesa rústica, con el rostro congestionado y los ojos inyectados en una cólera que nada tenía que ver con los despachos corporativos de Boston. El ambiente, impregnado de un rastro ácido y del salitre estancado, vibraba bajo la violencia de sus palabras:

—O me escuchas de una vez, Harold, o este montaje se termina aquí. Si tocas una sola pieza más de carne humana, te juro que yo mismo te entrego. Y no a las autoridades locales de esta isla. Te subo a un barco y te devuelvo directo al porche de los Campbell. El viejo está desquiciado frente a las cámaras exigiendo tu cabeza. ¿Quieres saber qué hace un padre cuando le ponen delante al cirujano que le mutiló la pierna a su hija? Te despedazará en su propio jardín antes de que la policía alcance a esposarte.

Mantuve el tenedor de plata inmóvil, suspendido a un milímetro de la porcelana. No aparté los ojos de los restos alineados en mi plato. Lentamente, sin producir una sola fricción innecesaria, levanté la barbilla. A través de las lentes oscuras fijé mi atención en él: una mirada frontal, desprovista de emoción, semejante a la que utilizaba antes del primer trazo en la mesa de autopsias.

En el fondo del paladar se me asentó una sequedad ferrosa, áspera, y un temblor casi imperceptible me recorrió el párpado izquierdo. Mantuve la compostura.

—Siempre has tenido una afición pedestre por el melodrama, Jay —respondí con voz plana, midiendo cada sílaba—. Hablas de entregas y de familiares enfurecidos como si sostuvieras el control del caso, pero te tiemblan los dedos por el pánico a perder tu firma. Campbell puede gritar lo que quiera ante las unidades móviles; la ley civil es un artificio sin dientes al cruzar el océano. Y tú no vas a entregarme. Careces del pulso para asumir las consecuencias de romper nuestro trato.

Trecé una sonrisa leve, registrando el sudor denso que le bajaba por la frente.

—El corte sigue en mi mesa, Jay. Y tú sigues cobrando mis honorarios. No disfraces tu miedo de ultimátum.

La botella tembló en la mano de Marotta cuando su contención se fracturó del todo. Incapaz de gobernar la rabia acumulada, estiró el brazo, tomó el plato de porcelana y lo estrelló de plano contra el suelo de caliza.

La loza estalló en fragmentos irregulares, esparciendo las porciones de tejido y los cubiertos sobre la piedra.

El orden del comedor se quebró en un segundo. La rigidez me atenazó los maxilares; destruir la armonía de mi mesa equivalía a una falta técnica intolerable.

En esa fracción de segundo, un aleteo desordenado rompió el encierro. Una gaviota del puerto, atraída por las emanaciones que ascendían de la cocina, se coló en picada por el ventanuco abierto. El animal golpeó dos botellas vacías sobre la encimera y clavó el pico en la olla de presión destapada, de donde subía una columna de vapor caliente. Creyendo haber encontrado un despojo ordinario de las barcas, tiró hacia arriba con la fuerza mecánica de su cuello.

De la superficie del líquido emergió un brazo delgado, moreno, de falanges intactas: la extremidad de Giannina.

El ave batió las alas para remontar el vuelo, pero el peso del miembro la hizo trastabillar contra el metal. Jay giró la cabeza hacia los fogones y el estómago se le vació de golpe. Registró la forma de la mano, la dermis tostada por el sol y la memoria de las fotocopias que llevaba en el bolsillo interior.

Retrocedió un paso con la piel blanca y la respiración cortada. Miró los cortes diseminados entre las esquirlas de porcelana, miró el tejido sobre la encimera y me clavó una mirada desencajada.

—Miserable… —susurró con un espasmo de náusea.

Olvidando las cortes de justicia, el dinero y los protocolos, Jay cargó sus noventa kilos contra mí. El impacto sacudió la mesa de roble y nos derribó pesadamente sobre el suelo, astillando los cristales mientras rodábamos por las losas.

Buscó cerrarme los dedos en la tráquea, pero mi cuerpo respondió por reflejo mecánico. Palanqueé su torso para neutralizar la masa, aunque en el forcejeo, a escasos centímetros de su rostro, mi percepción experimentó un desfase. Una interferencia súbita me saturó el campo visual: el recuerdo del contacto dérmico en los callejones del puerto se superpuso a las facciones desfiguradas del abogado, disolviendo el entorno en una vibración densa.

La anomalía me provocó una sacudida en el esternón. Comencé a reír.

Fue una risa seca, espasmódica, que me brotó entre los dientes apretados y subió en una cadencia descompuesta hacia las vigas del techo. Descargué un puñetazo cerrado contra su mandíbula, haciendo crujir la estructura ósea. Con la mano libre tanteé las baldosas entre las esquirlas hasta cerrar los dedos sobre el tenedor de plata.

Hundí las puntas de metal en su hombro izquierdo.

Jay soltó un grito que mi propia risa sofocó de inmediato. Repetí la trayectoria dos veces más, buscando la inserción de la clavícula y la masa muscular del cuello.

En el forcejeo, mis gafas oscuras cayeron sobre la piedra. Al mirar hacia arriba, Jay no encontró una mirada defensiva: mis pupilas estaban dilatadas hasta el borde del iris por el colapso de mis propios filtros internos. Presenció la ausencia total de cálculo, una fijeza que registraba su destrucción física con el desapego de un procedimiento rutinario.

El instinto de conservación le dio a Marotta una última fuerza. Jadeando, con la camisa de sastre empapada de un fluido oscuro, logró empujarme y se arrastró de espaldas sobre las baldosas, dejando un reguero espeso que se mezclaba con la cerveza derramada. Su mano derecha tanteó a tientas entre los restos del suelo.

—¡Harold, detente! —articuló con dificultad, con la voz ahogada por la sangre que le subía a la boca—. Aún podemos arreglarlo… Boston no tiene pruebas… podemos redactar otra salida…

No registré sus palabras. Mis canales auditivos estaban saturados por una estática biológica, una vibración continua que convertía la música lejana y el oleaje exterior en un murmullo sordo.

Me incorporé con un movimiento rígido, vertical, anulando cualquier queja articular con una disciplina ciega. Me acerqué a la encimera y mis dedos se cerraron sobre el mango de madera del cuchillo filetero de hoja flexible.

Jay yacía apoyado contra una de las patas de la mesa. Su mano herida tropezó con una esquirla grande de la porcelana partida. Apretó el trozo afilado y, en un arranque agónico, lanzó un tajo vertical buscando alcanzar mi cuello.

El movimiento no alteró mi paso. Recibí el corte en la palma izquierda sin retroceder un milímetro. La herida abrió la dermis y manchó los dedos de rojo oscuro, pero no registré dolor alguno. Con un movimiento firme, atenacé la muñeca del abogado, inmovilizando su brazo contra el suelo.

Mi cabeza se inclinó apenas sobre su figura. Solté una última exhalación corta, acompasada con el siseo del mar contra el cantil, y descargué el acero en una trayectoria limpia sobre su yugular.

El forcejeo cesó. El silencio volvió a caer sobre la cabaña de Marsaxlokk, quebrado solo por el murmullo de la radio en la penumbra. El último cabo de Boston quedaba clausurado sobre el suelo de piedra.

THE BOSTON GLOBE — 28 DE JULIO DE 2026

HALLAN RESTOS EN MALTA; DESAPARECE DESTACADO ABOGADO DE MASSACHUSETTS

Por S. R. Corleone, corresponsal en Europa.

La Policía de Malta, en coordinación con agencias federales estadounidenses, intervino una cabaña rústica en las inmediaciones de Marsaxlokk. En el inmueble se hallaron muestras óseas calcinadas en el hogar de la chimenea, instrumental quirúrgico y restos hemáticos pertenecientes al abogado Jay Marotta, de quien no se tenía registro tras su arribo a la isla. La fiscalía de Massachusetts reactivó la orden de búsqueda y captura contra Harold Ghunter Meat, exespecialista del Instituto de Ciencias Forenses de Boston. El señor Campbell, padre de Amelia —superviviente de la mutilación en el laboratorio estatal—, denunció ante los medios que los vacíos burocráticos facilitaron la impunidad del sospechoso por segunda ocasión.

El pavimento del Aeropuerto Internacional de Malta devolvía la luz blanca de las pantallas de salidas. Avanzaba arrastrando apenas la suela del zapato izquierdo, una asimetría motora que cortaba la cadencia habitual de mi paso. Sujetaba el maletín con la mano derecha, aplicando una presión excesiva sobre el cuero para neutralizar el temblor que intentaba treparme por el antebrazo.

Me detuve frente al panel informativo. La línea marcaba el vuelo LX 1811 de Swiss International Air Lines rumbo a Zúrich.

La urgencia de Jay pertenecía a los hombres frágiles. Creyó que los plazos de un tribunal y las órdenes de captura podían limitar mi espacio de acción. Las leyes civiles no son más que un cerco ficticio para contener el pánico de las masas. Sus restos descansan sobre las losas de mi cocina mientras mis recursos aguardan intactos en las bóvedas helvéticas.

La cabina de primera clase ofrecía una temperatura seca, amortiguada por el zumbido parejo de las turbinas. Mantuve la espalda recta en el asiento, descansando en la penumbra del compartimento.

El aroma a almizcle y flores frescas cortó el aire climatizado.

—¿Desea algo de beber, señor? —preguntó una voz pausada junto a mi butaca.

Giré la cabeza. Frente a mí, sosteniendo una bandeja con un vaso de agua fría, permanecía una azafata de facciones asiáticas muy definidas. El cabello oscuro estaba recogido en un moño riguroso y el uniforme azul marino delineaba con precisión la proporción de su torso.

Al intentar responderle, las fibras musculares de mi mandíbula acusaron una resistencia súbita. Un microtemblor amagó con desalinearme el párpado izquierdo. Sometí la anomalía mediante un esfuerzo de concentración consciente, fijando las mejillas antes de hablar:

—Agua está bien, gracias.

Mis ojos descendieron hacia la tensión de sus pantorrillas bajo las medias oscuras. Era una estructura exacta, simétrica, limpia.

Subí la mirada por la línea del uniforme hasta detenerme en sus ojos rasgados y en el dibujo de sus pómulos. Mi memoria asociativa identificó el patrón de inmediato: Hiyori Nao. El mismo corte en el puente nasal, la idéntica inclinación en los párpados, la comisura contenida. Era la continuidad biológica de una de las piezas que procesé en Boston.

Un gusto ferroso y denso me cubrió el fondo del paladar. Al recibir el vaso de cristal, apreté la base con fuerza calculada para que el temblor de mis falanges no delatara la falla mecánica de mi organismo.

—¿Se encuentra bien? —indagó ella, manteniendo la cortesía profesional mientras sus ojos intentaban penetrar el filtro oscuro de mis gafas.

—Perfectamente —contesté con tono seco y raspante—. La temperatura de la cabina es adecuada.

La joven hizo una leve inclinación con la cabeza y se retiró por el pasillo central con un paso medido. La seguí con la vista. Mi organismo continuaba enviando advertencias físicas, pero el trazado mental ya estaba en marcha. El avión ganaba altitud hacia los Alpes y la mesa volvía a quedar dispuesta.

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