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CAPÍTULO 1. ANATOMÍA DEL MIEDO

Mi nombre es Steve. Soy el primogénito, el engranaje más viejo y defectuoso de una maquinaria familiar de tres hermanos. Crecí bajo el calor denso de un hogar donde las palabras de afecto eran constantes, pero flotaban en el aire con la fragilidad de un apósito mal adherido a una herida supurante.

Mis hermanos menores completaban la estampa: Magnus, un niño que desde que aprendió a gatear parecía poseído por una combustión interna inagotable, corriendo y estrellándose contra los muebles como si buscara fracturarse para comprobar que estaba vivo; y Florida, la pequeña, una criatura voraz que miraba el entorno con ojos desorbitados, queriendo devorarse el mundo a dentelladas limpias. De los tres, yo siempre he sido el remanso quieto. El silencioso. El cobarde congénito que aprendió a medir el peligro no por las advertencias de los adultos, sino por el zumbido helado que se instalaba en la base de mi nuca desde que tengo memoria.

El terror echó raíces cuando cumplí seis años. Cada noche, en cuanto la penumbra devoraba los contornos de las paredes, los vértices superiores de mi habitación dejaban de ser estuco y cal. Desde las esquinas más altas comenzaban a filtrarse unas manchas blancas: exudaciones pálidas, lechosas, que no pertenecían al espectro de la luz natural. Eran coágulos etéreos que palpitaban con una lentitud biológica, como grasa disuelta en formol extendiéndose por el techo hacia mi cama.

El pánico me cerraba la glotis, secándome la boca con un regusto metálico a cobre. Mi única salvación era estirar los dedos temblorosos y aferrar a mi lobito de peluche, un muñeco gastado de felpa áspera y ojos de plástico saltones. En mi mente infantil, el lobo era un tótem carnívoro: abría sus fauces de trapo y engullía aquellas secreciones blanquecinas antes de que bajaran a rozarme la piel. Su sonrisa de hilo deshilachado era mi único sedante antes de caer rendido en un sueño pesado y sin aire.

Mi padre era un devoto del sudor y el rigor mecánico. Su doctrina era incuestionable: el valor de un hombre residía en ser el primero en levantarse y el primero en llegar, sin importar si su turno en el empleo comenzaba al mediodía. Olía siempre a detergente fuerte, tabaco y polvo de taller. Mi madre, por su parte, poseía una energía febril y calculadora; el confinamiento doméstico jamás aplacó su ambición.

Transformaba cada rincón de la casa en una oportunidad monetaria, siempre buscando tareas que hicieran tintinear monedas sobre la mesa. Cuando el agotamiento la vencía y la jaqueca le marcaba surcos en la frente, yo asumía el papel de escudo con mis hermanos. En especial con Magnus. Si mi hermano menor no recibía atención inmediata, entraba en un frenesí destructivo que culminaba con el chasquido seco de la mano de mi madre contra sus piernas; un sonido castigado que me revolvía el estómago y me provocaba náuseas.

A veces, la sombra de la predilección pesaba como plomo. Durante los descansos laborales de papá, las salidas a la feria local eran una costumbre ruidosa. En una ocasión, en medio del gentío sofocante, el olor a grasa frita y los motores de las atracciones mecánicas, la mano de Magnus resbaló de los dedos de mi padre. Se extravió entre la marea humana. Fueron veinte minutos de una histeria visceral: mi madre con el rostro descompuesto y mi padre pálido como la cera, hasta que una vecina lo devolvió ileso de la mano.

La reprimenda fue salvaje, descargada a gritos en medio de la calle, para terminar en un abrazo sofocante lleno de disculpas llorosas. En esos momentos yo sentía la aguja del desapego: la devoción de mi padre hacia Magnus era palpable, casi instintiva, mientras que hacia Florida y hacia mí mantenía una distancia sobria y funcional. Una tarde le pregunté a mi madre por qué no me habían bautizado con el nombre de mi progenitor en lugar de darle ese honor a mi hermano menor. Con el paso de los años, tras ver la dureza implacable y el desgaste amargo que gobernaba su carácter, agradecí en silencio que no me marcara con su nombre como si fuera ganado.

Cuando la casa se nos quedó pequeña, mi padre mandó a levantar una habitación para nosotros en la parte frontal del terreno. Aquel cuarto nuevo nunca fue un refugio; fue una cámara de aislamiento. La pared lateral colindaba directamente con el área de lavado, un espacio rectangular y húmedo donde un tinaco de agua se alzaba en la penumbra como una enorme víscera artificial, gorgoteando fluidos durante la noche con un eco cavernoso y constante. Justo al lado yacía otra estancia, una accesoria comercial que mi madre utilizaba por las mañanas como negocio.

De día, la luz solar y el movimiento de clientes daban una ilusión de normalidad doméstica; pero al caer la noche y echar los cerrojos, el silencio se pudría. Desde aquel cuarto cerrado se filtraban ruidos secos: madera raspando contra el piso, crujidos de estanterías y murmullos informes que parecían buscar las rendijas de ventilación.

Y entonces, como atraídas por la condensación y el óxido del tinaco, las manchas lechosas volvían a brotar de las esquinas, estirándose en el aire como velos translúcidos de grasa muerta. Yo me ovillaba contra la pared, hundiendo los dedos en el relleno de mi lobo de felpa para no escuchar la vibración de las cañerías.

La gente suele recitar con ligereza que quien nada debe, nada teme. Es una falacia de mentes tranquilas. Yo temo con cada fibra muscular; le temo a la muerte, a la descomposición, a la idea atroz de extinguirme y dejar de ver a los míos. La confirmación de que mi pesadilla no era una alucinación infantil llegó la noche en que un primo cercano vino a quedarse a dormir. La distribución en el cuarto era estrecha: mi primo ocupó mi cama, Magnus dormía en la suya y mi hermanita descansaba en la recámara de mis padres. A mí me tocó colgar la hamaca entre los dos muros maestros.

A mitad de la madrugada, el frío se tornó espeso. Un tirón violento en la espalda me arrancó del sopor. No fue un espasmo muscular: era una fuerza prensil, invisible y precisa, jalando mi espalda como si un gancho se hubiera hundido bajo mi piel.

Me incorporé en la hamaca con el corazón desbocado, golpeándome las costillas con una taquicardia sorda y dolorosa. El tirón no cesó; continuaba halando, una tensión sádica que me estiraba los tendones hacia la oscuridad del piso. Con la garganta cerrada por el pánico, giré el cuello esperando descubrir a mi primo o a mi hermano gastándome una broma pesada. Ambos dormían profundamente, con las bocas entreabiertas y la respiración acompasada.

La presión se intensificó, desgarrándome un sollozo ahogado. Comencé a llorar, empapado en sudor frío, hasta que la puerta chirrió sobre sus goznes y la silueta de mi madre cortó la penumbra. Se acercó a la hamaca, me palpó la piel helada y, sin hacer preguntas para evitar que el escándalo despertara al resto de la casa, sacudió a mi primo del hombro para que se replegara contra la orilla del colchón y me cediera espacio.

—Acuéstate aquí, Steve. Ya pasó —murmuró con voz cansada, apagando el interruptor.

La oscuridad cayó sobre nosotros con la pesadez de una mortaja. Al instante, en los ángulos superiores del techo, la negrura comenzó a coagularse. Las manchas blancas emergieron de nuevo, fosforescentes, goteando una palidez sucia hacia el suelo. Apreté al lobo de trapo contra mi esternón tan fuerte que las costuras del juguete gimieron, rogando que sus ojos de plástico devoraran la entidad que me acechaba.

A la mañana siguiente, con la luz del día disipando el horror nocturno, intenté explicarle a mi primo lo sucedido; le mostré la marca roja en mi espalda y le hablé del peso que se arrastraba por las esquinas. Él solo me dedicó una media sonrisa de desdén, encogiéndose de hombros mientras se calzaba los zapatos.

—Fue una pesadilla, Steve. Solo es tu imaginación jugándote chueco.

Ignoraba que la carne tiene memoria, y que la sombra que me reclamó esa noche recién comenzaba a abrirse paso hacia mí.

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