El aire en la cripta guardaba olor a natrón rancio y polvo acumulado sobre la piedra tallada. Horura Khepren avanzaba descalzo sobre las losas, midiendo el contacto de la piel para no levantar gravilla. Sostenía las correas del Escudo Rojo atadas al antebrazo y apoyaba la mano en la empuñadura del kopesh, sintiendo el metal frío bajo los dedos. En su pecho, el Escarabajo Azul marcaba un compás continuo que guiaba sus pasos en el corredor.
Ma’at caminaba a corta distancia, con la vista fija en las incisiones de las paredes. Rozó un relieve carcomido por el salitre y detuvo la marcha.
—Las sombras tienen memoria aquí dentro —dijo Ma’at con voz queda, sin girar el rostro—. Seth conoce este umbral.
Horura flexionó las piernas y equilibró el peso corporal. Movió el brazo y levantó la hoja curva de bronce en guardia media.
—Ese dios no encontrará reposo si destruimos las ofrendas preparadas por sus siervas. El corredor sigue adelante.
Una lluvia fina de cal cayó desde el techo. Entre dos columnas agrietadas apareció Nekhbet. Llevaba una túnica negra con plumas de buitre atadas a los hombros y arrastraba las sandalias sobre el cascajo hasta acortar la distancia.
—Pisas la tumba creyendo que la fuerza de Khepri bastará para contener lo que despierta en la Duat —dijo Nekhbet, mostrando los dientes en una sonrisa rígida—. Seth extiende sus garras por las raíces del valle. Su despertar comenzó.
Horura dio un paso al frente y mantuvo la vista fija en los ojos de la mujer.
—El nombre de mi abuelo Gebsu protege este metal. Despeja el camino o quedarás sepultada en esta cámara.
Nejebet descendió desde la cornisa superior, apoyando las manos en el suelo antes de colocarse junto a su hermana. Mostraba en la mano una lasca afilada de pedernal negro.
—Llevas sangre de hombres en las venas, Horura. El pacto sellado con el escarabajo se romperá esta noche.
Las dos mujeres levantaron los brazos al mismo tiempo y arrojaron corrientes de ceniza hacia el frente. Horura levantó el Escudo Rojo. El impacto sacudió los huesos de su brazo, obligándolo a afirmar el talón derecho en una hendidura del suelo para no perder el equilibrio. Giró el cuerpo, desvió la presión con el borde del metal y descargó un golpe con el kopesh. El filo rajó la tela de Nekhbet, obligándola a retroceder varios metros entre maldiciones.
Nejebet buscó su flanco arrojando brea encendida. Ma’at se interpuso en la trayectoria, extendió las palmas y pronunció las palabras del orden antiguo. Una luz clara brotó de sus manos y deshizo el fuego en humo blanco.
—El engaño pierde fuerza ante la verdad de los primeros dioses —declaró Ma’at, manteniendo los brazos extendidos y el cuerpo firme.
Nekhbet se rasgó la piel del cuello con las uñas y dejó caer sangre sobre las baldosas.
—¡Seth, señor de las arenas rojas, toma el tributo!
El suelo se abrió en grietas que despidieron vapor de azufre. Desde la fisura emergió una figura oscura que creció hasta rozar el techo de piedra. Tenía las fauces de un animal del desierto y cuernos apuntando a los muros.
—Pequeños siervos del barro —resonó la voz entre las piedras—. Un pedazo de bronce no detendrá el fin de su tierra.
La figura lanzó un latigazo de sombra que rozó el hombro izquierdo de Horura y le desgarró la piel. El guerrero rodó sobre las lajas, esquivó un golpe que pulverizó una columna y quedó frente a la aparición.
Ma’at observó los pies de la entidad. No tocaban el suelo y carecían de peso sobre las piedras quebradas. Además, finos hilos de humo unían la figura con los brazos extendidos de las brujas.
—¡Horura, corta la unión en el suelo! —gritó Ma’at señalando hacia las hechiceras—. Es una figura de humo alimentada por sus manos. El verdadero dios sigue encadenado.
Horura cambió el giro de su brazo. En lugar de atacar el pecho de la criatura, lanzó un tajo bajo contra las líneas de humo que nacían de las brujas. El kopesh cargado con la luz de Khepri partió los lazos oscuros. La figura se deshizo en nubes grises que escaparon por los respiraderos del techo.
Nekhbet y Nejebet cayeron de rodillas, tosiendo sangre negra sobre el piso.
Horura dio dos pasos hacia ellas con el arma lista. Ma’at se situó a su derecha.
—¿Dónde guardan el sarcófago de Seth? —preguntó el guerrero.
Nekhbet soltó una carcajada seca mientras su cuerpo empezaba a perder consistencia entre un remolino de polvo.
—Busquen en las arenas del sur si quieren morir —respondió la hechicera mientras el aire la envolvía—. La carne de nuestro señor toma fuerza en Tebas. Llegarán para ver el río cubierto de muerte.
El torbellino de tierra cubrió el espacio. Al calmarse el aire, solo quedaban piedras sueltas y rastros de sangre sobre el piso.
Horura bajó el arma despacio, respirando con fuerza. Ma’at tomó una tira de tela limpia de su cinto y cubrió la herida abierta en el hombro del guerrero, haciendo presión sobre la piel lastimada. Ambos se miraron en silencio, recogieron sus armas y enfilaron hacia la salida del túnel.

















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