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Tormentas de Arena

EGIPTO A.C.

—El Escudo Rojo —siseó una voz envuelta en las penumbras del Bajo Egipto. —Así es, mi señor —respondió la bruja Nejebet, postrada en la oscuridad—. Pero no estamos solos en la búsqueda. Un joven guerrero del reino de Ramsés va tras él. Se hace llamar Horus. Es el nieto de Gebsu. —¿El nieto del anciano? —Seth soltó una risa seca, desprovista de alma—. No importa de qué sangre provenga. Si se cruza en tu camino, mátalo. Que el desierto devore sus huesos. Tráeme el escudo y el mundo será nuestro.

Egipto estaba fracturado. Desde las invasiones, las tierras áridas del Bajo Egipto se habían infestado de demonios y clanes herejes sin corazón, como los Terra, mientras el Alto Egipto resistía a duras penas. En medio de este mundo hostil, Horus y Nekhbet cabalgaban hacia Kalabsha. El sol implacable bañaba el desierto, pero el joven guerrero mantenía la vista fija en el horizonte, montado en su majestuoso Sultán, a la par de Shu, el resistente dromedario de una sola joroba de la anciana.

—Debemos andar con cuidado, Horus —advirtió Nekhbet, oteando las dunas—. Por estas tierras acecha Apep, la bestia de las arenas, y los demonios de Seth no descansan. No te enfrentarás a simples mercenarios, sino a monstruos que pueden leer tu miedo. —Mi entrenamiento fue duro, Nekhbet. Estaré listo —respondió Horus con la mano apoyada en la empuñadura de su espada.

El calor se volvió asfixiante cuando bordearon el inmenso Lago Náser. De pronto, el horizonte desapareció. Un muro colosal de polvo dorado se alzó frente a ellos, devorando el cielo. —¡Apresura el paso! —gritó la anciana, cubriendo rápidamente su rostro con el tagelmust—. ¡Es una tormenta de arena!

Espolearon a sus monturas, pero la naturaleza fue más veloz. La tormenta los engulló, golpeando sus cuerpos con partículas de arena que cortaban como cristales diminutos. En medio de la ceguera y el rugido del viento, Nekhbet divisó figuras oscuras emergiendo de la nube dorada. —¡Jinetes de Aniiba! —gritó la anciana—. ¡Saqueadores! ¡Vienen por nuestras provisiones!

Horus recordó las rudas palabras de su abuelo en la plaza de armas y su sangre hirvió. En un acto de instinto puro, tiró de las riendas. Sultán se detuvo de golpe, alzándose sobre sus patas traseras y relinchando contra la furia de la tormenta. Sin dudarlo, el joven desenvainó el pesado kopesh de bronce en una mano y su espada de acero en la otra.

Horus se abalanzó contra los asaltantes. El choque de los metales se ahogó en el bramido del viento. Con un golpe brutal, derribó al primer jinete, destrozándole la quijada. El segundo intentó flanquearlo con una daga, pero el kopesh de Horus trazó un arco letal que le cercenó el brazo, perdiéndose la extremidad en el caos de la arena.

Un tercer invasor alzó su lanza a sus espaldas. Antes de que Horus pudiera girar, un destello cruzó la tormenta: una flecha se hundió profundamente en el cráneo del asaltante, derribándolo al instante. Horus se giró, buscando el origen del disparo, y vio a Nekhbet bajando un arco curtido.

—¡Tienes la misma fiereza que tu abuelo! —exclamó la anciana con una sonrisa afilada, colgándose el arma a la espalda. —¿Cómo es que sabe luchar así? —preguntó Horus, respirando agitadamente. —Fui parte de la guardia de Gebsu. Me disfracé de varón para poder luchar a su lado —confesó Nekhbet, sacando un viejo papiro de sus ropas—. Esta fue su última orden: protegerte y guiarte hacia el Escudo Rojo antes de que Seth se apodere de él. Horus asintió, sintiendo el peso del orgullo en su pecho. Era el elegido.

Una vez que la tormenta cedió, retomaron su marcha y finalmente cruzaron los rústicos arcos de piedra arenisca de Kalabsha. Los habitantes saludaban a la anciana bruja con respeto. —Descansaremos aquí esta noche, en mi casa —ofreció Nekhbet—. Y mañana, conocerás a mi nieta Maat. Ella será tu guía hacia las cuevas de Berenice.

Horus aceptó, agradecido por la hospitalidad y el pan fresco. Sin embargo, mientras guiaba a Sultán al establo, las advertencias sobre el destino y la magia oscura que respiraba Egipto no dejaban de dar vueltas en su cabeza.

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