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Las Sombras de la Depresión

Rickford se encontraba sola en su casa, la depresión la llevó al siguiente nivel, pues cada vez que preparaba la comida para Emilio, a ella se le quitaba el apetito.

Todas las tardes la señora Rickford iba de visita a casa de Leonela, con el único pretexto de verla comer y hacerle compañía durante un rato antes de que fuera a la escuela por Emilio, a veces la hermana de Leonela la pasaba a visitar y la invitaba a salir, como hermana mayor que era, su trabajo era subirle los ánimos para que Leonela no dejase de comer.

– ¡Leonela,  hija!  Abre  la  puerta  soy  tu mamá ¿Qué estás haciendo? – La señora Rickford tocaba la puerta de la casa de su hija

Leonela se encontraba encerrada en el cuarto y a lo lejos escuchó el timbre sonar, se limpió las lágrimas y disimuló su depresión para bajar por las escaleras a ver quién era.

– ¡Mamá! ¿Qué haces aquí? Hay mucho sol afuera, entra – Dijo Leonela e invitó pasar a su mamá. La señora Rickford sabía que estaba encerrada, y sin desayunar, pues nadie conoce más a sus hijos, que la propia madre.

– ¿Qué  preparaste  hoy  de  desayuno?  O ¿Has estado encerrada todo el día? ¿Por qué no sales un rato a despejarte? Y yo me quedo esperando a que traigan a Emilio. – Dijo la señora Rickford.

Todos los días Saúl pasaba en las mañanas por Emilio, lo llevaba a la escuela mientras que Leonela por las tardes se encargaba de buscarlo. Ese día no tuvo clases pues el maestro había enfermado de un leve resfriado y fueron  avisados desde muy temprano.

Cada día que Leonela iba a sus cursos, siempre se sentaba adelante, cerca de la mesa de trabajo del instructor. Sus compañeros sabían un poco de lo que Leonela estaba sufriendo y siempre buscaban la manera de como alegrarle el momento.

A veces Ernesto le mandaba mensaje a Leonela para  saber si estaba  disponible para salir,  pero Leonela lo negaba, pues aquellas salidas con Ernesto, eran como si saliera con una pared. Como  aquella última  salida  que  tuvo  con  él,  a palabras forzadas, ni el molino más ligero giraría con ese viento, cada salida con Ernesto era un desastre.

Pasaron los días y a Leonela se le empezaba a volver una rutina, aunque a Leonela le empezó a llover sobre mojado, pues las calificaciones de Emilio comenzaron a bajar, era entrega de resultados y se percató que de aquellas A+ y B+ que sacaba Emilio, comenzaban a bajar a D y F.

A Leonela le preocupaba ese rendimiento de su hijo, pero comenzó a reflexionar que aquellos resultados comenzaron a bajar por la falta que les hacía de Saúl, en especial, a su primogénito.

Y empezaron a decaer aún más, por la impaciencia que tenía Saúl con su hijo por no aprenderse las operaciones matemáticas y las clases de lengua extranjera, su interés por las artes marciales, igual comenzaron a perderse y Leonela lo entendía y cuando se quedaban solos ella y Emilio, sin que se diera cuenta Saúl, le daba el día cuando lo veía desmotivado.

Leonela se encontraba desesperada y lo único que podía hacer es, seguir adelante a pesar de las circunstancias que estaban presentando.

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