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LA HABITACIÓN 302

La llave de plástico magnética no funcionó al primer intento. La luz roja del pomo parpadeó con un zumbido de error. Caleb tuvo que pasarla tres veces, con la mano manchada de aceite temblando violentamente, hasta que el mecanismo cedió con un clack mecánico. Entraron.

La habitación 302 del Motel «Blue Line» no ofrecía descanso. Ofrecía anonimato sucio. El aire estaba estancado, caliente y denso. Olía a desinfectante industrial de limón barato vertido sobre una base de moho negro y tabaco rancio. Era un olor químico que cubría la podredumbre, igual que la lona azul cubría el coche destrozado.

Caleb cerró la puerta y echó el cerrojo. Se apoyó contra la madera, deslizándose hasta el suelo. Sus pies descalzos dejaron dos manchas húmedas sobre la alfombra sintética color vino, que estaba salpicada de quemaduras de cigarro circulares, como pequeñas heridas cauterizadas en el tejido.

El radiador bajo la ventana, pintado de un beige descascarado, los recibió con el sonido familiar.

Clang… siseo… clang.

Era el mismo ritmo que en su apartamento. El mismo latido metálico de un sistema circulatorio enfermo que conectaba toda la ciudad.

—No toques nada —dijo Elena.

Ella no se sentó. Se quedó de pie en el centro de la habitación, evitando rozar los muebles de formica imitación madera. Se quitó el abrigo empapado con asco, dejándolo caer al suelo como si fuera una piel infectada. Debajo, su ropa estaba húmeda y arrugada, pegada a un cuerpo que temblaba por hipotermia y shock.

Caleb no le respondió. Su atención estaba en su pecho.

La camiseta deportiva estaba pegada a su piel por la sangre seca y el sudor. Le ardía. La uña sucia de Elena había hecho más que un rasguño; sentía una línea de fuego justo sobre el esternón.

Se levantó, usando el pomo de la puerta para impulsarse, y caminó hacia el baño. El baño era un cubículo de azulejos verdes. La luz del techo parpadeó al encenderse, emitiendo un zumbido de abeja furiosa.

Caleb se agarró al lavabo de porcelana agrietada. Se miró al espejo. El cristal estaba desplateado en los bordes, comido por la humedad. Pero la imagen central era nítida. Demasiado nítida.

Se quitó la camiseta, despegando la tela de la costra con un tirón seco. Rrrrip.

Miró su pecho. La herida no era un corte limpio. La piel alrededor estaba amoratada, hundida, con bordes irregulares. No parecía carne lacerada. Parecía metal golpeado. El hematoma tenía el color del óxido y el aceite. Levantó la vista hacia su cara. Caleb parpadeó.

Su ojo derecho estaba hinchado, cerrado casi por completo. El pómulo estaba hundido hacia adentro, colapsando la estructura de su cara. La piel de su frente no tenía poros; tenía grietas finas, como pintura vieja sobre acero deformado.

Se tocó la cara. Sus dedos sintieron piel blanda y caliente. Pero sus ojos veían metal frío y gris. Veía el capó del coche. Su nariz estaba desviada, rota como la parrilla de plástico. Su boca era una línea torcida llena de cristales rotos (dientes).

—Soy yo… —susurró. Su voz sonó metálica en el baño pequeño—. Soy el coche.

Abrió el grifo. El agua salió hirviendo, vaporizando el espejo al instante. Caleb intentó limpiar el espejo con la mano, pero la condensación volvía inmediatamente, borrando su reflejo monstruoso.

—Caleb.

La voz de Elena sonó desde la habitación. Era una voz plana, sin eco. Caleb salió del baño, con el torso desnudo y la «abolladura» en el pecho brillando bajo la luz del televisor. Él no lo había encendido.

El viejo aparato de tubo de rayos catódicos, encadenado a la pared sobre una cómoda, estaba encendido a todo volumen, pero no emitía sonido. Solo estática. Una tormenta de nieve electrónica. Miles de puntos blancos y negros danzando en una guerra caótica. Shhhhhhhhhhhhh.

El sonido no venía de los altavoces. Venía de detrás de la pantalla, como si hubiera miles de insectos frotando sus patas y alas contra el vidrio desde el interior. Elena estaba sentada al borde de la cama, mirando la pantalla.

—Apágalo —dijo Caleb. El ruido de los insectos electrónicos se le metía en los dientes.

—No tiene control —murmuró Elena—. Y no tiene botones.

Caleb se acercó. La estática iluminaba la habitación con destellos estroboscópicos, haciendo que las sombras de los muebles saltaran y se estiraran en las paredes empapeladas. El papel tapiz se estaba despegando en las esquinas, revelando el yeso húmedo debajo, que tenía la textura de carne cruda expuesta. Caleb miró la pantalla.

Entre la lluvia de puntos blancos, una forma comenzó a emerger. Negro sobre blanco. Contraste alto. Era un perfil. Una línea curva. Metal retorcido.

—Es el coche —dijo Caleb, señalando la pantalla con su mano manchada de aceite—. Mira. Es el perfil del accidente.

—Es ruido, Caleb. Es un canal sin señal.

—¡No! ¡Mira ahí! —Caleb tocó el cristal de la pantalla. La electricidad estática le erizó el vello del brazo—. Esa es la rueda. Esa es la lona azul… y eso… La estática se arremolinó en el centro.

Formó una silueta humana acostada. Y luego, otra forma sobre ella. Una rueda pasando por encima. El sonido de los insectos cambió. Shhh-CRACK. Shhh-CRACK. Huesos rompiéndose. Amplificados. Distorsionados. Caleb retrocedió, tapándose los oídos.

—¡Están transmitiéndolo! ¡Saben que estamos aquí!

Elena se levantó. No miró la televisión. Miró a Caleb. Lo vio encogido, semidesnudo, con una herida infectada en el pecho y la mano negra de grasa imaginaria. Vio cómo sus ojos se movían siguiendo patrones invisibles en la pantalla gris. Vio un animal rabioso que ya no podía ser salvado.

—Voy a buscar hielo —dijo ella.

Caleb no se giró. Seguía hipnotizado por la televisión.

—Está en las noticias… somos nosotros… mira la estrella… la estrella está en la pantalla…

Elena agarró su bolso. Estaba seco por dentro. Tenía su cartera. Tenía su identificación. Tenía las llaves de su propio apartamento, al otro lado de la ciudad, lejos de este naufragio. Caleb se arrodilló frente al televisor, susurrándole a la estática.

—Lo siento… no te vi… la luz estaba ámbar…

Elena caminó hacia la puerta. Sus pasos fueron silenciosos sobre la alfombra quemada. Abrió el cerrojo. El click fue audible, pero Caleb no reaccionó. El sonido de los huesos en la televisión (Shhh-CRACK) lo tenía cautivo.

Elena abrió la puerta. El aire frío del pasillo exterior entró, disipando el olor a desinfectante y locura por un segundo. Miró la espalda de Caleb. Vio las vértebras marcadas bajo su piel pálida. Parecían la cresta de un dinosaurio extinto, vulnerable y condenado.

—Adiós, Caleb —susurró. Salió y cerró la puerta suavemente.

El pasillo exterior del motel era una galería de hormigón expuesta a los elementos. El viento aullaba entre los barrotes de la barandilla oxidada. Elena se quedó parada un segundo frente a la puerta 302. Apoyó la frente contra la madera pintada de azul descascarado. Esperó.

Esperó un grito. Un golpe. El sonido de Caleb intentando seguirla. Solo escuchó el zumbido eléctrico de la máquina de hielo al final del pasillo y el tráfico lejano de la autopista. Se separó de la puerta. Su piel estaba fría, pero por dentro ardía con una mezcla de náusea y alivio.

Caminó hacia las escaleras. Sus piernas pesaban plomo. Bajó los escalones de metal rallado con cuidado, agarrándose fuerte al pasamanos helado. Clang. Clang. Clang. El sonido de sus botas era solitario, definitivo.

Llegó al estacionamiento de asfalto agrietado. Estaba vacío, salvo por un contenedor de basura desbordado que apestaba a comida rápida podrida. Elena se detuvo y miró hacia arriba. La ventana de la habitación 302 era la única con luz. Las cortinas de poliéster barato, amarillentas por la nicotina, parpadeaban con el resplandor azul blanquecino del televisor.

Vio una sombra moverse detrás de la tela. Una silueta deforme, encorvada, que parecía golpear su propia cabeza contra el cristal. O tal vez solo era la estática jugando con la luz. Elena sintió que el desayuno que no había comido se le subía a la garganta. Se giró, dándole la espalda al motel.

Caminó hacia la Avenida Milwaukee. El viento le cortaba la cara, pero le daba igual. Era aire limpio. Aire sin olor a aceite quemado ni a sangre vieja. Un autobús urbano se acercaba, sus frenos de aire suspirando con cansancio (Pshhhh). Elena corrió los últimos metros y subió.

El conductor, un hombre con ojeras profundas, ni la miró cuando ella pasó su tarjeta. El autobús estaba casi vacío. Elena se desplomó en un asiento al fondo, lejos de las puertas. El vehículo arrancó con una sacudida, dejando atrás el Motel «Blue Line».

Elena miró su reflejo en la ventana oscura. Su maquillaje estaba corrido, su pelo era un desastre de nudos húmedos. Parecía una superviviente de un naufragio. Bajó la vista a sus manos. En el dorso de su mano derecha, donde había tocado a Caleb, había una mancha. Pequeña. Oscura. Grasienta.

Elena se frotó con el pulgar, frenética. La mancha salió. Era solo suciedad del pasamanos o del dinero. Se borró dejando una marca roja en su piel pálida. Ella soltó el aire que había estado conteniendo desde el garaje.

Se había borrado. Ella estaba limpia. Cerró los ojos y dejó que el zumbido del motor ahogara el recuerdo del sonido de los huesos rompiéndose en la televisión. Pero en la oscuridad detrás de sus párpados, una estrella de siete puntas seguía brillando.

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