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EL CALLEJÓN DE LOS HUESOS

La puerta de servicio golpeó la pared de ladrillo exterior con un estruendo metálico que el viento del callejón devoró al instante.

Caleb tropezó hacia la intemperie. El cambio de atmósfera fue violento. El aire del garaje era tóxico pero estático; el aire del callejón era una navaja en movimiento. Una ráfaga de viento cargada de aguanieve le golpeó la cara, congelando instantáneamente el sudor y el vómito seco en su barbilla.

Elena lo empujó hacia la sombra de un contenedor de basura industrial.

—¡Abajo! —siseó ella.

Caleb cayó sobre una rodilla. Su rótula impactó contra el asfalto roto. El dolor fue agudo, pero secundario.

El verdadero dolor vino de abajo.

Al apoyar el peso, Caleb jadeó. Miró hacia abajo. Sus pies estaban desnudos. En la huida, su cerebro había borrado la necesidad de calzado, priorizando la velocidad reptiliana. Ahora, la factura llegaba.

La nieve en el callejón no era polvo suave. Era slush: una mezcla semilíquida de hielo, lodo y sal de carretera. La sal química mordió las pequeñas grietas de sus talones y la piel sensible entre sus dedos como si fuera ácido sulfúrico.

—Mis zapatos… —balbuceó. Sus dedos de los pies se contrajeron, buscando inútilmente alejarse de la superficie helada. Se estaban poniendo azules, un tono cianótico bajo la luz grisácea del cielo nublado.

—¡Olvídalo! —Elena le agarró el hombro y lo sacudió. Su agarre era doloroso—. ¡Mira hacia allá!

Ella señaló la boca del callejón, a unos cincuenta metros. Luces azules rebotaban contra las paredes de los edificios vecinos. El sonido de las radios policiales llegaba en oleadas de estática distorsionada.

—Están rodeando la manzana —dijo Elena. Su voz temblaba, no por frío, sino por la adrenalina que saturaba su sistema—. Tenemos que cruzar hacia la estación de carga. Si llegamos a las vías del tren, podemos…

Caleb dejó de escucharla.

El sonido de la voz de Elena fue reemplazado por un pitido interno. Iiiiiiiiiiiii. Un tono agudo, constante, que nacía en el centro de su cerebro y se proyectaba hacia sus tímpanos. Era el sonido de la presión arterial disparándose, el sonido del sistema nervioso colapsando.

Se llevó las manos a las orejas, intentando tapar el ruido. No funcionó. El pitido venía de adentro.

—Caleb, ¿me escuchas? —Elena le daba palmadas en la mejilla, pero sus labios se movían sin sincronía con el sonido amortiguado—. ¡Muévete!

Él asintió, aturdido. Intentó levantarse. La planta de su pie derecho pisó algo duro y afilado. Un fragmento de vidrio de botella, oculto bajo la nieve sucia. Sintió el corte: una línea fría y precisa. No hubo dolor inmediato, solo la sensación de la piel abriéndose y el calor repentino de la sangre manchando la nieve gris.

—Espera… —Caleb se apoyó en el contenedor de basura. El metal estaba pegajoso, cubierto de una capa de grasa de cocina rancia.

Entonces lo vio.

En la calle transversal, al final del callejón, un vehículo pasó.

No iba rápido. Iba despacio, obscenamente despacio para una vía principal.

Era un sedán. Color gris plomo. El mismo tono exacto que el cielo muerto de Chicago.

Caleb se congeló. El pitido en sus oídos bajó de frecuencia, convirtiéndose en un zumbido grave.

El coche se deslizó por la intersección sin hacer ruido de motor. Las llantas giraban sobre la nieve, pero no crujían. Los cristales estaban tintados, negros, impenetrables.

—Elena… —Caleb señaló con un dedo tembloroso, manchado de óxido—. El coche.

—¿Qué? —Ella ni siquiera miró. Estaba ocupada vigilando las luces azules en la dirección opuesta—. ¡No hay tiempo!

—Mi coche —insistió Caleb. Su corazón golpeó contra sus costillas como un animal enjaulado.

El sedán gris no tenía abolladuras visibles desde ese ángulo. El parachoques parecía intacto. El faro derecho brillaba con una luz halógena amarillenta, funcional.

La lógica de Caleb se fracturó.

Lo dejé en el garaje. Le puse la lona azul. Vomité al lado de la rueda trasera.

Pero ahí estaba. Moviéndose. Buscando.

El coche se detuvo un segundo en la intersección, justo frente a la salida del callejón. El humo del tubo de escape no se disipó; se quedó suspendido en el aire, formando una silueta vagamente humana antes de deshacerse.

—¿Me está siguiendo? —susurró Caleb. El sabor a bilis volvió a su boca—. ¿Cómo puede estar conduciendo?

—¡Caleb! —Elena le dio un tirón violento del brazo, casi dislocándole el hombro—. ¡Es cualquier coche! ¡Es un Honda gris, hay millones! ¡Camina!

Pero Caleb no podía dejar de mirar. El coche en la intersección pareció girar las llantas delanteras ligeramente hacia la entrada del callejón. Como un depredador olfateando el aire.

Elena no esperó a que la lógica volviera a los ojos de él. Soltó su brazo y le dio una bofetada con el dorso de la mano helada. El golpe (¡Plaff!) fue débil, amortiguado por el entumecimiento de sus propios dedos, pero suficiente para romper el bucle visual de Caleb.

—¡Mírame! —exigió ella. Sus labios estaban morados, temblando incontrolablemente. Una gota de sangre se formaba en la comisura de su boca; se había mordido el labio inferior hasta romper la piel sin darse cuenta—. ¡Si ese coche nos ve, se acabó! ¡Tenemos que llegar a las vías!

Caleb parpadeó. La imagen del sedán gris se disolvió en manchas de luz flotantes. El pitido en sus oídos persistía, pero ahora tenía un ritmo, como un código morse indescifrable.

—Las vías… —repitió. Su voz sonó ajena, como si saliera de una radio mal sintonizada.

Elena lo agarró de la camiseta sintética y tiró de él hacia la profundidad del callejón, lejos de la calle principal.

Caleb dio un paso. Su pie derecho, el cortado, aterrizó sobre un montículo de nieve sucia. Schlick. El sonido fue húmedo, viscoso. El dolor del vidrio incrustado subió por su pierna como un relámpago caliente, contrastando con el frío anestésico del hielo. Dejó una huella roja, brillante y humeante, sobre la granilla blanca.

—Rápido —jadeó Elena.

Corrieron. O más bien, cojearon a un ritmo frenético. El callejón se estrechaba, convirtiéndose en una garganta de ladrillo rojo y tuberías que goteaban agua de condensación. El olor cambió: de gasolina a orina congelada y basura podrida.

Elena iba delante. Sus movimientos eran espasmódicos. Miraba hacia atrás cada tres segundos, sus ojos muy abiertos, escaneando no solo a la policía, sino a las sombras que se alargaban antinaturalmente entre los edificios.

Llegaron al final del pasaje. Una cerca de malla ciclónica, alta y coronada con alambre de púas oxidado, bloqueaba el paso hacia el terraplén del tren.

Detrás de ellos, la sirena que habían oído en el garaje se multiplicó. Ahora eran dos, tres sirenas, aullando en canon. Las luces azules rebotaban en los charcos del suelo, acercándose como una marea eléctrica.

Elena se lanzó contra la cerca. El metal vibró con un estruendo sordo (¡Clang-g-g!).

—¡Ayúdame! —gritó ella, metiendo la punta de su bota en los agujeros de la malla. Sus dedos, rojos y torpes, se aferraron al alambre helado.

Caleb se apoyó contra la pared de ladrillo para no caerse. El mundo giraba. Miró hacia sus pies. La sangre no dejaba de salir. Pero algo estaba mal.

La sangre en la nieve no se estaba congelando. Se estaba moviendo. Las pequeñas gotas rojas parecían vibrar, arrastrándose milimétricamente hacia el desagüe más cercano, como si tuvieran gravedad propia.

Caleb se frotó los ojos con los puños sucios. Es el frío, se dijo. Es el shock.

—¡Caleb! —El grito de Elena fue agudo, al borde del colapso—. ¡No puedo subir sola! ¡Empújame!

Él sacudió la cabeza, obligando a su cerebro a enfocar. Se acercó a ella. Puso sus manos en la cintura de Elena. El abrigo de lana estaba empapado y pesaba toneladas.

La empujó hacia arriba. Ella gruñó por el esfuerzo, trepando hasta que pudo pasar una pierna por encima de una sección donde el alambre de púas había sido cortado por vándalos años atrás.

—Pásame la mano —dijo ella desde arriba, jadeando. El vaho de su respiración formaba una nube densa que le ocultaba la cara.

Caleb estiró el brazo. En ese momento, una luz potente barrió la entrada del callejón por donde habían venido.

Un foco de búsqueda.

La luz blanca iluminó el rastro de huellas ensangrentadas que Caleb había dejado. Brillaban como rubíes sobre el asfalto gris.

—¡Están aquí! —susurró Caleb.

El miedo le dio una fuerza que no tenía. Saltó, ignorando el dolor lacerante en sus pies, y se aferró a la malla. El metal frío le quemó las palmas. Elena tiró de su camiseta, las costuras crujieron.

Caleb pasó al otro lado, cayendo mal sobre el terraplén de grava y durmientes viejos. Rodó por la pendiente, golpeándose el hombro y la cadera contra las piedras afiladas, hasta detenerse cerca de los rieles oxidados.

Arriba, en el callejón, voces de radio y pasos pesados se detuvieron ante la cerca.

—Unidad 2. Tenemos sangre. Repito, rastro de sangre positivo en el callejón norte.

Caleb y Elena se quedaron inmóviles en la oscuridad del terraplén, pegados al suelo congelado. El corazón de Caleb latía tan fuerte contra la grava que temía que el sonido se transmitiera por el suelo hasta las botas de los policías.

Elena estaba a su lado. Se había cubierto la cabeza con los brazos. Temblaba violentamente. No de frío. De terror puro.

Caleb miró hacia los rieles. El metal de la vía vibraba levemente. Tuntún… Tuntún… Un tren se acercaba. O tal vez era solo su propia sangre bombeando.

Caleb cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, por una fracción de segundo, la grava bajo sus manos no eran piedras. Eran dientes. Miles de muelas y dientes humanos grises, esparcidos como balasto ferroviario.

Parpadeó. Grava. Solo grava gris y sucia.

—Tenemos que movernos —susurró, aunque su voz sonó como si tuviera la garganta llena de polvo de hueso.

La vibración en el suelo aumentó exponencialmente. No era sangre. Era acero.

Una bocina de aire comprimido rompió la noche. ¡HOOOOONK!

El sonido fue físico. Golpeó a Caleb en el pecho, sacudiéndole el esternón.

El tren apareció de la nada, doblando la curva del terraplén a menos de treinta metros. No era un tren de pasajeros limpio y brillante. Era una bestia de carga. Locomotoras negras, manchadas de grasa, arrastrando vagones oxidados que olían a azufre y ganado.

—¡Atrás! —Elena se arrastró de espaldas, alejándose de los rieles.

El tren pasó frente a ellos como un muro móvil. El desplazamiento de aire fue brutal; un viento helado que levantó polvo de hierro y nieve, golpeándoles la cara como metralla fina.

Las luces de las linternas policiales al otro lado de la cerca quedaron cortadas de golpe. El tren era una barrera perfecta. Un escudo de ruido y movimiento.

—¡Corre! —gritó Elena. Apenas se le oyó. El estruendo de las ruedas de acero sobre los rieles (CLACK-CLACK, CLACK-CLACK) devoraba cualquier sonido humano.

Ella no esperó. Se levantó y corrió paralela al tren, hacia la oscuridad de la zona industrial.

Caleb intentó seguirla. Se puso de pie. Su pie derecho cedió. El dolor ya no era agudo; era una pulsación sorda que subía hasta la ingle. Cojeó, usando la inercia del miedo para ignorar el daño.

A su izquierda, los vagones pasaban a una velocidad vertiginosa. Eran manchas borrosas de óxido y grafiti.

Caleb giró la cabeza un instante hacia el tren en movimiento. Entre los vagones cerrados, pasó una plataforma plana vacía. Por una fracción de segundo, a través del hueco, vio el otro lado de las vías.

Vio la cerca. Vio las siluetas de los policías. Y vio algo más.

Parado justo detrás de los oficiales, inmóvil, había un hombre. Llevaba un uniforme color caqui. El sombrero de ala ancha le cubría los ojos, pero la estrella en su pecho reflejaba la luz de las linternas con un brillo propio, imposible.

El Sheriff Miller.

Estaba de pie. Entero. Mirando directamente a Caleb a través del hueco del tren.

El siguiente vagón cerró la visión con un golpe de viento.

Caleb tropezó, cayendo de hombro contra la grava. —No es real —jadeó, escupiendo tierra—. Está muerto. Lo vi muerto.

—¡Caleb!

La mano de Elena lo agarró de la camiseta y tiró de él con fuerza. Lo arrastró lejos de las vías, bajando por el otro lado del terraplén hacia un terreno baldío lleno de chatarra industrial y sombras largas. El tren siguió pasando, interminable, separándolos de la ley y de los muertos.

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