El zumbido de la estática en el receptor es lo único que compite con el segundero del reloj de pared. Doscientos días. No hay cables externos, no hay torres de transmisión en el horizonte, pero sigo moviendo el dial con la vaga esperanza de que la frecuencia modular registre algo más que el ruido sónico de las cuevas.
Aquí dentro, el aire está saturado. Las partículas flotan alrededor del escritorio, un rastro constante del sistema de preservación molecular que instalé para mantener mis constantes biológicas estables. Es un blindaje silencioso. Afuera, el ecosistema no perdona.
Mi portátil muestra el mapa cartográfico extraído de la MCB26. El algoritmo insiste en que las coordenadas son correctas; traza asentamientos, perímetros de aldeas y estructuras civilizadas. Pero la realidad del terreno desmiente al código. He caminado esos bloques. Donde la base de datos marcaba centros urbanos y comercio, solo encontré desiertos limpios y llanuras mudas. Solo dos aldeas en cientos de kilómetros cuadrados. El resto es espacio en blanco, tierra baldía que la naturaleza salvaje ha reclamado con una velocidad inusual.
El viaje no comenzó en este bloque de roble. Para llegar a la resistencia de este refugio definitivo, hizo falta abandonar cuatro puestos previos. Los OBSERVATORIOS AZTECA I, II, III y IV quedaron atrás como esqueletos de piedra y troncos pelados; estaciones de paso donde aprendí a clasificar la amenaza.
El peligro aquí tiene dos vectores claros. Por un lado, la fauna territorial: el vuelo balístico de las águilas que patrullan las cumbres, las serpientes que saturan la hierba alta y la emboscada silenciosa de los felinos en las zonas bajas. Por el otro, la degradación biológica nocturna. «Los Hostiles». El chasquido de las articulaciones de los esqueletos, la presión neumática de los creepers antes de la ignición y la persistencia de los muertos que caminan. Unos matan por territorio; los otros, por entropía.
La mochila está sobre la mesa, cargada con las cintas de las HDC-1 y los lentes ópticos de la CNC-360. No puedo estirar más la estancia en este escritorio. El confinamiento funcionó para resistir el invierno del mapa, pero el vacío de las aldeas ausentes exige una verificación física.
Voy a apagar el receptor. El primer informe de campo empieza en la frontera del bloque residencial.













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