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La Danza de Nénufar

AFUERAS DE KALABSHA: DESIERTO DE NÉNUFAR

El frío de la noche caía pesado sobre el mar de arena. Horus permanecía sentado, con la espalda recargada contra el torso firme de Sultán, sintiendo el calor vivo y el latido sereno del corcel que descansaba profundamente tras la fatiga de la huida. A escasos pasos, la luz anaranjada e incandescente de la fogata iluminaba a Maat, quien, hincada sobre la arena, atizaba las brasas y calentaba la cena utilizando los escasos ingredientes que habían rescatado a marchas forzadas de las garras de las gemelas.

—¿Qué piensas, Horus? —preguntó Maat en un susurro cálido, dejando con delicadeza un plato improvisado sobre piedras planas muy cerca de él. En el recipiente humeaba una kobeiba, combinando con aroma rústico porciones de carne, pescado y nueces.

—No… nada; es… solo que… todo es muy repentino —respondió Horus con la voz entrecortada, sin poder apartar los ojos del hipnótico vaivén de las llamas.

Maat se acomodó a su lado sobre el suelo frío, acercándole el alimento con un gesto maternal y protector antes de que el cansancio venciera la vigilia.

—¿Te refieres a tu misión? —indagó ella, escudriñando su perfil.

—S… sí. No sé en qué momento fui elegido… no digo que me arrepienta, sino que… es tan repentino todo lo que estamos pasando: mi abuelo, tu abuela, tú y yo —confesó el muchacho, bajando la mirada abrumado por la incertidumbre.

A Maat no le agradaba verlo vacilar. Con ademán firme pero dulce, lo tomó de la mano y lo obligó a ponerse de pie frente a ella, clavando sus enormes ojos cafés directamente en los de él:

—Yo sé que puedes, puedo verlo en tus ojos. Si mi abuela me enseñó adecuadamente, puedo leer tus pensamientos y sé que tienes miedo; pero veo en ti un gran potencial. Sé que lo lograrás… es decir, lo lograremos.

Tras pronunciar estas palabras, una sonrisa luminosa brotó de los labios de Maat. Se inclinó y plantó un suave y fugaz beso en los labios de Horus. El joven, en un gesto evidente de anhelo, se quedó inmóvil, entreabriendo los labios a la espera de un beso más largo y profundo.

Al notar su reacción, Maat sonrió con picardía y dio un paso atrás hacia el resplandor de la hoguera. Comenzó a deslizar sus brazos por el aire y a balancear las caderas con gracia cadenciosa, entonando a capella la ancestral oda a Maku, el legendario cocodrilo del Nilo:

—Esta canción me la cantaba mi abuela cuando era más pequeña, y como fui creciendo me enseñó a bailarla al ritmo del fuego. Si prestas más atención, lograrás oír cómo las brasas truenan con el mismo calor, pero a un ritmo único.

Danzando suavemente en torno al fuego, Maat buscaba disipar las sombras del corazón de Horus. Con pasos ondulantes y sugerentes, acortó la distancia entre ambos de manera provocativa. Se pegó a su pecho y le regaló ese beso largo, apasionado y entregado que el guerrero aguardaba. Horus deslizó sus manos por su cintura y le correspondió con el mismo ardor. Entrelazados en el abrazo, ambos se deslizaron juntos hacia la arena, recostándose sobre la abaya blanca de Maat al amparo del fuego.

EN ALGUNA PARTE DE NÉNUFAR – Salida del Alba

En la penumbra asfixiante de una caverna profunda, las voces siseantes de las gemelas rompían la quietud ante una imponente silueta oculta en la sombra:

—Estábamos tan cerca, Señor… pero ese joven incrédulo es más fuerte de lo que imaginamos —se justificó una de ellas con voz trémula.

—¡Son unas buenas para nada! —bramó una voz cavernosa y cargada de furia que estremeció los muros de roca—. La tarea era tan sencilla: les pedí que me consiguieran el Escudo Rojo, ¡pero ni eso pueden hacer!

—Le pedimos mil disculpas, Señor… —imploraron al unísono con la cabeza gacha.

—Les daré otra oportunidad, pero si me vuelven a fallar, ¡las usaré como alfombra de mi trono y me comeré sus almas! —sentenció la entidad con desprecio helado—. ¡Ahora lárguense! Tráiganme el siguiente artefacto: «El Escarabajo Kefrén».

—¡Tenemos otra pequeña dificultad, mi señor! —intervino Nejebet con titubeo— Nekhbet aún no se adapta a su nuevo estilo y no recuerda cómo convertirse en buitre.

De pronto, una fuerza invisible y violenta alzó a Nejebet por los aires, apretándole la garganta con la fuerza de un puño de hierro.

—¡S… se… ñor! ¡N… no… pu… edo… res… pi… rar! —gemía Nejebet sofocándose.

El cuerpo de la bruja salió despedido con violencia contra las rocas, estrellándose de lleno contra su hermana Nekhbet.

—¡Por los ojos de la Baja Nubia! ¿Es que no pueden hacer nada bien? —retumbó la orden despiadada—. ¡Averigua cómo convertir a tu hermana por ti misma y váyanse antes de que Horus y Maat den con el siguiente artefacto!

Adolorida y atemorizada, Nejebet mutó su forma en un enorme buitre negro y, aferrando con sus garras el cuerpo de su hermana Nekhbet, levantó el vuelo para escapar de la caverna.

AFUERAS DE KALABSHA: DESIERTO DE NÉNUFAR

Con la luz del amanecer despuntando en el horizonte, Maat y Horus revisaban los mapas trazados en cuero:

—Según el mapa, el artefacto llamado «El Escarabajo de Kefrén» se encuentra enterrado sobre las dunas de dragón de las montañas. Su color azul se debe a que el mismo Apofis lo creó de su propia sangre. Se dice que en éste se encuentra aletargada el alma de Jepri, el hermano mayor de Horus, representando a la fuerza maléfica que habita en el Duat y las tinieblas. Apofis era la encarnación del caos, así como de la insurrección armada.

«Cuando Jepri huía de «La Cena de Gracia», el mismo Osiris lo maldijo por su cobardía, enviándolo a la oscuridad eterna. Se dice que adoptó el aspecto de una serpiente gigantesca, inmortal y poderosa, cuya función consistía en interrumpir el recorrido nocturno de la barca solar conducida por Ra y defendida por Seth, para evitar que consiguiera alcanzar el nuevo día. Apofis representa el mal, con el que había que luchar para contenerlo; sin embargo, nunca sería aniquilada, solo dañada o sometida, ya que de otro modo el ciclo solar no podría llevarse a cabo diariamente y el mundo perecería. Los antiguos egipcios creían que, cuando el cielo se teñía de rojo, era por causa de las heridas provocadas a Apofis

—Para todo bien, siempre hay un mal; es el equilibrio entre el sol y la luna, ¿no es así? —reflexionó Horus, ajustando su espada.

—¡Así es, Horus! —afirmó Maat con solemnidad— Se dice que aquel que tenga el poder del «Escarabajo de Kefrén», al igual que el «Escudo Rojo», podrá comandar a los demonios de la oscuridad, sin importar su tamaño, peso o poder.

—¿Y cómo podremos saber hacia dónde llegar? —preguntó él.

—Debemos dirigirnos al Oeste de la Baja Nubia, hacia el Desierto de Dakka. Antes de topar con el Mar de Sangre, encontraremos una inmensa duna que nunca cambia de lugar. A la caída de Nut, esa duna se abrirá en dos, dejando ver el interior de la montaña donde yace «El Escarabajo de Kefrén».

—¡Andando entonces! —exclamó Horus con firmeza.

En su semblante brillaba una determinación nueva y segura, listo para encarar el desierto.

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