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El Regreso a Kalabsha

El viento del amanecer azotaba los pliegues de lino contra las piernas de Horus, levantando esquirlas de arena que repiqueteaban contra el metal bruñido del Escudo Rojo. A su lado, Maat permanecía de pie, ajustando la correa de cuero de su sandalia sobre el terreno pedregoso de Berenice. Tras sacudirse el polvo de los brazos, clavó su mirada en el horizonte rojizo que comenzaba a encenderse con los primeros rayos del sol. Su postura, erguida y tensa, denotaba la carga de los recuerdos milenarios que su abuela le había grabado en la memoria. Lentamente, giró sobre sus talones para mirar a Horus a los ojos, dejando que su voz firme rompiera el silbido del desierto:

—Hace mucho tiempo, el mundo sucumbió a la oscuridad. La Guerra de los Dioses pareciese interminable, hasta que uno de ellos agarró valor y comenzó a tomar prestado los dones de cada uno de los Dioses del antiguo Egipto. Se decía llamar El Guerrero Legendario, un extraño ser que mantenía el aspecto de los hombres, pero la fuerza de los Dioses, portando en él diversos artefactos que lo ayudaron en su osadía, hasta llegar con el Dios de la Guerra: Seth.

Maat dio un paso firme hacia adelante, gesticulando con las manos abiertas mientras la narración cobraba vida en sus palabras:

—Seth era hijo de Nut y Geb, quien a su vez tenía un hermano llamado Osiris, cuya fuerza era concebida por el mismísimo Ra. Su compañera de vida era Isis, señora de la vida, y juntos los dos gobernaban tanto al Alto Egipto como al Bajo Egipto; hasta que un día, Seth sucumbió a la oscuridad y decidió acabar de una vez por todas con su hermano, quien tenía comprometida la casa de Ra. Seth planeó diferentes formas de exterminar a Osiris, hasta que un día decidió hacer una pequeña cena que definiría el destino del mundo. Planeándolo todo, invitó a diversos hombres y bestias cuyo afán era el servir a la oscuridad. Entre ellos se encontraba el Dios Anubis, Dios del inframundo y de las almas terrenales; igual se encontraban Thot y Ptah, hermanos de La Sabiduría y la Revelación; y Bastet, junto con sus hermanas Sekhmet y Hathor, Las hermanas de la Lujuria, la Soberbia y la Vanidad.

Horus escuchaba con el ceño fruncido, sintiendo el pulso acelerado latirle en las sienes mientras sostenía las riendas de cuero trenzado de Sultán. El semental resoplaba vapor tibio en el aire de la mañana, golpeando la arena con el casco delantero derecho mientras Horus acariciaba su cuello para calmar la inquietud del animal.

—Entre Osiris e Isis concibieron a dos hijos: Horus y Jepri —prosiguió Maat, clavando su mirada profunda en el guerrero—. Horus llamado como El Alba y Jepri El Ocaso. Otro familiar que se oye en las escrituras de las pirámides era Ma’at Seshat, Guardiana de las Escrituras, quien había sido concebida entre Sekhmet y Seth y que, por rebeldía a sus padres, decidió ayudar a los Dioses de la Luz junto con las hijas de un sacerdote proveniente de la División de Amón, llamado Imhotep, y sus fieles sirvientas y a la vez discípulas: Nekhbet y Nejebet. Por último, se encontraba La Diosa del Misterio, Amonet, quien era hermana de Amón y, que al igual que Ma’at Seshat, ella decidió unirse a la oscuridad de Seth. Todos se habían reunido en aquella Cena de Gracia para, supuestamente, llegar a una legión unida y enterrar diferencias; pero lo que no sabía Osiris es que era una trampa de su hermano para terminar de una vez por todas con la vida de él.

Maat apretó los puños, reviviendo el dramatismo de la traición ancestral:

—Acabando la dichosa cena, Seth sacó un sarcófago de oro y apostó a que aquel que entrara en él de manera exacta sería el recompensado y se quedaría con dicho sarcófago. Cada uno de los invitados fue probando el sarcófago hasta que fue el turno de Osiris. Todos, con excepción de Seth, estaban sorprendidos y a la vez atónitos por la exactitud del sarcófago al cuerpo de Osiris. Una vez que su hermano entró en aquel sarcófago, mandó a agarrar a todos los Dioses de la Luz mientras sellaban el sarcófago de Osiris, para después tirarlo al Río Nilo y dejarlo morir en aquel río. En aquel tiempo Horus aún era un niño y Jepri, aunque fuera más grande que su hermano, le hacía falta el valor y decidió correr del lugar, alejándose del sitio donde fue la Cena de Gracia, perdiéndose en el horizonte de aquél antiguo desierto. Horus, en cambio, creció con la imagen viva de la traición de su tío, y cuando éste cumplió los diecisiete años se enfrentó a su tío a muerte, perdiendo uno de sus ojos en dicha guerra. Seth había sido vencido por su sobrino y maldijo a todos quienes tuvieran o llevaran el nombre de Horus o cargaran un corazón noble, y juró que regresaría para destruir a Egipto en su totalidad y desaparecerlo de la faz de la tierra.

Maat respiró hondo, recobrando el presente con determinación y firmeza:

—Ahora nos toca a nosotros, Horus. ¡Si lo que aprendí de mi abuela fue que nunca debo temer por el futuro y siempre luchar hasta la muerte!

Horus apretó la empuñadura del kopesh ceñido a su cinto; el cuero de la empuñadura crujió bajo la presión de sus dedos agarrotados.

—¿O sea que mi destino está sellado? —preguntó Horus, sintiendo una gota de sudor frío escurrirle por la nuca—. ¿Eso trataba de decirme mi abuelo Gebsu? Por eso me entrenó demasiado… pero ¿cómo podré vencer a Seth?

—¡Debemos regresar al pueblo de mi abuela! —sentenció Maat, apoyando la palma en el estribo de madera—. Ella nos dirá qué hacer para poder conseguir o encontrar al Escarabajo Azul. Esa es la clave para que podamos vencer a Seth, nuevamente.

—¡Andando! —concluyó Horus.

De un salto limpio y elástico, Horus montó la cruz de Sultán, extendiendo el brazo derecho para sujetar a Maat por la cintura y subirla tras él. La joven rodeó el torso del guerrero con fuerza, apoyando la frente contra sus omóplatos mientras los talones de Horus golpeaban los flancos del animal. Sultán relinchó, tensó los músculos de los cuartos traseros y salió disparado a galope tendido, devorando las dunas rumbo al oeste bajo un cielo que comenzaba a tornarse plomizo, emprendiendo su viaje de regreso a Kalabsha para darle la noticia a la abuela de Maat de que habían conseguido el Escudo Rojo.

EGIPTO A.C. – TIERRAS DE KALABSHA

Las Tierras de Kalabsha pareciesen como si una horda de flechas de fuego hubiera llovido en esas tierras; todas las casas de adobe y piedra se encontraban en llamas y destruidas, crujiendo bajo espesas columnas de humo negro que asfixiaban el aire. Maat y Horus no lo podían creer; no podían creer lo que sus ojos veían.

Al medio, en la plaza de aquellas tierras calcinadas, se encontraba el cuerpo de Nekhbet tumbada boca abajo. Horus, al verla, decidió galopar más rápido. Llegando a toda velocidad, antes de que Maat desmontara de forma imprudente, Horus la detuvo con el brazo y procedió de inmediato a inspeccionarla.

—Señora Nekhbet, ¿se encuentra bien? —preguntó Horus con la voz entrecortada por la angustia.

—¡Ho… Horus! —brotó un murmullo agónico de los labios de la anciana.

—¡Abuela! ¿Abuela, qué tienes? —Maat se acercó rápidamente a su abuela, arrojándose al suelo junto a ella.

—¡E… el… Escudo… Escarabajo… Azul! —balbuceó Nekhbet con dificultad extrema entre las cenizas.

—¡Resista, señora Nekhbet! ¡La vamos a ayudar! —exclamó Horus, buscando sostenerla.

—¡Co… corran! ¡Bu… s… car!

—¡Abuela! ¡No me dejes! ¡Abuela! ¿Qué tienes? ¿Por qué estás tan pálida? —suplicaba Maat destrozada; su única familia era Nekhbet.

—¡Mi… alma! ¡Vá… yanse! ¡Tar… de!

Nekhbet comenzaba a gritar con un alarido desgarrador, se tocaba la cara con las manos crispadas y nuevamente comenzaba a rejuvenecer de golpe; su piel flácida se estiraba de manera antinatural mientras una sombra tétrica la invadía.

Detrás de Horus y Maat se encontraba Nejebet, emergiendo de entre las cortinas de humo, y con risas comenzó a decir:

—¿Ahora se dan cuenta? ¡Nekhbet ya no es Nekhbet! ¡Ahora su alma le pertenece a Seth! ¡Y Seth los destruirá antes de que encuentren el escarabajo azul! —soltó en medio de risas descontroladas.

—¡Abuela… abuela! —gritaba asustada Maat, invadida por el pánico.

—¡Vámonos de aquí! —bramó Horus.

Horus agarraba con problemas a Sultán, pues la impaciencia y el miedo de éste ante el fuego lo habían dejado descontrolado. Jaló a Maat con fuerza para apartarla del peligro, tomó con firmeza el Escudo Rojo asegurándolo a su espalda y montaron de inmediato para huir de Kalabsha a toda prisa.

Nekhbet había vuelto a tomar la forma de buitre; aún yacía en esa bestia el alma bondadosa de la abuela de Maat, y ambas criaturas oscuras comenzaron a elevarse cada vez más en el cielo ennegrecido, mientras Horus y Maat huían a galope tendido de las ruinas de Kalabsha.

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