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Un nuevo comienzo

TIERRAS DE BERENICE

«¡Abuela, hemos llegado!»

El olor a ceniza y sangre estancada inundaba los pulmones de Horus. La casa de Nekhbet no era más que un esqueleto de piedra envuelto en penumbra. A su lado, Maat estaba paralizada, con los ojos anegados en lágrimas, buscando desesperadamente entre los escombros.

—¡Señora Nekhbet! ¡Responda! —rugió Horus, desenvainando su kopesh y su espada con las manos temblorosas.

De pronto, las sombras cobraron vida. Una fuerza brutal e invisible apresó a Horus por la espalda, inmovilizando sus brazos. Frente a él, otra sombra informe se alzó sobre Maat.

—¡Maat! ¡No! —gritó el joven guerrero, forcejeando con la furia de un animal acorralado.

Fue inútil. La sombra alzó una hoja afilada y oscura, hundiéndola sin piedad en el pecho de la joven. Mientras Horus ahogaba un grito desgarrador al verla desangrarse, una segunda espada fría y letal le atravesó la espalda, perforando su propio corazón.

La vida se le escapaba, hasta que una luz dorada y cegadora, como una mano cálida descendiendo desde el mismo astro de Ra, lo tocó en medio de la oscuridad absoluta.

Horus abrió los ojos de golpe. Su pecho subía y bajaba con violencia, buscando el aire helado de la madrugada. Estaba empapado en un sudor frío, con las manos aferradas a la arena rasposa de Berenice en un acto de instinto puro.

—¿Qué te pasa, Horus? ¿Te encuentras bien? —preguntó una voz cálida a su lado.

Maat lo miraba con el rostro desencajado por la preocupación, intentando despertarlo de su trance. A pocos metros, Sultán removía la tierra con sus cascos, inquieto por el súbito sobresalto de su amo.

Horus parpadeó, sintiendo el peso reconfortante y real del Escudo Rojo a su espalda. Estaban vivos. La batalla contra las brujas había terminado la noche anterior, pero la pesadilla le recordaba que la guerra apenas comenzaba. Tragó saliva, secándose el sudor de la frente, y obligó a su respiración a calmarse.

—Debemos continuar el viaje, Maat —murmuró Horus con la voz ronca, recuperando su aplomo—. Es la promesa que le hice a tu abuela.

El joven guerrero se puso de pie, observando la inmensidad del desierto que se extendía ante ellos bajo las primeras luces del alba.

—El Escudo Rojo solo fue el primer paso —sentenció Horus, con la mirada endurecida por la determinación—. Los antiguos pergaminos hablan de que en Egipto hay más reliquias ocultas bajo las dunas. Artefactos capaces de detener a los demonios del Bajo Egipto… Ahora necesitamos buscar un elemento más. Debemos encontrar el Escarabajo Azul

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