EGIPTO A.C. – 10 AÑOS DESPUÉS
Cuenta la leyenda que, dentro de una recóndita cueva, se encuentra custodiado un imponente artefacto bautizado como el Escudo del Mundo o el Escudo Rojo. Los antiguos relatos aseguran que aquel guerrero que logre obtener dicho emblema y encuentre al animal sagrado, manipulará el destino de Egipto y del mundo entero.
—Muchos han querido buscar ese escudo, y cuando consideran que lo tienen cerca, se dan cuenta de que ese escudo no es el escudo correcto —advirtió Gebsu a su nieto.
Horus, a sus recién cumplidos diecisiete años, ostentaba una estatura media, piel morena clara y unos penetrantes ojos grises. Como el descendiente más letal y poderoso de su legado, había demostrado a lo largo de los años un inquebrantable valor, respeto y dignidad por la sangre de su pueblo. Su abuelo Gebsu, ahora investido con el Título de Sacerdote por el faraón Ramsés gracias a sus dotes tácticos tras la invasión al Imperio Enemigo, clavó su mirada en él,.
—¡Debes estar listo, pues este viaje sin retorno te hará cada vez más fuerte, pero igual, puede costarte la vida! —le dijo el veterano guerrero, apelando a la fortaleza de su carácter. —Toma la espada y el kopesh, enváinalos y llévatelos. Más adelante del desierto, en un pequeño pueblo, te verás con una dama, nieta de una bruja que te ayudará a encontrar el Escudo Rojo.
—¡Estoy listo para todo, Gebsu! ¡Años de entrenamiento me han de servir para afrontar todo peligro y protegeré estas armas como a mi propia vida! —respondió Horus con fervor y seguridad,.
Horus se dirigió hacia su fiel equino, un majestuoso semental de color miel con crines de pigmentación casi dorada y patas de calzado alto. La bestia, conocida como Sultán por el careto fino y de color nevoso en su frente, poseía un galope tan fino como el de un corcel de emperador romano. Horus no necesitaba usar fustes ni lazos; el simple sonido de su voz bastaba para que Sultán entendiera y avanzara,.
Gebsu observó desde la Plaza de Armas cómo la silueta de Horus y su caballo se iban difuminando lentamente bajo los intensos rayos del sol naciente de Ra.
Antes de partir de lleno a las implacables dunas, Horus detuvo su marcha frente al Templo de Osiris. Allí, supuestamente, yacían los restos de su madre, quien le había encomendado a Gebsu su cuidado. Sin embargo, la cruda realidad era que ella había desaparecido diez años atrás durante la guerra, habiéndose atrevido a desobedecer las órdenes del propio Ramsés y de Gebsu para proteger a la Baja Nubia,. Para no quebrar el espíritu de un Horus de apenas siete años, Gebsu le había ocultado la verdad bajo la piadosa mentira de una muerte mientras él dormía.
—Madre, si estuvieras con vida, estarías orgullosa de mí —susurró Horus frente a la lápida inerte—. Ahora soy un hombre hecho y derecho, y defenderé a la Baja Nubia, a Egipto y al mundo,.
Al darse la vuelta para abandonar el santuario, una silueta lo observaba fijamente desde el rincón del templo. La misteriosa figura vestía un jilbab café, ocultando su rostro tras un velo tagelmust, dejando a la vista únicamente unos ojos delineados con un denso y oscuro mesdemet. Con un súbito resoplo de aire en las afueras del templo, el individuo desapareció como si se tratara de un fantasma de arena,.
Horus montó a Sultán y espoleó su marcha hacia el pueblo de Amada. El trayecto fue largo y asfixiante, y mientras galopaba con la vista perdida en el horizonte, los recuerdos del crudo y violento entrenamiento con su abuelo resonaron en su mente.
—¡Vamos, Horus! ¡Levántate! ¡Defiéndete!. —¡Vista al frente, Horus! ¡Concéntrate!. —¡VAMOS! ¿Acaso no puedes darme más fuerte?. —¡HORUS! ¡HORUS! ¡HORUS!.
—Mi entrenamiento fue bastante fuerte, pero aquí sigo de pie, galopando a tu lado, mi querido Sultán —murmuró Horus con lucidez,. El semental resopló y movió la cabeza, como si comprendiera perfectamente sus palabras.
Finalmente, tras la extenuante travesía, llegaron al Pueblo de Amada. Horus desmontó y comenzó a halar lentamente a Sultán por las calles; los habitantes lo observaban con timidez y le temían, intimidados por su recio porte y la imponente espada en su espalda junto al kopesh entrelazado en su cintura,. El joven guerrero, cubierto únicamente por su thawb, emanaba una presencia física abrumadora a pesar de sus diecisiete años.
De entre la multitud temerosa, Horus divisó nuevamente a la enigmática figura del jilbab café.
—¡Buenas noches! ¡No teman, vengo de paso, provengo del Reino del faraón Ramsés! —anunció Horus dirigiéndose a la muchedumbre—. Sultán y yo venimos cansados, andamos en busca del Legendario Escudo Rojo.
Al escuchar el nombre de la reliquia, la figura misteriosa bajó su tagelmust. La tenue luz del lugar reveló el rostro de una mujer de tez clara, con una marca distinguida en la frente, cabello castaño y unos perturbadores ojos verde carmesí remarcados por el mesdemet,. En un instante de pánico a ser reconocida, la mujer se cubrió el rostro nuevamente y se escurrió hacia un espacio completamente oscuro hasta desaparecer por segunda ocasión,.
—¿Quién será? —susurró Horus a un costado de Sultán.
—¡Yo puedo ofrecerte posada! —exclamó una anciana de sonrisa afable, levantando la mano desde la multitud—. Mi nombre es Nekhbet. Conozco el Pueblo de Kalabsha, allí vive mi nieta Maat, y ella te podrá acompañar a buscar ese codiciado escudo,.
—¿Entonces usted es la bruja que mi abuelo me comentó? —Horus sonrió con alivio—. Gebsu me dijo que usted me ayudaría.
La sonrisa de la anciana se transformó en un rictus de grave advertencia.
—A mi edad será muy difícil ayudarte, pero debes saber algo, joven Horus: el Escudo Rojo es codiciado y no estás solo en tu búsqueda. En el Bajo Egipto, un demonio llamado Seth ha despertado, un ser capaz de invocar demonios y poseer las almas de los muertos. Mi hermana Nejebet, una joven hermosa de cabello castaño y enormes ojos verde carmesí, murió a los diecisiete años… pero su tumba fue profanada y se robaron su cuerpo,.
Nekhbet hizo una pausa trágica antes de continuar relatando la crudeza de su pasado.
—Una noche, lo que quedaba de mi hermana apareció. Sus ojos estaban completamente dilatados,. Me tomó por el cuello con una voz diabólica que no era la suya, exigiéndome unirme a la oscuridad y a la inmortalidad. Tuve que darle una patada en el estómago para defenderme, negándome a ser parte de sus perversos planes,. Desde esa noche, Nejebet escapó y entendí que Seth es un demonio capaz de hacer lo que sea por gobernar Egipto.
Horus unió las piezas como un tajo de acero y su pulso se aceleró. —Ahora que recuerdo… en la plaza, a lo lejos, me pareció ver a una persona con las mismas características de su hermana Nejebet.
Nekhbet palideció, evaluando el peligro mortal. —¡Debemos tener mucho cuidado! Nejebet puede oler el miedo y emerger entre las sombras. Si nos encuentra, estaremos perdidos. Lleva a tu equino a descansar al establo, mientras te preparo algo para que cenes.
—¡Se lo agradezco mucho, Nekhbet! —respondió Horus asintiendo.
El guerrero guió a Sultán hacia el refugio, consciente de que la verdadera contienda mágica sobre las arenas del desierto acababa de ser inaugurada.













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