KALABSHA
La brisa matutina traía el olor a cardamomo, lino fresco y pan recién horneado desde el corazón de Kalabsha. El sol apenas despuntaba, pero los mercaderes ya exhibían sus mejores telas y especias bajo los rústicos arcos de piedra. Entre la multitud se abría paso Maat. Su presencia parecía detener el tiempo a su alrededor; caminaba con una gracia natural, ignorando las miradas de admiración de los mercaderes mientras seleccionaba cuidadosamente las hojas y raíces que su abuela le había encomendado. Tras llenar su cesto, emprendió el regreso a casa, ajena a la tormenta que estaba por desatarse.
El calor matutino ya inundaba la rústica casa de piedra arenisca cuando la pesada puerta de madera se abrió con un crujido. Un sonido metálico y apresurado hizo que Horus, quien yacía descansando, se pusiera de pie de un salto, aferrando el mango de su espada por instinto.
—¡Abuela, ya vine! Traje los ingredientes —anunció una voz fresca en la entrada.
Frente al joven guerrero apareció Maat. Llevaba una túnica blanca y corta, atada a la cintura con el nudo sagrado de Isis, y una corona de flores silvestres sobre su cabello castaño. Sus enormes ojos oscuros, delineados con un denso y elegante mesdemet, se clavaron en él. Acostumbrado a la rudeza, al calor del combate y al olor de la muerte, Horus quedó paralizado. Su guardia se desmoronó por completo, hipnotizado por el contraste de aquella pureza irrumpiendo en su mundo de guerra.
Nekhbet sirvió una infusión humeante y sonrió ante el pesado silencio de ambos.
—Es el nieto de Gebsu —dijo la anciana para romper el hielo—. Nos salvó de los jinetes de Aniiba en medio de la tormenta.
Maat dejó su cesto sobre la mesa, le ofreció una sonrisa cálida y extendió su mano. Horus la tomó con gentileza. La piel de la joven era suave, pero el pulso del guerrero se aceleró, sintiendo un latido desbocado que jamás había experimentado ni en el campo de batalla más sangriento.
—Necesito que guíes a Horus hacia las cuevas de Berenice —indicó Nekhbet a su nieta, para luego volverse hacia el guerrero con una mirada ensombrecida y severa—. Horus, júrame que cuidarás de ella. El destino de ambos está sellado.
Horus asintió, prometiendo con su propia vida. Salieron juntos hacia la plaza central para preparar a Sultán, dejando a Nekhbet sola en la casa.
Apenas la pesada puerta de cedro se cerró, las sombras del interior comenzaron a retorcerse de forma antinatural. El aire se volvió gélido y denso.
—¿Te acuerdas de mí? —siseó una voz desde la penumbra.
Nejebet emergió con su jilbab café, arrastrando una sonrisa macabra. Nekhbet no retrocedió. Su mirada se endureció al reconocer a la hereje y la observó de pies a cabeza.
—Veo que Seth ha hecho un fabuloso trabajo con tu cuerpo, pues te sigues conservando joven —escupió la anciana con desprecio.
—Tú sabes lo que quiero —respondió Nejebet, saboreando la tensión—. Únete, hermana, y Seth te ayudará a recuperar tu juventud. Además, dime… ¿dónde está el Escudo Rojo?.
—El Escudo Rojo no lo tengo aquí, y aunque lo tuviera, jamás pensaría en entregártelo. ¡Antes de unirme a ustedes, prefiero mil veces que me cremen! —rugió Nekhbet, aferrando bajo su túnica una pesada daga de plata.
Una carcajada hueca y desprovista de humanidad escapó de los labios de Nejebet. —¡Ay, hermanita! ¿Aún sigues enojada por aquella vez que te visité? Han pasado diez años. ¡Mírate, toda vieja y arrugada! ¡Pareces una uva seca andante!.
Nekhbet extrajo rápidamente la hoja de plata, adoptando la postura de combate de sus años de gloria militar. —¡Prefiero mil veces ser una uva seca andante que servirle al demonio Seth! ¿Acaso no te das cuenta de que te ha convertido en una bestia? Deberías estar ya en el Reino de Osiris, no rondando como un ánima en pena durante toda la eternidad —sentenció la anciana, apuntándole con el arma.
Nejebet comenzó a acortar la distancia, sus ojos inyectados en una ambición ciega. —¡La incrédula eres tú, hermana! Seth es muy poderoso y con el Escudo Rojo será invencible. Él me ha dado todo lo que siempre quise en vida: riquezas, oro, joyas. ¡Jamás pasé penumbras con él!.
—¡Tarde o temprano Seth te quitará todo y se alimentará de tu carne! —advirtió Nekhbet, tensando los músculos.
El ataque fue inminente. Nejebet se abalanzó con una fuerza abrumadora, pero Nekhbet esquivó el primer golpe con una agilidad sorprendente para su edad y trazó un corte rápido que rasgó la tela y la carne del brazo de su hermana.
Un alarido de furia escapó de Nejebet al ver su propia sangre derramada. —¿Acaso crees que con una daga de plata me matarías? —rugió la bruja, mientras sus manos se transformaban instantáneamente en afiladas y enormes garras—. ¡Sigues siendo la misma niña incrédula! ¡No soy un lobo para que la plata me mate!.
La pelea se volvió una carnicería. Nekhbet intentó asestar una segunda estocada directa al corazón, pero la fuerza sobrenatural de su hermana corrupta fue demasiado abrumadora. Nejebet atrapó la muñeca de la anciana, desarmándola con un crujido, y la arrojó brutalmente hacia el centro de la sala. El impacto derribó el fuego del hogar. Las brasas ardientes se esparcieron sobre las alfombras resecas y los frascos de aceite, encendiendo las maderas en cuestión de segundos.
Rodeada por un muro de fuego que devoraba la casa, Nejebet alzó a la anciana por el cuello. —¡Únete a nosotros, Nekhbet! Y dinos ¿Dónde está el Escudo Rojo? —exigió con voz diabólica.
—¡Ese secreto me lo llevaré hasta mi muerte! —gritó Nekhbet, asfixiándose entre el humo y las garras.
Con una sonrisa sádica, Nejebet apretó su agarre y, con un chasquido sordo que se perdió entre el crepitar de las llamas, le quebró la espalda.
Afuera, en la plaza, el relincho alterado de Sultán advirtió a Horus. Una densa columna de humo negro devoraba el cielo de Kalabsha.
—¡Abuela! —gritó Maat, petrificada por el terror al ver su hogar consumido por el fuego.
—¡No te muevas de aquí! ¡Iré a buscarla! —le ordenó Horus valientemente.
Desenvainando su kopesh y su espada, el guerrero corrió hacia las llamas, esquivando las vigas ardientes y los techos que colapsaban. El interior era un infierno asfixiante de humo y ceniza. Mientras el calor le quemaba la piel y nublaba su visión, las severas palabras de la anciana resonaron en su mente como un eco inquebrantable: «Horus, júrame que cuidarás de ella. El destino de ambos está sellado».
Aferrando sus armas con desesperación, se abrió paso a ciegas por la estancia cubierta de sangre.
—¡Señora Nekhbet! ¡Responda! —rugió Horus, tosiendo por la densa humareda negra. —¡Señora Nekhbet! —volvió a gritar, adentrándose en la recámara envuelta en fuego.
De pronto, a través de la ventana destrozada en la parte trasera, el guerrero solo alcanzó a escuchar un graznido ensordecedor. Un colosal buitre negro alzaba el vuelo hacia el desierto, llevándose entre sus garras el cuerpo inerte de Nekhbet.
Horus regresó a la entrada, cargó en sus fuertes brazos a una Maat muda, paralizada por la magnitud de la tragedia, y la alejó del fuego ardiente. La verdadera cacería en el desierto acababa de comenzar.













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