PRÓLOGO EGIPTO, A.C.
Bajo la mirada implacable de Ra, el horizonte hervía frente a las colosales pirámides de Guiza. Los mercenarios del faraón Ramsés cabalgaban como una tormenta del desierto, levantando densas nubes de polvo dorado para aplastar a los pueblos enemigos.
A la cabeza de la ofensiva rugía Gebsu, un guerrero formidable cuya sola presencia doblegaba el espíritu de los invasores. A una señal de guerra, los arqueros de la Baja Nubia alzaron sus arcos hacia el sol naciente, dejando caer una lluvia de muerte sobre las líneas contrarias como si de una tormenta de otoño se tratase.
Gebsu avanzó a pie, escudado tras una gruesa madera curtida. Su kopesh brillaba con cada giro, segando las vidas enemigas mientras el choque del bronce y el acero se ahogaba bajo los cánticos y el grito de guerra de los soldados.
De pronto, una flecha surcó el caos y perforó a la bestia que tiraba del carro del faraón. El animal colapsó sobre las dunas. En su desesperación por proteger a su rey y evitar la caída del imperio, Gebsu abandonó su escudo en la arena y corrió hacia Ramsés. En el trayecto, un dardo enemigo le rozó el brazo derecho, derramando las primeras gotas de su sangre sobre la tierra sagrada.
—¿Qué estás haciendo, Gebsu? ¡Déjame y defiéndete, no quiero perder a mi Gran Guerrero! —rugió Ramsés, sosteniéndose entre los restos del carruaje.
—¡No dejaré caer a mi rey, faraón Ramsés! ¡Por usted daré la vida ante todo! —le respondió Gebsu, cubriendo a su señor con su propio cuerpo.
—¡Eres un gran soldado! Si logramos invadir al enemigo hoy, te otorgaré mi favor para que tu descendencia lidere nuestras tropas —sentenció el faraón, elevando la promesa a los cielos.
El retumbar de los cascos anunció a la élite enemiga. Al frente cabalgaba Musulem, un jinete hereje adornado con un macabro collar tejido con huesos humanos. El invasor alzó su espada para asestar el golpe definitivo contra Ramsés.
Pero Gebsu emergió de la arena como una furia del Nilo. Su kopesh trazó un arco ascendente brutal, un destello curvo que cercenó la mano del atacante de tajo. El arma enemiga y el miembro amputado volaron por los aires, perdiéndose en las fauces de una extraña cueva sepultada por las dunas.
Musulem se desplomó de su montura con un aullido de agonía. Sin piedad, Gebsu hundió la hoja curva en el vientre del invasor, abriendo su carne y derramando su esencia vital sobre la arena, como una oscura ofrenda a los dioses de Egipto

















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