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La Promesa, de una leyenda

TIERRAS DE BERENICE

El viento del desierto comenzó a limpiar el polvo y la ceniza sobre las colosales ruinas de Berenice. La magia oscura se había disipado por completo, dejando a su paso el silencio de un antiguo cementerio de piedra. En el horizonte, Ra iniciaba su descenso, bañando las dunas con una cálida y majestuosa luz dorada que contrastaba con la sangre derramada en la batalla.

Horus respiraba con pesadez. Aseguró el imponente Escudo Rojo a su espalda; el metal sagrado aún conservaba un leve calor místico tras repeler a las sombras. A pocos metros, Sultán resopló con tranquilidad, sacudiendo la arena de sus crines de color miel, sabiendo que la cacería había terminado.

Maat se acercó al joven guerrero a paso lento. Su abaya blanca estaba rasgada y sujeta al cansancio, pero sus oscuros ojos seguían brillando bajo el espeso mesdemet. Al detenerse frente a él, una lágrima rezagada, cargada con el terror de la traición y la pérdida de su hogar, rodó por su mejilla cubierta de polvo.

Con una delicadeza que contrastaba con la fuerza bruta que acababa de destrozar a las brujas herejes, Horus levantó su mano, áspera por la empuñadura del kopesh, y le limpió suavemente la lágrima del rostro.

Maat sonrió levemente, mostrando una expresión frágil pero llena de profundo alivio. Sin dudarlo un segundo, se apoyó en el firme pecho de Horus y lo abrazó con fuerza, buscando un ancla de vida entre tanta muerte. Aferrada a él, levantó la mirada y le exigió un juramento: —¡Júrame que nada malo me pasará! —suplicó, con la voz quebrada pero llena de determinación.

Horus le sostuvo la mirada, consciente de que ahora cargaba no solo con el artefacto más poderoso de Egipto, sino con el destino de la joven de Kalabsha. —¡Juro que nada malo te pasará, Maat! —sentenció el guerrero, sellando la promesa con el honor de la sangre de Gebsu.

Horus acarició su rostro con devoción. Lentamente, acortaron la distancia hasta que sus labios se juntaron en un beso profundo y tierno. Fue un instante de paz absoluta, un pacto silencioso forjado bajo el atardecer de Guiza, donde el acero y la magia oscura cedieron su lugar a la calidez humana.

He aquí el comienzo de la verdadera leyenda. La primera sangre había sido derramada, y el guerrero de la Baja Nubia ahora debía prepararse para cabalgar hacia su próximo y letal objetivo.

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