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Las Bestias de las Arenas

EGIPTO A.C.

El desierto se desdibujaba bajo los cascos de Sultán. El corcel de color miel galopaba con una velocidad sobrenatural, casi volando sobre las traicioneras dunas de arena ardiente. Aferrada a la espalda de Horus, Maat temblaba incontrolablemente. Su rostro estaba hundido entre los omóplatos del guerrero, muda, con la mirada perdida y la mente aún atrapada en el horror de las vigas cayendo, la sangre derramada y el crepitar del fuego que había consumido su hogar.

—¡Ese maldito Buitre Negro tiene a tu abuela! ¡Más rápido, Sultán! —rugió Horus, sintiendo la sangre hervir de coraje en sus venas.

En lo alto del cielo despejado, la silueta oscura del buitre gigante se recortaba contra el sol implacable, dirigiéndose hacia las Tierras de Berenice. Horus sabía que no podía darle tregua. Soltando las riendas por un instante y confiando en el instinto de su fiel corcel, el guerrero desenfundó el arco de madera curtida y las flechas que había rescatado de las ruinas de la casa de Nekhbet.

Calculando la velocidad del viento, la caída de la arena y el movimiento del ave en pleno vuelo, Horus tensó la cuerda hasta rozar su propia mejilla. Liberó el proyectil. La flecha surcó el aire caliente con un silbido letal y se incrustó profundamente en la pata izquierda del buitre.

Un graznido ensordecedor, agudo y antinatural, desgarró los cielos. La sangre oscura llovió sobre las dunas.

Pero el grito de agonía de la bestia hereje no fue un simple lamento; fue un llamado de guerra.

La tierra frente a ellos comenzó a temblar con violencia. Las dunas doradas estallaron en géiseres de polvo y roca. De las profundidades del desierto emergieron dos monstruosidades colosales: las serpientes Apep. Bestias de pesadilla con cuerpos acorazados similares a los de un hipopótamo deforme y cabezas de reptil gigantescas, armadas con colmillos destilando veneno oscuro.

El relincho aterrado de Sultán frenó la marcha abruptamente.

—¡Sostente fuerte, Maat! —gritó Horus, desenvainando su armamento.

El impacto del grito y la aparición de las bestias sacudieron a Maat de su trance. Al ver a las dos imponentes criaturas preparándose para aplastarlos, el terror inicial de la joven se transformó en pura adrenalina.

—¿Estás loco, Horus? ¿Ya viste el inmenso tamaño que tienen? —exclamó ella, sintiendo el aire faltarle. —¡Confía en mí! ¡Hazlo por tu abuela! —replicó el guerrero.

Esa orden fue el detonante. Maat, negándose a ser una simple víctima en las arenas, estiró la mano y desenvainó la pesada espada de acero de la espalda de Horus. Cuando la primera serpiente Apep lanzó una embestida lateral para morder las patas de Sultán, Maat alzó la hoja con ambas manos, trazando cortes defensivos que chocaron contra las escamas de la bestia, obligándola a retroceder entre gruñidos.

—¡Son veloces, Horus! ¡Quieren matar a Sultán! —¡No en mi presencia! ¡Sostén las riendas! —ordenó Horus.

Con un salto magistral, el guerrero abandonó la silla de montar y cayó directamente sobre la arena hirviente, interponiéndose entre su caballo y la primera bestia.

—¡Horus, cuidado! —gritó Maat.

El joven guerrero no titubeó. Empuñando el pesado kopesh de bronce de su abuelo, se deslizó bajo las fauces de la primera serpiente Apep. Con un arco ascendente brutal, golpeó el inmenso cráneo de la criatura y, en un movimiento continuo, hundió la hoja curva directamente en los enormes ojos dilatados del monstruo. La bestia se retorció en agonía, azotando la arena antes de colapsar sin vida.

La segunda serpiente, enfurecida por la caída de su compañera, fijó su letal mirada en el joven. Horus sabía que un ataque frontal sería un suicidio. Extrajo una flecha de su carcaj, la frotó rápidamente contra los colmillos empapados de veneno de la bestia muerta y, chocando la punta de bronce contra el pedernal de su cinturón, encendió la flecha en brasas.

Cuando la segunda bestia abrió sus fauces para devorarlo, Horus tensó el arco y disparó directo a la garganta blanda de la criatura. El fuego y el veneno hicieron que la serpiente se asfixiara, alzando la cabeza en busca de aire.

Era el momento. Horus se impulsó desde las dunas, saltó sobre el lomo escamoso de la bestia y hundió el kopesh profundamente en su garganta, desgarrando carne y tendones. Usando el impulso del tajo y el peso de la bestia al caer, Horus dio una voltereta en el aire, aterrizando limpiamente de regreso sobre la silla de montar detrás de Maat.

—¡Andando, Sultán! —ordenó, mientras la segunda bestia se desangraba sobre el desierto.

Siguieron el rastro oscuro del buitre en los cielos hasta que el galope fue interrumpido por la inmensidad del Lago Náser. Las oscuras aguas bloqueaban el paso hacia las ruinas de Berenice.

—¡Tendremos que cruzar nadando! —sugirió Horus desesperado, viendo cómo el ave se alejaba. —¡No, espera! —lo detuvo Maat, señalando las turbulentas aguas—. El Lago Náser está repleto de lagartos y cocodrilos hambrientos. Destrozarán a Sultán antes de llegar a la mitad. Debemos buscar otra forma.

Explorando rápidamente la orilla, Horus encontró una inmensa y afilada roca de piedra caliza y un grueso tronco de madera petrificada. Usando el tronco como palanca y empleando toda la fuerza bruta de sus músculos entrenados, el guerrero logró empujar la colosal roca hacia el interior del lago. El pesado bloque de piedra se hundió lo suficiente para crear un puente improvisado.

Solo quedaban cinco metros de aguas traicioneras. Horus y Maat montaron nuevamente. Sultán retrocedió unos pasos, resopló desafiando al peligro, y emprendió una carrera a toda velocidad hacia la roca. Con un poderoso salto, el corcel se elevó por el aire, cruzando la brecha de agua oscura y aterrizando a salvo en la otra orilla.

Habían llegado a las Tierras de Berenice. Sin embargo, el esfuerzo había cobrado su cuota; Sultán estaba exhausto, y el sol comenzaba a ocultarse, cediendo el paso al gélido frío del desierto nocturno. Decidieron continuar a pie, guiando al caballo por las riendas hasta encontrar refugio bajo una formación de rocas milenarias.

Mientras Horus recolectaba leña seca y encendía una fogata para combatir el frío que calaba los huesos, Maat se encargó de cepillar el pelaje cubierto de arena de Sultán, ofreciéndole pequeñas zanahorias que había salvado de su cesto del mercado.

El silencio entre ambos era denso. Las llamas iluminaban el rostro cansado de la joven.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Horus en voz baja, rompiendo el hielo. —Gracias por ayudarme… —Maat se abrazó a sí misma, exhalando un leve vaho por la baja temperatura—. ¿Crees que podremos recuperar a mi abuela con vida?

Horus bajó la mirada hacia el fuego. En su mente se proyectaban las imágenes de la sangre esparcida, los muebles destrozados y el humo asfixiante del hogar en Kalabsha. Sabía que las posibilidades de que Nekhbet hubiera sobrevivido a ese ataque letal eran casi nulas. Pero no podía arrebatarle la esperanza a la chica.

—Tengo mis dudas, pero no hay que perder las esperanzas —respondió Horus con voz firme, buscando su mirada—. Verás, Maat… antes de salir de tu casa, tu abuela me hizo jurar una promesa. Me pidió que pasara lo que pasara, yo cuidara de ti. Y que por nada del mundo permitiera que te alejaras de mí.

Al escuchar esas palabras, el dolor en el rostro de Maat cedió ligeramente, dando paso a una tierna sonrisa de agradecimiento. Se levantó, sacudió la arena de su abaya blanca y se acomodó cerca del calor de las rocas para descansar. La fuerza y protección que emanaba de Horus le daba una extraña y reconfortante paz.

Mientras ella dormía, Horus se quedó despierto. Apoyado contra la roca, con su espada en el regazo y la mirada fija en el oscuro horizonte desértico, el guerrero veló los sueños de Maat. La verdadera cacería en las ruinas de Berenice los esperaba con las primeras luces del alba.

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