Han pasado dos semanas desde mis últimos banquetes y el hambre ha vuelto a despertar.
Son cerca de las ocho de la noche y el asfalto mojado refleja las luces amarillentas de la calle. Camino tranquilo bajo la cúpula negra de mi paraguas, silbando una melodía relajada que hace eco con el repiqueteo de mis zapatos sobre los charcos. Todo es paz en mi cabeza, hasta que la veo.
Es una muchacha preciosa. Lleva unos shorts blancos muy por encima de la rodilla que dejan a la vista unos muslos firmes y provocativos; pura carne apetitosa que hace que mi silbido se detenga de golpe. Su playera blanca, ligera, se le pega ligeramente a la piel por la brisa húmeda, y sus zapatos de charol color crema marcan un paso rápido, ingenuo, sobre la acera.
Me trago las ganas y me mimetizo con las sombras de los edificios, siguiéndola a una distancia prudente. Mis pisadas no hacen ruido. Ella, buscando acortar su camino hacia casa, comete el peor error de su noche: dobla por un callejón estrecho y oscuro. Ladrillo sucio a los lados y un muro alto de concreto al fondo. Un callejón sin salida. ¡La trampa perfecta!
Me detengo justo en la entrada, bloqueando la única vía de escape. Cierro el paraguas. El chasquido metálico suena como un latigazo en el silencio de aquel callejón.
Ella se detiene en seco y gira sobre si. Sus ojos chocan con mi silueta plantada en la penumbra. Se da cuenta de inmediato de que está acorralada y el pánico le inunda la cara. Abre la boca de par en par para soltar un grito, para pedir auxilio, pero el terror puro le roba el aire. El miedo la asfixia tanto que la voz no le sale. Solo escapa un jadeo mudo de su garganta mientras sus piernas tiemblan, incapaces de dar un solo paso.
El chasquido del metal aún resuena en las paredes húmedas. Con una lentitud aterradora, levanto el paraguas cerrado y lo apoyo sobre mi hombro derecho, sosteniéndolo con la misma naturalidad con la que un matón callejero sostendría un garrote de hierro o un bate de béisbol.
El silencio del callejón solo es interrumpido por el gorgoteo constante de la llovizna escurriendo por las alcantarillas. Para romper esa monotonía, frunzo los labios y empiezo a silbar. Es una melodía alegre, rítmica y clásicamente optimista: Singin’ in the Rain. Una tonada que debería ser inocente, pero que ahora, rebotando en los ladrillos oscuros de esta trampa y acompañada por mi paraguas, adquiere una resonancia enfermiza, macabra y sádica.
Doy un paso hacia ella. Lento. Disfrutando el sonido de mis suelas aplastando los charcos. Ella tiembla violentamente, con la espalda pegada al muro de concreto, como si suplicara fundirse con las piedras.
Una sonrisa amplia, torcida y cargada de un cinismo absoluto se dibuja en mi rostro. La escaneo de pies a cabeza con un descaro lascivo, deteniéndome en la piel expuesta de sus muslos antes de clavar mis ojos directamente en su terror.
—Es curioso, ¿verdad? —comienzo a decir, arrastrando las palabras con un tono rasposo, casi teatral, como si estuviéramos compartiendo un chiste que solo yo entiendo—. Sales de tu casa, te pones esos coquetos pantaloncitos blancos, te miras al espejo pensando en quién te va a desear esta noche… Crees que tienes el control. Crees que el mundo funciona bajo un conjunto de reglas. Que, si caminas rápido y no miras a los monstruos, la vida te dejará llegar a salvo a tu cálida cama.
Suelto una risita baja, seca y carente de cualquier empatía. Doy otro paso, acortando el cerco. El silbido de la canción ha cesado, dejando solo el susurro de la lluvia.
—Pero las reglas son una broma. Una mentira ridícula que la gente se inventa para no volverse loca de terror. Solo hace falta un pequeñísimo desvío… una mala decisión hacia un callejón oscuro, para demostrar que el caos es el único dueño de esta ciudad. Y de repente… la burbuja estalla. Y quedamos tú, yo, y la oscuridad.
Inclino un poco la cabeza, saboreando el espectáculo. Su pecho sube y baja frenéticamente bajo la playera húmeda, luchando por un aire que no llega.
—Mírate… —murmuro, relamiéndome los labios con una fascinación oscura—. Estás temblando como un pequeño gorrión empapado. Me fascina. ¿Sabes? La mayoría de los idiotas de allá afuera pasan toda su vida adormecidos, anestesiados por su aburrida rutina. Pero tú no. Tú, en este preciso milisegundo, estás más viva que nunca. Sientes cada maldita gota de lluvia en tu piel, cada latido de tu corazón golpeando tu pecho como si quisiera escapar de ti. Es el miedo. El miedo puro, hermoso y salvaje. Y yo… yo soy el único afortunado con un boleto de primera fila para devorar este espectáculo.
Me detengo justo a un metro de su rostro. El olor a su pánico es dulce en el aire nocturno. Ella traga saliva, luchando contra la parálisis de su propio cuerpo. Finalmente, el instinto de supervivencia le desata la garganta.
—¡Déjame en paz! —logra escupir. Su voz es un hilo tembloroso, cargado de un acento inconfundible. Es otra turista. ¿irlandesa? ¿italiana? Esa suave cadencia extranjera tropezando con el idioma la delata al instante—. ¿Quién es usted? ¿Qué es lo que quiere?
Me quedo helado por un segundo. Y entonces, ocurre. Me enamoro.
Pero no es ese romance estúpido y empalagoso de las películas. Es un enamoramiento oscuro, sádico, puramente depredador. Me enamora la vibración de terror en sus cuerdas vocales, la melodía rota de su acento suplicando por su vida. Suena como música clásica para mis oídos. Una obra de arte que estoy a punto de destrozar.
Mi sonrisa se ensancha aún más, perdiendo cualquier rastro de humanidad. No respondo de inmediato.
Se hace un silencio. Un silencio denso, pesado, terriblemente incómodo. Solo se escucha su respiración ahogada y el constante golpeteo de la llovizna contra el asfalto. La tensión en el callejón se estira como una cuerda a punto de reventar.
De pronto, el cielo se rompe.
Un trueno estridente estalla justo sobre nosotros, haciendo vibrar las paredes de ladrillo y el suelo bajo mis pies. Al mismo tiempo, un relámpago cegador ilumina el callejón de golpe. La luz blanca, fría y eléctrica destella sobre mi rostro empapado, sobre mi sonrisa maniática y sobre la punta metálica de mi paraguas, revelando por una fracción de segundo la verdadera pesadilla en la que está atrapada.
La oscuridad vuelve a tragarnos casi de inmediato, pero el trueno aún retumba en las alturas.
Doy el último paso, invadiendo por completo su espacio. Me inclino hacia ella, tan cerca que puedo sentir el calor de su miedo en mi rostro.
—¿Que qué quiero? —susurro, dejando que mis palabras se mezclen con el eco de la tormenta—. Es muy simple,… Yo soy un lobo, y tú una simple oveja.
La metáfora resbala por su mente. Entre la barrera del idioma y el pánico crudo que la tiene paralizada, es evidente que no comprende la poesía de mis palabras. Sin embargo, su instinto animal capta el mensaje a la perfección: sabe que no hay salida. Está temblando tan fuerte que escucho el roce de su ropa húmeda y el repiqueteo de sus zapatos contra el suelo.
Esa incomprensión en sus ojos, esa fragilidad absoluta y lastimera, es el detonante final.
Una carcajada trepa por mi garganta. No intento contenerla. Brota de mis labios, primero como un ronroneo grave y luego como una risa frenética, casi desquiciada. El éxtasis del momento me inunda por completo; la adrenalina de la caza me calienta la sangre de una forma que ninguna otra cosa en este mundo puede igualar. Me río frente a ella, bajo la llovizna, disfrutando de mi propio espectáculo.
Lentamente, deslizo la lengua sobre mis labios helados, saboreando las gotas de lluvia mezcladas con la pura y visceral anticipación del festín.
Aprieto el mango del paraguas con ambas manos. Los nudillos se me ponen blancos.
Me abalanzo sobre ella justo cuando el cielo decide desgarrarse. Un trueno colosal, pesado y ensordecedor, estalla sobre nosotros, sacudiendo los cimientos de los edificios y rugiendo con una furia eléctrica que aplasta cualquier otro ruido en la ciudad.
En medio de esa violencia atmosférica, solo logra escapar un sonido. Un grito agonizante. Agudo, desgarrador y cargado de dolor, que rebota contra los muros de ladrillo sucio convirtiéndose en un eco místico, para luego ser devorado y silenciado para siempre por la tormenta.














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