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La Mesa de Roble

La mesa de roble oscuro es una vieja amiga. Su madera, fría y porosa, ha absorbido secretos que nadie más en esta ciudad conoce. Aquí estuvo Elena. Aquí estuvo Chloe. Y ahora, ella.

Está acostada sobre su espalda. Desnuda. Sus muñecas y tobillos están fuertemente asegurados a los extremos de la mesa con correas de cuero. Un trapo viejo, pesado y con un fuerte olor a sedante barato, le sella la boca. Sé que ya no está inconsciente. El ritmo de su pecho la delata; su respiración es superficial, cortada, intentando fingir un desmayo. Es un esfuerzo inútil, pero me divierte dejarla creer que tiene alguna ventaja.

Llevo puesto mi mandil de hule negro, grueso y brillante. En mis manos sostengo dos cuchillos fileteros de hoja larga y flexible. Deslizo el acero contra la piedra de afilar.

Shhk… shhk… shhk.

El roce metálico es afilado, rítmico. Corta el silencio de la habitación como un látigo.

El sonido es demasiado para ella. Rompe su frágil letargo. Sus ojos se abren de par en par, inyectados en un pánico puro y primitivo al ver mi silueta en la penumbra. Inhala con fuerza por la nariz, llenando sus pulmones para soltar un grito desgarrador, pero el alarido muere antes de nacer.

Se atraganta. Un sabor espeso, salado y a hierro oxidado le inunda el paladar. Siente un vacío caliente y húmedo en la cavidad de su boca, una ausencia que su cerebro tarda un segundo en comprender.

Entonces, gira los ojos frenéticamente hacia su izquierda. Descansando sobre la madera, a escasos centímetros de su rostro, hay un pedazo de carne rojiza, húmeda y de forma alargada, dejando un pequeño charco de sangre oscura a su alrededor.

Es su propia lengua.

Detengo el afilar de los cuchillos. El silencio vuelve a caer sobre nosotros, pesado como una lápida. Suelto una risita nasal, cínica, disfrutando de cómo el terror absoluto le dilata las pupilas al comprender su nueva realidad. Me acerco lentamente, inclinándome sobre la mesa.

La observo en silencio. No hay prisa. Es la mirada fija y hambrienta de un tigre que contempla a una gacela debilitada, sabiendo que la cacería ha terminado y que ahora solo queda lo mejor: saborear la carne.

—Buenos días, preciosa —le susurro, limpiando distraídamente el filo del cuchillo en mi mandil—. Ya era hora de que despertaras. Odio comer a solas.

Tu respiración se dispara. El aire entra y sale por tu nariz en silbidos agudos y desesperados, chocando contra el trapo que te asfixia la boca. El pánico te inyecta una fuerza animal y empiezas a retorcerte sobre la mesa. Tiras de tus brazos, jalas de tus tobillos. Tus talones desnudos raspan contra la madera intentando buscar un punto de apoyo, pero es inútil. Las correas de cuero crujen, tensas e implacables.

Estás inmovilizada, amarrada de cada extremo exactamente igual que cualquier idiota con chaleco de fuerza en una celda de manicomio.

Dejo el afilador a un lado. El filo de mi cuchillo reluce bajo la penumbra, limpio y perfecto. Doy un paso al frente y me inclino sobre ti. El olor a sudor frío, a miedo crudo y a sangre fresca es embriagador.

—Puedes jalar todo lo que quieras, preciosa —le digo, con un tono suave, casi arrullador—. Esas correas no van a ceder. Las apreté yo mismo. Pero me gusta que te resistas. Hace que la carne se ponga firme, que la sangre bombee con más fuerza.

Acerco la punta fría del cuchillo a la mesa y, con un movimiento delicado, pincho el trozo de carne alargada que hace unos minutos estaba dentro de tu boca. Lo levanto frente a tus ojos. Lágrimas de desesperación escurren por tus sienes hasta perderse en tu cabello enredado.

—Sé que me entiendes —continúo, paseando mi mirada por tu anatomía expuesta, saboreando el control absoluto del momento—. Veo en tus pupilas dilatadas que tu cerebro está procesando todo perfectamente. Te quité la lengua primero por una razón muy simple: odio el ruido. Los gritos arruinan la paz de mi comedor, y yo necesito tranquilidad para trabajar. Además, las palabras sobran cuando se trata de apreciar lo que realmente eres.

Bajo el cuchillo lentamente y apoyo la hoja plana y helada del acero contra la piel desnuda de tu muslo tembloroso. Tu cuerpo entero se estremece ante el contacto.

—Allá afuera, en la calle, te creías la dueña de la noche con tus zapatitos de charol y tus piernas hermosas —susurro, acercando mis labios a tu oído para que escuches cada sílaba por encima del latido acelerado de tu propio corazón—. Pero aquí, en esta mesa, las reglas del mundo no existen. Aquí no eres una turista, ni una mujer hermosa, ni un ser humano con sueños. Aquí… eres exactamente igual a las demás. Eres el menú. Y te juro que voy a saborear cada maldito centímetro de ti.

Tu instinto de supervivencia estalla en un último y monumental intento. Los músculos de tus brazos y piernas se tensan al límite, tirando de las correas de cuero con una fuerza salvaje. La pesada mesa rechina bajo tu peso. Es un esfuerzo inútil, pero fascinante. Me quedo inmóvil por un instante, saboreando el espectáculo de verte retorcer como un pez asfixiándose fuera del agua. Una sonrisa torcida, cínica y genuinamente feliz, se dibuja en mi rostro.

Lentamente, sin romper el contacto visual, bajo la mano derecha. La punta helada del cuchillo filetero encuentra la piel desnuda de tu muslo izquierdo. No es un tajo rápido ni un golpe ciego; es una incisión calculada. Con una presión suave, casi delicada, hundo el filo. La piel cede. La sangre cálida brota al instante, resbalando espesa y oscura por el acero brillante.

El dolor te atraviesa como un relámpago. Tus ojos se abren de par en par, inyectados en terror puro. Veo la desesperación en tu garganta contrayéndose, la orden frenética de tu cerebro intentando articular una sola palabra… una súplica, un nombre, un perdón. Pero con tu lengua mutilada y la boca amordazada por el pesado trapo, lo único que logras escupir es un gorgoteo ahogado, un ruido húmedo de aire chocando contra la sangre y el vacío.

Estás atrapada en tu propio cuerpo. Te obligo a mirar, a ser testigo de cada milímetro que avanza el acero. Por un instante que se vuelve eterno, eres plenamente consciente de tu propia masacre, viendo cómo tu vida se escurre sobre la madera. Te aferras a la vigilia hasta el último segundo, consumida por un horror absoluto, viendo la oscuridad tragar los bordes de la habitación. Tu cuerpo resiste la tortura un par de latidos más, hasta que la biología simplemente se rinde ante el dolor. Tus ojos se vuelcan hacia arriba, tus músculos pierden toda la tensión de golpe y colapsas en un abismo profundo y definitivo, dejándome en paz, a solas con mi cena.

La madera porosa se empapa rápidamente. El calor de tu sangre contrasta con la frialdad de mi cuchillo, que sigue abriéndose paso por tu muslo izquierdo con la misma facilidad con la que se rasga una seda vieja. No hay prisa en mis movimientos. Observo fascinado cómo el líquido espeso, oscuro y brillante burbujea desde la profunda incisión, buscando su cauce por los surcos de tu piel desnuda hacia el borde de la mesa.

Aún estás viva. Tus pulmones luchan desesperadamente por jalar oxígeno a través de tu nariz, ahogándose con el olor a hierro oxidado, a carne cruda y al terror puro que inunda la habitación. Un espasmo violento te arquea la espalda, levantando tu pecho de la madera, pero las correas de cuero ni siquiera crujen. Tu cuerpo está cediendo y tu vida se está escapando en un torrente carmesí que resbala por la comisura del roble y cae directamente al piso.

Plop… splat… plop.

El sonido es obsceno, húmedo y constante. La sangre cae con precisión matemática hacia la pequeña coladera, estratégicamente instalada en el suelo justo debajo de tu pierna. El sumidero traga tu esencia con avidez, tiñendo la rejilla metálica de un rojo espeso y resbaladizo.

Me inclino sobre ti, saboreando el momento.

—Escucha —te susurro cerca del oído, mi voz suave y arrulladora compitiendo con tus jadeos asfixiados—. Esa es la melodía de tu propia existencia yéndose por la cañería. Gota a gota. Es un desperdicio hermoso. Me fascina ver cómo te vacías, sabiendo que no puedes hacer absolutamente nada para detenerlo.

Con una leve torcedura de muñeca, giro la hoja del filetero dentro de la herida abierta. La piel cede y se abre como una boca grotesca, apartando la fina capa de grasa amarilla para dejar expuesta la carne viva, estriada y temblorosa bajo la penumbra.

El dolor es tan agudo que tus retinas casi estallan. Un nuevo borbotón de sangre espesa salpica mi mandil. De tu garganta mutilada escapa un último ruido gutural, un gorgoteo ahogado por tu propia sangre y por el trapo sucio, mientras tus ojos se fijan, llenos de un horror indescriptible, en el charco que sigue yéndose por la coladera. Te obligo a mirar, a ser la espectadora de tu propio drenado, estirando cada latido de agonía hasta que tu corazón deje de bombear y te conviertas, finalmente, en mi banquete.

El gorgoteo de la coladera se ha vuelto más lento. Te estás quedando vacía.

Llevo la hoja del filetero a lo profundo de la incisión. Con un trazo firme y continuo, rodeo el hueso. La carne húmeda cede ante el acero brillante sin poner resistencia. Hundo los dedos de mi mano libre en la herida abierta, disfrutando el calor sofocante y viscoso de tu interior. Siento la textura firme de las fibras y agarro con fuerza el primer bloque muscular de tu pierna.

Tiro de él hacia arriba. El sonido de los tendones rompiéndose y la piel rasgándose es sordo, violento, como el crujido de una lona gruesa al partirse por la mitad.

Tus ojos, inyectados en sangre y dilatados al máximo, se mueven con desesperación, siguiendo el trayecto de mi mano. Bajo la luz tenue del comedor, ves la pieza roja, pesada y humeante que acabo de arrancar de tu propio cuerpo.

En ese milisegundo de terror absoluto, tu pecho se eleva en un espasmo final, chocando contra las correas de cuero. De tu garganta mutilada escapa un suspiro largo, ronco y cavernoso. Es un hilo de aire frío que arrastra las últimas burbujas de sangre de tus labios, reventándolas en un susurro mojado. Es el sonido inconfundible de la máquina biológica apagándose.

Tus pupilas se nublan, congelándose en una mirada vidriosa y vacía, apuntando hacia la nada. La tensión de tus músculos desaparece de golpe y tu cuerpo se vuelve un peso inerte sobre la mesa. Al fin Te has ido.

Sostengo el enorme bloque de carne en alto, con la sangre oscura escurriendo por mis antebrazos hasta el mandil. Saboreo la paz y el silencio que por fin inundan la habitación. Una sonrisa tranquila y genuina me ilumina el rostro.

El plato principal está servido.

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