Allí estaba, justo frente al umbral abierto y a medio paso detrás de la coordinadora: Leonela Rickford. Vestía una camisa de cuello rígido, perfectamente planchada y bordada sobre el pecho con el logotipo del centro de capacitación, combinada con un pantalón de mezclilla azul oscuro. Aaron se quedó completamente petrificado, sin articular sonido alguno. Jamás cruzó por su mente que la institución enviaría a una persona que, a simple vista y por la pesada carga de su pasado, proyectaba una densa mezcla de temores, prejuicios contenidos, nerviosismo y ansiedad contenida; una presencia que, sin embargo, Montealegre leyó de inmediato con la certeza de que provocaría un cambio radical en la dinámica de la empresa, ignorando todavía si el desenlace sería para bien o para mal.
Montealegre rompió la rigidez del ambiente dando dos zancadas enérgicas al frente y extendiendo la mano derecha con una sonrisa abierta.
— ¡Buenos días, licenciada! —exclamó Montealegre, alzando el volumen de su voz para disolver el inquietante mutismo que se había apoderado de la estancia—. Es un gusto volverla a ver. No coincidíamos desde aquella última reunión con la comitiva directiva.
La coordinadora estrechó la mano del ingeniero y giró levemente el cuerpo para presentar a Leonela Rickford ante todo el personal reunido alrededor de la mesa de caoba. Con ademanes formales, explicó que ella sería la encargada de asistir directamente a Aaron en la logística de los eventos por instrucciones directas de la gerencia.
El equipo operativo recibió la noticia con gestos de bienvenida y asentimientos de aprobación. Mientras tanto, en una esquina de la sala, las secretarias no tardaron en desviar la mirada hacia Aaron, cubriéndose la boca disimuladamente y cruzando murmullos al notar cómo la sangre y el color regresaban de golpe a sus mejillas, plenamente conscientes de su historial y sus debilidades.
Montealegre, que no perdía detalle del entorno, divisó de reojo las miradas cómplices entre las empleadas y luego clavó sus pupilas sobre Aaron, quien permanecía absorto y con los ojos fijos en la nueva asistente. Con un gesto casi imperceptible de fastidio, el ingeniero negó despacio con la cabeza en clara señal de desaprobación.
Tras ultimar los detalles de la presentación, la coordinadora recogió sus documentos de la mesa, se despidió con una inclinación formal y salió del recinto acompañada por Rickford, acordando que el intensivo de inducción comenzaría a primera hora de la siguiente semana.
En cuanto la puerta se cerró tras ellas, Montealegre dio por concluida la junta general. Dio un par de palmadas al aire y pidió a los presentes que desalojaran la sala para volver a sus puestos. Con un movimiento firme del índice, le indicó a Aaron que permaneciera en su asiento.
Esperó a que el último empleado saliera y empujó la pesada hoja de roble hasta encajar el picaporte. Se giró, apoyó las manos sobre el respaldo de una silla y encaró a su colaborador con una ceja arqueada.
— Te he notado bastante atento a la chica nueva, ¿no es así, Aaron? —soltó Montealegre con tono inquisitivo, obligándolo a levantar la cabeza.
Aaron pestañeó varias veces, despegó los dedos del borde de la mesa y se acomodó en el asiento con torpeza.
— ¿Qué? ¿Cómo? —balbuceó, todavía desorientado.
— ¡Ay, Aaron! No cambias, muchacho —reprochó Montealegre, dando un paso hacia el centro de la sala y cruzando los brazos sobre el pecho—. Te lo advertí con claridad y te lo vuelvo a repetir: existen líneas muy delgadas que separan las dinámicas dentro de esta oficina; una es la relación estrictamente profesional y otra muy distinta la sentimental. ¿Acaso no prestaste atención a lo que explicó la coordinadora? Rickford es una mujer saturada de pendientes y responsabilidades externas; concéntrate en tu labor y deja que los demás hagan la suya.
Aaron tragó saliva, bajó los ojos hacia el cuaderno de notas que descansaba frente a él y se frotó las palmas de las manos sobre los muslos.
— Sí, lo sé… Le ofrezco una disculpa, ingeniero —admitió con voz baja, encogiéndose ligeramente de hombros—. Fue un descuido, no pude evitar quedarme mirándola.
Montealegre avanzó hasta quedar de pie frente a él, inclinó el torso y golpeó el nudillo contra la cubierta de madera para fijar cada una de sus palabras.
— ¡Aaron, enfócate! —sentenció con severidad—. El evento patrimonial se llevará a cabo dentro de cinco meses; una vez cumplido ese plazo, su contrato vence y ella se marchará definitivamente. ¡No vayas a crearte castillos en el aire con alguien cuando ni siquiera sabes qué rumbo tomará! Te lo digo una vez más: cuando concluya el evento, su asistencia termina. Tu único deber es capacitarla, enseñarle los procedimientos internos y familiarizarla con el perfil de los ejecutivos. No te distraigas con tonterías y cumple con tu trabajo; si gestioné una asistente fue únicamente para aligerar la carga logística que tú mismo me solicitaste. ¿Te queda claro, Aaron?
— Sí, de verdad no se preocupe —respondió Aaron, asintiendo con firmeza para disimular su agitación interna—. Me mantendré enfocado en el evento patrimonial.
Montealegre apretó los labios, claramente insatisfecho con la templanza de esa respuesta. Desplegó un folio de su portafolio y comenzó a enumerar uno a uno los aspectos técnicos y las tareas operativas que Rickford debería cubrir desde su primer día laboral, recalcando en cada pausa la regla de oro: mantener una distancia infranqueable entre los deberes de la empresa y cualquier interés personal.













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