El chasquido del receptor al colgar resonó con una vibración hueca en el despacho. Aaron Reynolds permaneció de pie, con las yemas de los dedos aún posadas sobre el plástico negro del auricular, antes de alisarse los puños de la camisa y voltear hacia el área abierta de la oficina. Frente a él, en medio del rumor distante de los ventiladores y el tecleo de las computadoras, aguardaba Leonela Rickford.
—Acabo de recibir una llamada del ingeniero Montealegre —comunicó Aaron con voz clara y templada, adoptando el porte sereno que la dirección del buffet exigía—. Ya abordó el avión rumbo a Nottingham. Nos encomendó proceder con nuestras asignaciones habituales y me pidió recalcar que cualquier duda técnica se la hagamos llegar para resolverla apenas aterrice en el aeropuerto.
Leonela permanecía inmóvil junto al archivador metálico. Llevaba el cabello recogido con una sencillez austera y vestía de forma sobria, afirmada en el suelo con sus habituales zapatos bajos. Tenía un fólder abrazado contra el pecho, y sus nudillos, pálidos por la presión, denotaban la incertidumbre de quien todavía teme cometer una falta en terreno ajeno.
—Disculpe, Don Aaron —comenzó Rickford, con un matiz tímido en la garganta que la obligó a bajar un instante la vista hacia sus propios pies—. El ingeniero Montealegre me pidió estructurar unos documentos, pero no tengo idea de cómo comenzar a redactarlos. ¿Podría asesorarme en ello?
Aaron ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa cálida que desarmó de inmediato la rigidez del protocolo corporativo.
—¡Será un gusto! —respondió de forma espontánea, dando dos pasos hacia el escritorio—. Por favor, puedes decirme simplemente Aaron. Olvidemos un poco tanta formalidad; en esta empresa al único que llamamos por su título es a Montealegre, e incluso a él solo cuando está presente.
Un alivio casi imperceptible aflojó los hombros de Leonela. Acercó una de las carpetas a la superficie de madera y comenzó a desglosar las dudas que la abrumaban. Aaron se inclinó ligeramente para seguir las anotaciones a lápiz en los márgenes de las hojas. Escuchaba con meticuloso cuidado, sintiéndose extrañamente desarmado ante la fragilidad de su voz. Había en la timidez de Leonela una transparencia limpia que contrastaba violentamente con el cinismo del ambiente empresarial. Cada vez que ella explicaba un término y alzaba la mirada para corroborar si era correcto, Aaron se descubría más atento a la cadencia de sus labios y a la postura prudente de su cuerpo que a los tecnicismos del oficio.
Mientras él tomaba un bolígrafo y comenzaba a guiarla paso a paso en el desglose de los informes, un zumbido agudo perforó el ambiente. Sobre el tapete del escritorio, la pantalla del teléfono móvil de Aaron se iluminó con una insistencia agresiva: el nombre de Hamilton parpadeaba en letras mayúsculas. Había dado señales de vida, demandando atención inmediata.
Leonela interrumpió su frase en seco, retrocediendo un paso con evidente prudencia.
—Su teléfono no ha dejado de sonar —señaló ella en un susurro cortés, señalando el aparato con los ojos—. ¿Por qué no responde?
—¡No te preocupes, no es nada importante! —atajó Aaron de inmediato, mientras tomaba el móvil con un ademán brusco, deslizaba el dedo por el lateral para silenciar la vibración y lo colocaba boca abajo contra el cristal de la mesa.
—¡Eso espero! —replicó Rickford, con una mirada inquisitiva pero reservada—. Si tiene que atender alguna llamada urgente mientras me explica, de verdad, no se preocupe, no hay problema.
—Ninguna prisa. Continuemos —insistió él.
Aaron prosiguió con el asesoramiento de Rickford, pero la concentración ya se había fracturado. Entre cada explicación sobre los balances y los eventos del buffet, sus ojos se desviaban para contemplar el perfil modesto de la joven, su concentración genuina y el modo en que apretaba los labios al comprender un gráfico.
De pronto, el timbre metálico del conmutador de la oficina quebró la atmósfera. En la recepción, la secretaria descolgó el auricular, intercambió un par de murmullos y levantó la mirada hacia el escritorio de Aaron. Se puso de pie con una lentitud calculada, cruzó el pasillo y le anunció en voz neutra que entraba una comunicación prioritaria que no podía aplazarse. Aaron cerró los ojos un instante, tragando saliva; no le quedaba más alternativa que tomar la llamada. Como guardaba en el bolsillo las llaves de la sala de juntas, decidió encerrarse allí para evitar una escena en el área común.
—Discúlpame un momento, Rickford —dijo Aaron, tratando de forzar una compostura impecable. Se volvió hacia la secretaria y le hizo un ademán tajante con la mano—: Pasa la línea a la sala de juntas. Ahora mismo.
Mientras Aaron cruzaba el umbral hacia el pasillo alfombrado, la secretaria se inclinó hacia el escritorio de Leonela. Con una sonrisa cargada de malicia corporativa y arqueando las cejas, le susurró entre dientes la identidad exacta de quien aguardaba al otro lado del cable, dejando caer insinuaciones venenosas sobre el tormento habitual de la oficina. A Leonela le pareció sumamente extraño aquel gesto. ¿A cuenta de qué la secretaria intentaba enterar a la nueva asistente sobre los asuntos íntimos de Aaron? Pese a la incomodidad del chisme, Rickford optó por no darle importancia. Respiró hondo, apartó la mirada de la mujer y se concentró en redactar los informes tal como Aaron le acababa de estructurar.
Al otro lado de la pesada puerta de roble, la atmósfera en la sala de juntas era sofocante. Aaron permanecía de pie junto a la cabecera de la mesa pulida, trotando los dedos con violencia sobre la madera mientras sostenía el teléfono contra la oreja. Su semblante reflejaba un descontento amargo y visceral. Sabía perfectamente que no debió aceptar esa comunicación; hablar con Hamilton solo equivalía a abrir la compuerta de una presa de reclamos absurdos. La voz de su novia llegó distorsionada por la furia, exigiéndole cuentas a gritos por haber silenciado el móvil privado, hilvanando reproches de peleas de hacía meses y acusándolo de abandonarla.
Por más que Aaron intentaba meter una sola palabra de sensatez o explicar las responsabilidades que Montealegre le había dejado encima, Hamilton se alteraba cada vez más, perdiendo los estribos en un monólogo destructivo. La dinámica era la de siempre: quien terminaba vaciando todo su veneno y desahogándose a costa de los nervios ajenos era ella, rematando la embestida con un portazo sónico al colgar el teléfono sin dejarlo despedirse.
Ciego de ira, Aaron aventó el auricular contra la base del aparato con un golpe seco que retumbó en las paredes vacías. El estrés lo había dejado temblando, con el pulso latiéndole con furor en las sienes. Salió a paso apresurado hacia el baño del pasillo. Frente al lavabo, abrió la llave del agua fría a todo caudal y se empapó la cara, el cabello y la nuca, esperando que el hielo del agua apagara el fuego de su frustración y aflojara la opresión de su pecho.
Secándose con una toalla desechable frente al espejo, Aaron era plenamente consciente de que tenía todas las de ganar si decidía romper de una vez por todas con aquella relación tormentosa. Los argumentos le sobraban, la insatisfacción era total; sin embargo, una parálisis invisible siempre lo ataba de manos.
Y, como si un mecanismo perverso orquestara sus distracciones, apenas encendió la pantalla de su teléfono, Evans ya figuraba en la bandeja de entrada como la primera en mandar un mensaje de texto. Buscando un alivio fácil al vacío que le dejaba Hamilton, Aaron optó por desahogarse con ella mediante breves líneas. Evans no tardó en responder con insinuaciones directas, instándolo a abandonar a su pareja de una buena vez y prometiéndole que, si aceptaba estar a su lado, jamás se comportaría de una forma tan ruin. Seguido a esa promesa, el teléfono descargó una fotografía adjunta. En la imagen, Evans aparecía sonriendo a la cámara con una felicidad desmedida, sosteniendo en alto una manta de lino bordada con el nombre de Aaron y el de ella, rodeados por figuras decorativas de ángeles y coronas.
Evans se encontraba completamente ilusionada con él, pero Aaron no deseaba nada serio a su lado. Aunque el detalle le resultó halagador para el ego, le escribió de vuelta recordándole con frialdad que una relación formal entre ambos no sería posible jamás. Evans contestó resignada, insinuando entre líneas que se mantendría a la espera del día en que él cambiara de parecer.
Al cerrar la conversación, el hilo de pensamientos de Aaron dio otro giro. Recordó que esa misma mañana había visto pasar a Melisa Bornes por la banqueta exterior del edificio. La curiosidad y el hábito lo empujaron a teclear un mensaje rápido para preguntarle qué hacía por esos rumbos. La historia con Bornes no era más que otra aventura periférica: siempre que ella le escribía era para insinuarle encuentros íntimos a cambio de los préstamos económicos que solía pedirle. Sin embargo, desde aquella tarde compartida en su departamento, donde probó por única vez la cercanía de su cuerpo, todos los intentos posteriores habían fracasado. Cada vez que Aaron la invitaba a verse a solas, Bornes se escudaba pretextando estar demasiado ocupada o comprometida con asuntos familiares.
Aaron guardó el móvil en el bolsillo, inhaló profundamente y se recompuso frente al espejo. Había logrado pacificar el semblante. Empujó la puerta y salió de nuevo al área de trabajo.
—¿Está todo en orden? —preguntó Rickford de forma automática al verlo cruzar hacia el escritorio, notando la humedad en las sienes de su superior.
—¡Sí, gracias! Una disculpa por la demora —contestó Aaron con una sonrisa forzada.
De inmediato, clavó una mirada cargada de recelo y reproche sobre la secretaria, advirtiéndole en silencio que su impertinencia con la llamada no había pasado desapercibida.
Tomando asiento en su lugar, Aaron acomodó las carpetas y se dispuso a trabajar en los informes que Montealegre requería con urgencia y en las cotizaciones para el evento patrimonial. Hacia afuera proyectaba una calma absoluta, pero cada vez que el trámite de la oficina lo obligaba a cruzar palabras con la secretaria, su tono era seco, cortante y distante; la furia contenida por la trampa de Hamilton y la insistencia de la recepcionista aún le quemaban por dentro.
Las horas transcurrieron entre cifras, firmas y sellos. Dieron las 15:30 en el reloj de la pared. Leonela Rickford guardó sus bolígrafos, cerró el bolso con premura, se despidió con amabilidad de todos los presentes y se retiró presurosa para no dejar esperando a su hijo Emilio.

















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