Doblo el ejemplar de The New York Times con un chasquido seco. El nombre de Amelia Campbell Belling y la fotografía granulada de la calle Damen flotan en mi mente con la misma nitidez que la luz fluorescente sobre una mesa de autopsias.
Aquel cuarto frío del Instituto de Ciencias Forenses de Boston pertenecía a los vivos solo por estricta obligación. A las tres de la madrugada, los tubos fluorescentes zumbaban con un parpadeo irregular que taladraba las sienes, estirando sombras deformes sobre las baldosas grises.
El ambiente apestaba a formol viejo mezclado con el café aguado que ambos consumíamos para resistir la guardia.
Recuerdo a Amelia cruzando los brazos sobre su bata blanca. Cumplía con la rotación obligatoria impuesta por el programa académico. Yo me encontraba al fondo, medio oculto por el vapor helado de las neveras, trabajando en un silencio perfecto.
Me vigilaba con desconfianza. Ella, tan devota de los programas de estudio, notó que mis movimientos no encajaban con la rutina ordinaria. Yo no completaba la libreta de registro ni alineaba las pinzas para la clase matutina; estaba inclinado sobre la plancha de metal, balanceando los hombros con una calma rítmica, midiendo la estructura del espécimen.
Escuché el golpe plano de sus suelas acortando la distancia hasta detenerse a dos metros de mi espalda.
—¿Harold? —preguntó, arrugando la frente—. ¿Qué estás haciendo? La bitácora se cerró a medianoche. No tienes asignada esta camilla.
No me inmuté. Dejé escapar una risa baja, un murmullo que se acopló al zumbido de los extractores. Giré el torso despacio, sosteniendo el bisturí número diez entre los dedos con la soltura de quien sostiene un pincel. Tras mis lentes de pasta gruesa, mis ojos ardían despojados de fatiga.
—Amelia. La alumna ejemplar, la guardiana de los reglamentos —le dije, midiendo cada sílaba—. Siempre puntual, limpia y dócil. ¿Vienes a inspeccionar mi letra o a verificar si memoricé el manual de patología?
—Hablo en serio, Harold —insistió, dando un paso al frente mientras el aire glacial le erizaba la piel—. Tu conducta es extraña. Déjame ver la mesa.
—¿Extraña? —ladeé la cabeza, dejando que la risa se convirtiera en un siseo plano—. Por primera vez actúo con rigor. Acércate, Amelia. Observa.
Ella estiró el cuello por encima de mi hombro y su respiración se cortó en seco. Lo que yacía sobre el acero no era el cadáver formolizado de la facultad. Era el cuerpo fresco de una mujer joven. Mis incisiones no respetaban las guías del temario: eran trazos simétricos, profundos, que separaban el plano muscular en una composición exacta.
El pánico le paralizó las cuerdas vocales.
—Harold… por Dios… ¿De dónde sacaste esto? —balbuceó, retrocediendo hacia la puerta—. ¡Ese cuerpo no tiene registro de ingreso!
—La burocracia inventa etiquetas para ocultar su mediocridad —respondí, bloqueando su línea de escape con un desplazamiento ágil—. Hablan de causas de muerte y llenan certificados. No entienden el equilibrio de la materia. El cuerpo exige orden clínico.
—Estás enfermo… —susurró, tanteando el picaporte a sus espaldas—. Voy a llamar a los guardias.
—He observado tu andar en las aulas, Amelia —le dije, acorralándola contra la pared—. Una simetría envidiable. Una arquitectura muscular impecable que desperdicias caminando por pasillos mediocres.
Amelia abrió la boca para gritar, pero descargué el mango de la sierra contra su hueso temporal antes de que el aire saliera de sus pulmones.
Su cuerpo colapsó contra las baldosas húmedas.
La levanté sin prisa. Deslicé la tela de la bata y acomodé su extremidad inferior izquierda sobre la mesa. Con pulso firme, tracé la incisión en el tercio superior del muslo. El acero penetró la dermis con una fricción suave, dividiendo el tejido celular subcutáneo hasta exponer el plano muscular. No había odio en el corte; únicamente el cálculo exacto del peso, la masa y la armonía de la pieza.
Al seccionar el paquete vascular y desarticular la unión, envolví la extremidad en lona impermeable. La apreté contra mi pecho y crucé la salida de emergencia hacia la noche de Boston, dejando una hilera de manchas sobre el linóleo.
El recuerdo se disuelve en mi cabaña de Malta. Percuto dos toques con el bolígrafo contra el roble. Tap, tap. Me reconforta saber que Amelia camina con una prótesis ajustada por correas; mi intervención es un sello indeleble que la atará a mi nombre hasta el final. Pero el pasado es solo un antecedente biológico. El presente reclama nuevo material.
Me pongo de pie. Me ajusto las Ray-Ban y aliso el polo de lino blanco. El calor de la tarde golpea el muelle de Marsaxlokk.
Desciendo con paso medido hacia la dársena, donde los transbordadores desembarcan grupos de turistas. Mis ojos escanean las siluetas que avanzan por el empedrado: el balanceo pélvico, la firmeza del tendón de Aquiles al pisar las piedras y la elasticidad del tejido expuesto al sol.
En el puesto de la esquina, el carnicero corta una pieza de res sobre la tabla gastada. Desvío la mirada; esa fibra tosca no posee la nobleza del material que busco. Mi mente ya calibra las líneas de un nuevo trazo. La cacería se reanuda.

















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