Al salir de aquel calabozo, un resplandor carmesí guio los ojos de Horus: el Escudo Rojo descansaba en el interior de una de las cámaras de guardia. Pegando la espalda contra el muro para no ser descubierto, inspeccionó el entorno con cautela. Para su sorpresa, el centinela apostado en la entrada custodiaba la Espada Emplumada, el tesoro que su abuelo Gebsu le había entregado antes de su partida.
Horus decidió recuperar primero la espada para asegurar ventaja en el combate. En el suelo distinguió el astil roto de lo que fue una lanza de madera; lo recogió en silencio y asestó un golpe seco en la espalda del guardia. El impacto apenas lo estremeció. El centinela se levantó con lentitud, revelando una estatura descomunal de dos metros y medio frente al metro setenta y cinco de Horus, con hombros macizos, pectorales anchos y la imponente complexión de un gorila de lomo plateado. Blandiendo un sable ancho semejante a las hojas pesadas de Shilbá, el coloso fijó en él una mirada feroz que sembró dudas en el joven.
Reuniendo valor, Horus se abalanzó al ataque, pero el gigante lo atrapó de los tobillos en el aire y lo arrojó con violencia hacia el otro extremo de la estancia. Horus rodó sobre la piedra, se reincorporó de inmediato y arremetió de nuevo, solo para ser interceptado y estrellado otra vez contra el suelo.
Magullado, jadeante y con las piernas temblorosas como castañuelas, Horus se propinó una bofetada para despejar el aturdimiento. Apoyado en cuatro puntos sobre las losas, observó la marcha pesada del enemigo y halló la respuesta: la enorme corpulencia y la separación entre los gruesos muslos del guardia dejaban un espacio libre.
Aferrando de nuevo el madero, corrió de frente. El coloso sonrió confiado esperando repetir la presa, pero Horus se deslizó con rapidez por entre sus piernas, trabando el palo contra sus tobillos. El gigante tropezó pesadamente hacia adelante y cayó de bruces sobre la Espada Emplumada, que yacía desenvainada junto a su mandoble en el suelo. El acero le perforó el cuello de tajo, causándole una muerte instantánea.
—Lo que te sobra de fuerza, te falta de inteligencia —sentenció Horus, escupiendo a un lado del cuerpo inerte.
Recuperó la espada y tomó el Escudo Rojo. Nuevamente armado, emprendió la búsqueda de Ma’at.
La guarida de Los Terra era un laberinto sofocante donde cada corredor se ramificaba en tres direcciones. Guiándose por instinto, Horus cruzaba bóvedas a izquierda, derecha y al centro; algunas galerías lo elevaban a pisos superiores y otras lo devolvían al punto de partida. La frustración y el cansancio comenzaron a agotarlo, hasta que los gritos desgarradores de Ma’at resonaron en la piedra.
—Ya voy en camino —susurró para sí, conteniendo el impulso de gritar para no delatar su posición estando tan exhausto tras el duelo con el gigante.
Sin fuerzas, se sentó un instante en el pasillo que conducía hacia los alaridos. De pronto, el Escudo Rojo comenzó a pulsar con un brillo cálido. Un misterioso guerrero con el rostro cubierto por un tagelmust azul tinto apareció en el corredor y le ofreció un odre de agua. Horus bebió agradecido, sin poder distinguir los rasgos del desconocido.
—Levántate, no bajes la guardia, te falta poco —le ordenó el guerrero antes de reanudar su marcha. En cuanto se desvaneció entre las sombras, el escudo dejó de brillar.
Renovado por el agua pero intrigado por la presencia del arquero y el arco emplumado que cargaba a la espalda, Horus avanzó hasta desembocar en una inmensa caverna. Al fondo, sobre un elevado pedestal de madera, Ma’at yacía atada de pies y manos mientras decenas de bandidos Terra blandían cimitarras curvas bajo ella.
—¡Ma’at! —bramó Horus, lanzándose a la carrera desde lo alto de una duna subterránea.
Una marea de asaltantes emergió de todos los rincones, arrojándose sobre él en la pendiente. Horus interpuso el Escudo Rojo y descargó tajos continuos con la Espada Emplumada, abriendo brecha entre los cuerpos. Al tocar suelo firme, envainó la hoja y embistió con el escudo por delante, derribando a cuantos le cerraban el paso.
Comenzó a trepar por las rocas que rodeaban el pedestal mientras una lluvia de piedras y flechas caía sobre él. Bloqueando proyectiles con el metal carmesí y desenvainando por ráfagas para repeler a los atacantes más próximos, logró alcanzar la base del madero.
A lo lejos divisó de nuevo al guerrero del velo azul, quien tensó su arco y disparó una flecha atada a una soga gruesa hacia la cúspide del pedestal. Con señas rápidas, el desconocido le indicó que subiera a rapel y desapareció otra vez.
Horus escaló el último tramo de roca y se aferró a la cuerda, pero esta se soltó del anclaje superior en cuanto cargó su peso. Reaccionando en el aire, utilizó la soga suelta para balancearse hacia Ma’at. Varios arqueros asomaron entre las cornisas para derribarlo en pleno vuelo; Horus desenvainó la espada a mitad del balanceo y extendió el brazo a toda longitud, degollando en una sola ráfaga a los tiradores en una lluvia de cabezas cercenadas antes de encaramarse a la estructura.
—¡Apresúrate, Horus, vienen más! —gritó Maat invadida por los nervios.
—¡Hago lo que puedo! —respondió él.
Horus desenvainó la hoja y se arrojó a la espalda de la joven, cortando los amarres de un solo tajo.
—¿Estás loco? —exclamó ella al sentir el vacío.
—¡Confía en mí!
Al romperse las cuerdas, ambos cayeron en picada. Horus logró afianzarse momentáneamente del madero para redirigir la trayectoria, envainó la espada y abrazó con fuerza a Ma’at en la caída. En ese instante, el arquero misterioso reapareció disparando una flecha curva unida a una red. El proyectil giró alrededor de la base del pedestal, tensando la malla por sí solo y amortiguando el impacto de ambos sanos y salvos.













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