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Laberinto a Baja Temperatura

Despliego la servilleta de lino junto al plato de porcelana. Acomodo los cubiertos de plata con la misma alineación simétrica que exijo en mi instrumental quirúrgico. La noche impone un silencioso, el agradecimiento natural del depredador ante una anatomía bien aprovechada.

Sirvo la porción exacta de músculo estriado en el centro de la vajilla. El tejido, sometido a la olla de presión, ha perdido su rigidez y ahora cede con suavidad bajo el filo del cuchillo.

A mis espaldas, la chimenea de la guarida ruge, pero el fuego no consume madera. Las llamas anaranjadas envuelven los fémures y las tibias despojados por completo de tejido muscular. El calcio se quiebra con un chasquido seco y el tuétano hierve, crepitando bajo el calor absoluto. Brindándome temperatura en la estancia y alimento en la mesa. Disfruto del festín masticando despacio, escuchando el tueste óseo de la estructura que alguna vez caminó hacia mí por voluntad propia.

* * *

La luz cegadora del Mediterráneo inunda el balcón del hotel. Adentro, la cama de Elena sigue intacta, con las sábanas estiradas. Chloe mira la pantalla de su teléfono por enésima vez: ninguna llamada, ningún mensaje. La ansiedad le contrae el estómago. Agarra su bolso y sale a las calles empedradas.

Cuarenta minutos después, el ventilador de techo gira perezoso en la comisaría local. El oficial detrás del mostrador apenas levanta la vista del papeleo. Escucha la descripción de la chica desaparecida con la apatía mecánica de quien procesa un trámite aburrido. Para las autoridades, una turista extranjera que no vuelve a dormir es estadística común en las islas; el desinterés judicial lo reduce a un exceso de alcohol o una aventura de verano que se resolverá sola en un par de días. No hay protocolo de búsqueda.

Chloe sale de regreso al sol hirviente, frustrada por la barrera burocrática. El pánico la obliga a tomar una decisión rápida: buscará información por su cuenta y contratará ayuda externa para rastrear la isla. Su mente procesa escenarios de asaltos, extravíos o accidentes viales, ignorando por completo que, a un par de kilómetros de distancia, el cirujano refinado que las atendió hace dos días ya ha digerido la evidencia.

El sol del mediodía calcina el empedrado del puerto. Chloe avanza contra la multitud de turistas. El sudor le resbala por la nuca, empapando el cuello de su blusa. Su respiración es corta, errática, forzando la capacidad de sus pulmones. Ha impreso cincuenta copias de una fotografía de Elena en el cibercafé del malecón.

Se detiene en la terminal de ferris. Golpea el cristal de la taquilla y muestra el papel. El encargado niega con la cabeza, despachando a la fila sin mirarla a los ojos. El ruido de las gaviotas y los motores de las embarcaciones ahogan sus preguntas.

Recorre los tres dispensarios médicos del centro. Las respuestas son idénticas y mecánicas: nadie ha ingresado a una turista británica con una incisión por erizo de mar en la planta del pie derecho. El rechazo constante se convierte en un desgaste físico crudo. El ácido láctico se acumula en sus piernas al subir la pendiente de regreso a la plaza principal. Revisa la pantalla de su teléfono. Cero mensajes.

La lógica del pánico comienza a operar, alterando su raciocinio. Si las clínicas oficiales no tienen registro y la policía no inicia un protocolo de búsqueda, solo queda un punto ciego en la isla. Su mente rastrea las últimas veinticuatro horas. La imagen de la casa de madera oscura con olor a brea se instala en su cabeza. La mesa rústica. El instrumental de acero. El cirujano solitario.

– Harold.

Gira sobre sus talones. Modifica su ruta hacia la periferia, alejándose del bullicio del mercado en dirección a los acantilados. Va a darle la noticia. Va a pedirle ayuda al único hombre que parece tener autoridad médica en el lugar, ignorando por completo que camina directamente hacia el matadero.

* * *

Un golpe apresurado contra la madera rompe el silencio de la guarida. Deslizo el cerrojo. Chloe está de pie en el umbral. El sudor empapa el cuello de su blusa y su respiración es corta, errática por el desgaste físico bajo el sol.

—Harold… Elena no aparece —empieza hablar Chloe, con la voz tensa por el pánico.

Compongo una expresión de desconcierto perfectamente calibrada. Elevo ligeramente las cejas y tenso la mandíbula, simulando la sorpresa…

—¿Cómo que no aparece? Entra, por favor. Tu pulso está desbocado.— Ella cruza la puerta y se deja caer sobre la silla, exhalando con pesadez. —Iré a la cocina por un vaso de agua fresca. Trata de relajarte.

Le doy la espalda y me interno en la penumbra. Tomo un vaso de cristal. A escaso medio metro de mis manos, el motor del congelador emite un zumbido bajo y constante. Adentro, a temperatura bajo cero, descansan los últimos bloques intactos de músculos que conservé. Las sobras del festín. El resto de la evidencia anatómica ya no existe.

Me detengo un instante para observarla desde la sombra. Chloe aguarda bajo el haz de la lámpara del consultorio. Sus ojos barren la mesa de acero. Contempla la hoja del bisturí, las pinzas dentadas y los separadores relucientes. Ignora por completo la naturaleza del lugar. Su mente procesa las herramientas como simples instrumentos de curación, incapaz de imaginar que la mujer que busca con tanta desesperación en las calles se encuentra a un par de metros de ella, reducida a materia inerte a baja temperatura.

Lleno el vaso y regreso a la luz. Se lo extiendo. Sus dedos tiemblan al rozar el cristal frío. —Bébelo despacio —ordeno, con un tono clínico e impecable—. Ahora, dime exactamente qué te dijeron las autoridades.

Chloe bebe un sorbo. El temblor de sus manos hace tintinear el cristal contra sus dientes.

—Fui a la policía —dice, con la voz entre cortada—. Dicen que es común. Una turista extraviada o ebria. No van a iniciar ningún protocolo de búsqueda hasta que pasen setenta y dos horas. A nadie le importa.

La información encaja con precisión. Las palabras del agente de inteligencia en aquella oficina climatizada y sin ventanas resuenan en mi memoria: «ve a hacer tus estudios donde las leyes locales estén demasiado ocupadas limpiando sangre común como para notar tu precisión». La apatía burocrática del Mediterráneo funciona exactamente como me prometieron. El aislamiento del incidente está garantizado por el propio Estado.

Observo el pulso acelerado en su vena yugular. Si la dejo vagar sola por el puerto, la desesperación la hará errática, impredecible. Podría golpear las puertas equivocadas. Me inclino hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa de acero.

—Setenta y dos horas es una negligencia inaceptable para un paciente con un traumatismo por toxina —miento, inyectando la dosis exacta de autoridad médica en mi tono—. No puedes rastrearla sola bajo este sol; ya estás al límite del agotamiento. Conozco la isla, los callejones y los dispensarios. Te ayudaré a buscarla.

Los músculos de su rostro se destensaron y sus hombros caen, vencidos por la gravedad. Exhala el aire acumulado en sus pulmones. Acaba de entregarme el control total de sus movimientos.

La cacería ha evolucionado. Ahora seré yo quien dirija cada uno de sus pasos, manteniendo su perímetro vigilado, alejándola de mi congelador y acercándola, milímetro a milímetro, al mismo destino de su amiga.

Tomo un manojo de llaves. El laboratorio queda asegurado. Chloe cruza la puerta primero, entrecerrando los ojos ante el impacto de la resolana.

Cierro la puerta. El cerrojo encaja con un chasquido metálico. Adentro, el motor del congelador se queda zumbando en la penumbra. Afuera, el calor del Mediterráneo nos golpea de frente. Me coloco las gafas, acabo de convertir a su mejor amiga en su perro lazarillo.

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