La escalera de acceso a la estación Western era un esqueleto de hierro cubierto de escarcha negra. Subir fue una tortura biomecánica. Cada escalón de rejilla metálica se clavaba en las plantas desnudas de Caleb, reabriendo los cortes que el frío había intentado cauterizar.
Llegaron a la plataforma. Estaba desierta.
No había taquilleros. Los torniquetes estaban trabados en posición abierta, cubiertos de una pátina de grasa y polvo de ciudad compactado por décadas.
Caleb se apoyó contra una columna de acero remachado. Jadeaba. El aire aquí arriba, a diez metros sobre el nivel de la calle, olía diferente. Olía a ozono quemado, a chispas de alto voltaje y a orina vieja cristalizada por el hielo.
Miró hacia las vías. Los rieles corrían infinitos hacia la oscuridad, dos líneas de plata sucia que vibraban con una tensión eléctrica latente. Mirarlos le produjo un vértigo repentino, una sensación de que la gravedad tiraba de él hacia el tercer riel electrificado.
—El próximo tren pasa en cuatro minutos —dijo Elena. Estaba parada bajo una de las lámparas de sodio del techo. La luz amarillenta, mortecina y zumbante, bañaba su piel, borrando los tonos rosados y dejándola con la textura de la cera derretida. Parecía una figura de museo abandonada a la intemperie.
Caleb asintió, incapaz de hablar. Se miró las manos para ver si seguían temblando.
Fue entonces cuando lo vio.
En su mano derecha, la que había usado para cubrir el coche con la lona, había una mancha.
No era suciedad normal. Era una sustancia negra, viscosa, que brillaba bajo la luz amarilla con los colores del petróleo derramado en un charco. Violetas y verdes tóxicos que se movían lentamente sobre su piel.
Se frotó la mano contra el costado de su pantalón.
La mancha no se quitó. Se extendió.
Frotó más fuerte, usando las uñas, rascando la piel hasta enrojecerla. La sustancia parecía estar dentro de los poros, supurando hacia afuera en lugar de estar sobre la superficie.
Se llevó la mano a la nariz.
El olor le golpeó el sistema límbico: gasolina, goma quemada y sangre coagulada. Era el olor exacto del parachoques hundido. El olor del impacto.
—No se quita… —susurró Caleb. Siguió frotando, frenético. La piel de su dorso empezó a arder—. Elena, mira esto. No se quita.
—Caleb, deja de…
Antes de que pudieran discutir la realidad, la estación reaccionó.
Los rieles empezaron a cantar.
No fue un aviso sutil. Fue un alarido. SCREEEEEEEEECH.
El tren tomaba la curva antes de la estación. Las ruedas de acero mordían el riel congelado con una fricción violenta, generando un sonido de frecuencia aguda que taladraba los empastes dentales.
La luz amarilla de la estación parpadeó.
El tren entró en el andén. Era un gusano de metal plateado, sucio, con ventanas oscuras que reflejaban el vacío de la ciudad. El desplazamiento de aire los golpeó, empujándolos hacia atrás con un olor a hierro caliente.
Las puertas se abrieron con un suspiro neumático: Pshhh-clack.
—¡Adentro! —ordenó Elena.
Empujó a Caleb. Él tropezó hacia el interior, sintiendo el calor artificial y rancio del vagón.
Elena entró detrás de él. Las puertas se cerraron, sellando el ruido exterior pero amplificando la vibración del suelo.
El vagón parecía vacío. Filas de asientos de plástico azul raído se extendían bajo tubos fluorescentes que zumbaban intermitentemente. El suelo estaba pegajoso, manchado de chicles negros pisados hace años.
Caleb se dejó caer en el primer asiento. Sus pies descalzos no tocaban el suelo por el dolor; los mantenía elevados, los talones apoyados en la barra de metal de la calefacción.
El tren arrancó. El movimiento era brusco, lateral. Caleb cerró los ojos, intentando que el mareo pasara.
—Caleb —susurró Elena. Su tono no era de alivio. Era de tensión renovada.
Caleb abrió los ojos. Elena estaba de pie, agarrada al pasamanos, mirando hacia el fondo del vagón.
—Pensé que estaba vacío —dijo ella.
Caleb siguió su mirada.
Al final del vagón, en el último asiento de la esquina, había una silueta.
Estaba en la penumbra, justo donde uno de los tubos fluorescentes había fallado. Era una figura corpulenta, sentada con la espalda muy recta. Llevaba un abrigo pesado, de color indefinido bajo la mala iluminación. Un sombrero de ala ancha le cubría el rostro, dejando ver solo la línea de la mandíbula.
Caleb sintió que el aceite de su mano se enfriaba de golpe.
—Es él —dijo. Su voz no salió de la garganta; salió del estómago—. Nos encontró.
—¿Quién? —Elena entrecerró los ojos—. Es solo un viejo. Probablemente duerme aquí por la calefacción.
—Mira el sombrero, Elena. Mira los hombros. Es el uniforme.
La figura se movió.
El tren tomó un cambio de vías y el vagón se sacudió violentamente. La figura al fondo no se tambaleó. Se levantó.
Fue un movimiento lento, deliberado. Como una prensa hidráulica extendiéndose.
El hombre comenzó a caminar hacia ellos por el pasillo central.
Caleb se pegó al respaldo de plástico duro. Clomp. Clomp. Clomp. No oía el tren. Oía las botas. Pesadas. Militares. Pasos de autoridad acercándose para ejecutar una sentencia.
—Caleb, cálmate —Elena se interpuso, poniéndose en medio del pasillo—. Es un indigente. Mira sus zapatos. Están rotos.
Caleb miró. No vio zapatos rotos. Vio cuero negro pulido, manchado de nieve fresca.
El hombre avanzaba. El abrigo se abrió ligeramente con el vaivén del tren. Debajo, Caleb vio el destello.
Oro. Una estrella de siete puntas prendida al pecho. Brillaba con una intensidad absurda, capturando toda la luz del vagón.
—¡Elena, quítate! —gritó Caleb, intentando levantarse, pero sus piernas fallaron—. ¡Tiene la placa! ¡Viene a arrestarnos!
El hombre estaba a tres metros.
Elena no se movió. Ella no veía uniformes ni estrellas.
Ella veía un abrigo de lana apolillado, tres tallas más grandes, cubierto de manchas de grasa y comida. Veía un rostro curtido por el alcohol y la intemperie, con una barba gris enmarañada y llagas en los labios. Veía a un hombre que cojeaba, arrastrando una pierna envuelta en bolsas de plástico.
El hombre levantó la mano.
Para Elena, era una mano sucia, temblorosa, con la palma hacia arriba en el gesto universal de la mendicidad. —Una moneda… para café… —graznó el viejo. Su voz era papel de lija húmedo.
Para Caleb, el movimiento fue distinto. El Sheriff levantó la mano derecha. No pedía. Mostraba. En la palma de su mano no había líneas de vida. Había una placa dorada, perfecta, manchada de sangre fresca.
—¡Aléjate! —aulló Caleb.
Lanzó una patada defensiva desde el asiento. Su pie descalzo y cortado golpeó el aire, buscando impactar la rodilla del Sheriff.
—¡Caleb, no! —Elena lo empujó hacia atrás.
El mendigo se detuvo, asustado por el grito. Retrocedió un paso, perdiendo el equilibrio con el movimiento del tren.
—Solo… solo café… —murmuró el viejo, bajando la mano.
Caleb se cubrió la cara con los brazos, esperando el golpe de la macana, el sonido de las esposas, el disparo.
—¡No me toque! —sollozó—. ¡Fue un accidente! ¡Estaba oscuro!
El viejo miró a Elena, confundido, con sus ojos amarillentos por la ictericia. Luego miró al hombre hecho un ovillo en el asiento, gritando confesiones a un abrigo vacío.
El tren comenzó a frenar.
—Vámonos —dijo Elena. Agarró a Caleb del brazo y tiró de él con fuerza bruta.
—No… no quiero ir con él…
—¡No es él! —Elena lo arrastró hacia las puertas—. ¡Es un vagabundo, idiota! ¡Míralo!
Caleb se atrevió a mirar una última vez mientras Elena lo sacaba al andén de la siguiente estación.
El viejo se había quedado en el pasillo. La luz fluorescente parpadeó sobre él. Por un segundo, la barba gris desapareció. El abrigo apolillado se volvió caqui y planchado. El mendigo se irguió, adoptando la postura militar, y se llevó dos dedos al ala del sombrero en un saludo burlón.
Las puertas se cerraron. El tren se llevó al Sheriff y al mendigo hacia la oscuridad del túnel.

















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