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CAPÍTULO XI. La fractura de Damen Street

El temporal sobre Boston golpeaba con saña los ventanales de la calle Damen. Afuera, las furgonetas de transmisión satelital de la CNN y la WGBH mantenían bloqueados ambos accesos de la calzada; el zumbido bronco de sus plantas de energía hacía vibrar el pavimento empapado. Adentro, en la sala principal de los Campbell, la atmósfera resultaba sofocante bajo el calor seco de los paneles led y los focos de alta potencia instalados a toda prisa por el equipo técnico.

En el centro del tiro de cámara, sentada en un sillón orejero y de espaldas a la tormenta exterior, permanecía Amelia Campbell Belling. El suéter oscuro marcaba un contraste crudo con la palidez de su piel. El operador descendió la lente con un movimiento milimétrico, encuadrando sin disimulo la articulación mecánica y las bandas de ajuste que sujetaban la estructura a su muslo izquierdo. El armazón devolvía los reflejos estroboscópicos de las luces policiales que todavía acordonaban el perímetro exterior.

La periodista de la cadena, con el micrófono en la mano, acortó la distancia:

—Estamos en directo para todo el país con Amelia Campbell Belling, la única víctima superviviente confirmada del hombre a quien la fiscalía de Massachusetts ha denominado como el Carnicero de Boston. Amelia, la opinión pública sigue en vilo cada detalle. La pregunta que todos se hacen es cómo fue posible que este hombre operara dentro de una institución científica del Estado sin levantar sospechas inmediatas.

Amelia tragó saliva. El calor de los focos le cerraba la garganta. Apoyó los nudillos sobre el encastre frío de su pierna protésica, clavando los dedos hasta sentir la resistencia rígida del material. En el extremo ausente de la extremidad, la punzada sorda del miembro fantasma se activó como una quemadura invisible, un eco que la memoria muscular insistía en recordar desde la noche en que Harold intervino su cuerpo dos años atrás.

—Éramos compañeros de promoción —empezó Amelia; su voz sonó delgada, quebradiza, mientras el enlace digital la proyectaba a millones de pantallas en tiempo real—. Compartíamos el aula teórica, los seminarios de patología forense… Era la guardia obligatoria en el Instituto de Ciencias Forenses de Boston. Yo no tenía motivos para desconfiar. Era el más preciso de la clase. Pero a las tres de la madrugada, en el área de refrigeración, lo encontré inclinado sobre la mesa metálica. Se movía sin ningún rigor académico, balanceando los hombros de una forma impropia, casi desinhibida. Me acerqué para comprobar el registro de bitácora porque esa mesa no le correspondía, pero tardé demasiado en entender lo que tenía delante.

Una mezcla de rabia seca y memoria visceral le endureció las facciones, tensándole los tendones del cuello bajo el maquillaje que la producción le había aplicado antes de entrar al aire.

—Se dio la vuelta y no mostró el menor desconcierto. Se mofó de los manuales universitarios, del código penal, de la noción misma de legalidad. Me evaluó como si midiera las proporciones de un objeto inerte. Dijo que mi andar tenía una simetría muscular impecable. Y antes de que alcanzara a reaccionar o pedir auxilio hacia el pasillo, levantó el mango metálico de una sierra ósea y descargó el golpe directo contra mi sien.

Un espasmo en el diafragma le cortó la frase por un instante. Mantuvo la barbilla alta, negándose a ceder ante la lente.

—Desperté en una habitación del Massachusetts General con mi madre deshecha a los pies de la cama. Me habían seccionado la extremidad desde el tercio medio del fémur. Harold me desmanteló como a un espécimen de disección y huyó con la pierna bajo el brazo por la salida de servicio, dejando un rastro hemático sobre las losas. ¡Y ahora la fiscalía admite que una demora burocrática en la orden judicial le permitió abordar un carguero rumbo a aguas del Mediterráneo!

Mientras las palabras de Amelia saturaban los altavoces de los televisores en toda la costa este, el impacto del testimonio congeló los salones familiares. A lo largo de los suburbios residenciales, el rumor incesante del temporal contra las ventanas parecía confundirse con la presencia sigilosa de una amenaza latente. En decenas de hogares, padres y madres se apresuraron a cerrar pasadores, atrancar persianas y verificar las cerraduras de seguridad, atrapados en una ola de paranoia doméstica. La certeza de que el especialista forense continuaba libre, respaldado por la negligencia institucional, transformaba cualquier sombra exterior en un riesgo inminente.

En el porche de la residencia Campbell, la transmisión cortó a la cámara exterior para documentar el desorden en la vía pública. Un reportero de calle interceptó al mando de la policía estatal justo al pie de las escalinatas mojadas.

—¡Comandante! ¡¿Qué respuesta ofrece el departamento ante las acusaciones directas de la superviviente?! —lanzó el periodista, metiéndole el micrófono bajo la visera de la gorra empapada—. ¡¿Es cierto que la fiscalía intentó clasificar la fuga como una salida rutinaria para contener el escándalo público?!

El oficial, con el agua escurriéndole por el uniforme impermeable y un temblor visible en los labios, levantó ambas palmas en un ademán de repliegue, rodeado por los focos de mano y las ráfagas intermitentes de los fotógrafos de prensa:

—El caso está bajo reserva de sumario en este momento —dijo con la voz trabada, superado por el asedio—. Las autoridades estatales coordinan acciones con las agencias federales. Solicitamos a la ciudadanía que evite la histeria…

—¡¿Cómo pretende que mantengamos la calma cuando el hombre que mutiló a una alumna forense está fuera de jurisdicción por una firma que no llegó a tiempo?! —arremetió el reportero.

Detrás del cerco de micrófonos, la puerta principal de madera crujió al abrirse. El señor Campbell irrumpió en el porche, con el abrigo empapado pegado a los hombros y los ojos encendidos en cólera. Levantó el puño en dirección a las lentes, exigiendo que las agencias federales no descansaran hasta traer al carnicero de regreso a Boston para responder por cada corte ejecutado en la carne de su hija.

Dentro de la casa, ajena a los gritos que se disputaban la acera, Amelia permanecía inmóvil en el sillón orejero. Su mano derecha continuaba afianzada a la resina fría de la prótesis, con la mirada fija en el objetivo de la cámara, mientras el país entero asumía que la cacería de Boston había dejado de ser un asunto local para convertirse en una crisis internacional.

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