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Capitulo XII. Salida de Emergencia

«¡Buenos días, don Aaron! Aquí reportándome que ya me encuentro en la oficina; ya estoy avanzando en los primeros pendientes. Vine más temprano para acabar lo más pronto posible».


La vibración del teléfono sobre la cómoda interrumpió el nudo de la corbata de Aaron Reynolds. Al deslizar el dedo por la pantalla y leer el mensaje de texto, una sonrisa involuntaria le iluminó el rostro, un gesto genuino y radiante, impropio de un lunes rutinario, como si al otro lado de la línea lo aguardara alguien de suma trascendencia en su vida.


Apretó las teclas con agilidad:
«¡Gracias por avisar! Voy en camino».


Se ajustó las solapas del saco gris, tomó el juego de llaves junto con su portafolio de aluminio y se detuvo frente al espejo del recibidor para verificar la compostura de su cabello y el ajuste impecable del cuello.

Cerró la puerta de su departamento y descendió las escaleras con paso firme y ligero, saludando con amabilidad y ademanes seguros a cada vecino o conocido que cruzaba en el trayecto.


A pesar de la sombra asfixiante de sus pleitos cotidianos con Hamilton, la posición que Aaron había consolidado al lado del ingeniero Juvencio Montealegre había ensanchado su círculo social y profesional de manera notable. No eran pocos los allegados que, al cruzárselo, le tanteaban alguna vacante o favor laboral, peticiones a las que él siempre respondía con una palmada diplomática en el hombro y una salida cordial: «Lo hablaré con recursos humanos». Era una promesa hueca y él lo sabía perfectamente; la plantilla de la empresa estaba sellada, e incluso la incorporación de Rickford obedecía a un esquema externo de vinculación y no a una plaza directa del Buffet de Ejecutivos.


Subió a su Mini Cooper rojo con franjas negras y techo blanco. Encendió el motor, ajustó los retrovisores y sintonizó la radio. Por los altavoces comenzó a sonar la cadencia rítmica de Ana Yalli Bahebak de Nancy Ajram; con ese compás vibrante marcando el ritmo, metió primera marcha y se incorporó al asfalto rumbo al corporativo.


Conducía devorando calles y glorietas con la mente puesta exclusivamente en Leonela Rickford. Por primera vez en meses, los ecos del pasado con Evans y las insinuaciones de Melisa Bornes se habían desvanecido por completo de su cabeza; incluso la figura de Hamilton parecía haber quedado suspendida en la nada, amortiguada por el aviso que ella le había soltado tres días atrás sobre un viaje repentino y sin explicaciones. Aquellas ausencias imprevistas ya no sorprendían a Aaron ni le generaban angustia; lejos de amedrentarlo, esa distancia le otorgaba un respiro invaluable para paladear el entusiasmo de la mañana y acelerar con destino a la oficina para reencontrarse con Rickford.


El teléfono repicó sobre el asiento del copiloto. Era una segunda notificación de texto de Leonela: Montealegre acababa de cruzar la recepción y preguntaba expresamente por él.


Aaron corrigió la trayectoria sobre la marcha, giró el volante con agilidad y se desvió por una serie de arterias secundarias menos transitadas para esquivar el tráfico matutino. Sabía por experiencia que cuando el ingeniero madrugaba de esa manera no era por simple rutina, sino por algún compromiso de alto calibre o un viaje de negocios impostergable con algún socio directivo del Buffet. En el habitáculo del auto, la melodía continuaba sonando a un volumen tan generoso que las frecuencias rebotaban con fuerza desde los respaldos traseros, llenándolo todo de una energía expansiva.


Una tercera alerta de texto iluminó la pantalla. Se trataba de Evans, quien le enviaba los buenos días y preguntaba con cautela cómo se encontraba, inquieta al no haber recibido respuesta a sus mensajes de la tarde anterior.


Apenas dos cuadras antes de enfilar hacia el complejo corporativo, el timbre de llamada quebró la música: la pantalla del teléfono encendió el nombre de Hamilton con una insistencia agresiva. Aaron deslizó la vista hacia el aparato, apretó la mandíbula y decidió ignorar el tono sin desviar las manos del volante. Observó cómo la luz parpadeante se extinguía por falta de respuesta y murmuró entre dientes, sacudiendo la cabeza con desdén:


—¿Para qué me llamas, Hamilton, si solo buscas iniciar otra discusión?


Aparcó el coche de una sola maniobra y entró al edificio a paso vivo. La recepcionista le dedicó un saludo formal tras el mostrador mientras dos auxiliares de intendencia se le aproximaban intentando pasarle reportes y quejas operativas sobre desacuerdos entre departamentos. Aaron levantó una mano en el aire con diplomacia, zanjó el paso con un breve «lo revisamos más tarde» y continuó directo hacia el núcleo de elevadores. A través del ventanal que daba a la banqueta exterior divisó la silueta de Melisa Bornes caminando frente a las instalaciones; por puro acto reflejo, Aaron apretó con urgencia el botón de cierre para que las puertas metálicas sellaran el acceso de inmediato.


Las compuertas se cerraron. La señal sonora del ascensor emitió su bienvenida institucional, solicitando la marcación del piso. Aaron aprovechó el ascenso para acomodarse el nudo de la corbata frente al espejo de la cabina, pasarse los dedos por el cabello para fijar el peinado y estirar los puños del saco. Apoyó el brazo sobre el pasamanos de acero y aguardó a que el mecanismo completara el trayecto hacia la cuarta planta.


Las puertas se abrieron de par en par. Cruzó el vestíbulo saludando con una inclinación cortés a las secretarias de guardia, dedicó una sonrisa franca de buenos días a Leonela Rickford y, sin perder tiempo, golpeó los nudillos contra la puerta de madera maciza del despacho principal para ingresar con el director.
Montealegre cerraba en ese instante los broches de un portafolio de cuero negro, idéntico en estructura al de aluminio de Aaron, pero con la sobriedad ejecutiva de su jerarquía. Levantó el rostro y lo recibió con un ademán enérgico.


—¡Mi estimado Aaron, qué bueno que ya estás aquí! —exclamó Montealegre, ajustándose el reloj de pulsera—. Tengo que salir de emergencia a Nottingham; me convocaron a una reunión estratégica con la directiva de Acorn Computers Ltd. Esta junta representa nuestra gran oportunidad para introducirlos a la cartera del Buffet de Ejecutivos y amarrar una alianza corporativa de peso. Estaré fuera de la sede toda una semana y necesito que asumas la supervisión directa del equipo para los proyectos que tenemos calendarizados con Ascari Cars. Llama a Rickford, por favor; requiero que esté al tanto de las directrices antes de irme.
Aaron asintió, fue hacia el área abierta y le indicó a Leonela que el ingeniero solicitaba su presencia. Al escuchar la orden, los ojos de Rickford se abrieron con sobresalto; un destello de angustia cruzó su rostro, temiendo que haberse presentado tan temprano hubiera incomodado a la dirección. Sin embargo, al entrar y percibir la calidez en el trato de Montealegre, relajó los hombros y tomó aire con alivio.


—¡Señorita Rickford, un gusto saludarla! —expresó Montealegre con tono paternal y respetuoso—. Le estaba informando a Reynolds que me ausentaré de la ciudad por una semana completa, por lo que requeriré que ambos hagan un frente común y se apoyen estrechamente en la logística del evento patrimonial. Cualquier insumo, material de archivo o requerimiento operativo que necesite para su labor, canalícelo directamente con Aaron para que él se lo suministre a la brevedad. Y asimismo, le pido el favor de que, si a Reynolds se le complica algún trámite o se le satura la agenda, le brinde el soporte correspondiente.


Leonela juntó las manos sobre la falda y asintió con una reverencia suave.
—¡El gusto es mío, ingeniero Montealegre! —respondió con voz mesurada—. Apoyaré al señor Reynolds en todo lo que la oficina requiera. De hecho, ayer le comenté a él que por cuestiones familiares necesito retirarme a diario antes de las 15:30 horas; mi hijo está en primaria y debo pasar puntualmente por él al colegio. Quería consultarle si esto representaba algún inconveniente para la empresa.


—Reynolds ya me puso al tanto de su situación —replicó Montealegre, dedicándole un gesto comprensivo—, y puedo asegurarle que no hay problema alguno, siempre y cuando mantengamos el ritmo de avance y el soporte que Aaron necesita para sacar adelante el evento y las tareas del despacho.


—¡Por supuesto que sí! Cuente con ello —afirmó Rickford con una leve sonrisa.
Montealegre tomó su portafolio negro, rodeó el escritorio y se plantó frente a su colaborador, clavándole una mirada intensa cargada de subtexto y advertencia paternal:
—Reynolds, te dejo la empresa entera en tus manos. Tengo que marcharme ya o perderé el vuelo. ¿Te queda alguna duda?
Aaron sostuvo la mirada del ingeniero con firmeza, cuadró los hombros y respondió con aplomo:
—Descuide, ingeniero; la empresa se queda en las mejores manos.
Montealegre asintió con lentitud, tomó su abrigo y salió con paso apresurado hacia el pasillo, dejando a Aaron y a Leonela dueños de su propio espacio y con el peso del departamento sobre sus espaldas.

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