Aaron empujó la puerta del baño y salió al pasillo central tratando de enderezar los hombros y recomponer la postura. Apretó el paso con la intención de continuar con la inducción, pero al consultar el reloj de pared se percató de que las manecillas corrían de prisa: faltaba muy poco para que Leonela tuviera que marcharse a la escuela de Emilio. Tomó una bocanada honda de aire para aplacar el resto de frustración que le quemaba el pecho y se acercó hasta el escritorio donde ella ordenaba sus apuntes.
— ¡Tal parece que el tiempo se fue volando! —comentó Aaron, esbozando una sonrisa amable mientras apoyaba una mano en el canto del escritorio—. ¿Tienes alguna duda sobre lo que vimos hasta el momento?
Leonela cerró su libreta, la alineó junto al borde de la madera y levantó la vista con expresión serena.
— ¡No por el momento! —respondió, dejando escapar un suspiro aliviado—. Su secretaria me estuvo explicando un poco más acerca del funcionamiento del Buffet de Ejecutivos. Disculpe, señor Reynolds, pero como le mencioné temprano por la mañana, debo retirarme ya. Mi hijo está a punto de salir del colegio y no me gusta dejarlo esperando solo en la puerta. Entonces, mañana me presento a la misma hora, ¿es correcto?
— ¡Sí, exactamente a esa hora! —afirmó Aaron, asintiendo con la cabeza mientras daba un paso atrás para abrirle paso—. Apenas entres te reportas directo con la recepcionista. Si todavía se te dificulta ubicar las áreas, pídele que te oriente. En el escritorio que vas a ocupar a partir de mañana te dejaré preparada la lista con los pendientes prioritarios para arrancar la jornada.
Leonela deslizó una tarjeta pequeña con anotaciones hacia el frente y tomó su bolso.
— ¡Muchas gracias, señor Reynolds! —agregó, inclinando levemente la cabeza en señal de despedida—. Mi número de teléfono se lo dejo anotado aquí; cualquier detalle urgente que surja, me marca para coordinarnos y lo resolvemos mañana a primera hora.
Dicho esto, dio media vuelta y caminó con paso ligero hacia las puertas del elevador. Aaron se quedó de pie en el pasillo, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en su silueta hasta que las compuertas metálicas se cerraron por completo. Una sacudida tibia y desconocida le recorrió el pecho, un sentimiento inédito que jamás había experimentado con anterioridad.
A unos metros de distancia, la secretaria no perdió detalle de su semblante absorto. Se levantó de su asiento, caminó hacia él con una taza humeante y, con una media sonrisa pícara, le ofreció el café y su respaldo para cualquier asunto logístico que requiriera. Aaron pestañeó para disimular la distracción, aceptó la taza caliente con una inclinación cortés y declinó de forma tajante el ofrecimiento de ayuda.
Caminó a su lugar, dejó el café sobre el posavasos y tomó asiento frente al monitor. Antes de redactar la lista de actividades para Rickford, sacó el teléfono del bolsillo interior de su saco y presionó el botón de encendido. La pantalla brilló y una cascada de notificaciones se desplegó de inmediato: el primer mensaje entrante era de Evans, seguido poco después por un texto de Bornes. De Hamilton, en cambio, no había una sola línea ni rastro de llamadas durante todo el día.
— ¿Otra vez está pasando lo mismo, verdad, Aaron?
La voz grave del ingeniero Montealegre resonó justo a sus espaldas, haciéndolo dar un brinco involuntario en el asiento.
Aaron giró el torso rápidamente sobre la silla giratoria y se llevó la mano al pecho para recuperar el aire.
— ¿A qué se refiere, ingeniero? —preguntó, intentando modular el tono de su voz.
Montealegre cruzó los brazos sobre su camisa formal, dio un paso al frente y clavó la vista en él con ademán severo.
— ¡Acabo de ver desde mi despacho cómo no le quitabas la mirada de encima a Rickford! —sentenció el ingeniero, arqueando las cejas con reproche calculado—. ¿Estás completamente seguro de que vas a poder con la carga de este compromiso? Si todavía no te sientes preparado para asumir el control sin distraerte, dímelo ahora mismo; puedo llamar al centro de capacitación, agradecerles la colaboración y pedirles que ella no vuelva a presentarse.
El director lanzó el ultimátum con frialdad premeditada, esperando medir la templanza y la reacción inmediata de su colaborador.
Aaron enderezó la espalda al instante, colocó ambas palmas firmes sobre el escritorio y negó categóricamente con la cabeza.
— ¡No será necesario, señor! —respondió con determinación—. Continuaremos con los planes que ya dejamos estipulados. No mueva nada con el centro de capacitación; nosotros seguiremos adelante con la operación tal como se programó.
Montealegre entrecerró los ojos, dio un paso hacia el escritorio y descargó dos palmadas firmes sobre el hombro derecho de Aaron, rematando el gesto con un leve jalón correctivo en la oreja.
— ¡Te voy a estar vigilando muy de cerca, muchacho! —advirtió Montealegre, bajando la voz con tono adusto—. El éxito del evento patrimonial depende exclusivamente de ti y de cómo coordines a Rickford, no de ella. Ten muy presente que ella solo viene a darte soporte operativo, así que no vayas a cometer una torpeza de la que termines arrepintiéndote más adelante.
El ingeniero dio media vuelta sobre sus talones y caminó de regreso a su oficina privada, deteniéndose apenas un segundo para chasquear los dedos hacia la secretaria y pedirle que le llevara otra taza de café caliente.













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